Lectura: «El hombre enamorado», Karl Ove Knausgård, I

Karl Ove Knausgard. Un hombre enamoradoDe ser hijo a ser padre. Éste es el paso del autor en la segunda parte de las seis que conforman Mi lucha, esa inmensa novela autobiográfica que la crítica ha descrito como «un proyecto demencial que sólo los verdaderos genios pueden alcanzar». Karl Ove deja a su mujer y se marcha a Estocolmo. Allí se hace amigo de Geir, otro noruego, intelectual y fanático del boxeo. Y vuelve a encontrarse con Linda, una poeta que le había fascinado en un encuentro de escritores, y que será su segunda mujer. Su mundo cambia mientras él escribe y cuenta cómo es volverse a enamorar, los goces y los engorros de la paternidad, la necesidad de escribir, la cotidianeidad de la vida en familia o el cómico fracaso de sus vacaciones, la humillación de las clases de preparación al parto, las peleas con los vecinos… Knausgård escribe con una veracidad punzante sobre los instantes que componen una vida, la de un hombre que anhela con igual intensidad la soledad y el amor.

«Quizá nos hallemos ante la más importante empresa literaria de nuestro tiempo» (Rachel Cusk, The Guardian).

«Su lectura es compulsiva, nos perturba, y con frecuencia nos deja atónitos» (Stuart Evers, The Observer).

«Necesito el próximo volumen como una dosis de crack» (Zadie Smith).

Contraportada del libro, Anagrama

Textos

Durante toda mi vida de adulto he mantenido a distancia a los demás, ha sido mi manera de apañármelas, desde luego debido a que me acerco tanto a la gente en el pensamiento y con los sentimientos que basta con que desvíen la mirada un instante para que una tormenta estalle en mi interior.

 Las seguí, cogí a Heidi en brazos y me puse en la cola. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, algo que sólo hacía cuando estaba cansada. La camisa se me estaba pegando al pecho. Cada cara que veía, cada mirada que se cruzaba con la mía, cada voz que escuchaba, se quedaban colgando de mí como una pesa. Cuando me hacían una pregunta o yo preguntaba algo, era como si hubiera que sacarlo con dinamita. Heidi lo facilitaba todo, tenerla allí era para mí como una especie de protección, por un lado porque me mantenía ocupado, por otro, porque su presencia desviaba la atención de lo demás. Le sonreían, le preguntaban si tenía sueño, le acariciaban la mejilla. Gran parte de la relación entre Heidi y yo se basaba en que yo la llevaba en brazos. Eso era lo esencial de nuestra relación. Ella siempre quería que la llevara encima, no quería andar, levantaba los brazos en cuanto me veía, y sonreía contenta cada vez que la cogía. Me gustaba tenerla junto a mí, esa pequeña criatura regordeta, con los ojos grandes y la boca feroz. […]

[…] La miré. El largo pelo rubio le llegaba ya por los hombros. Nariz pequeña, boca pequeña, dos orejitas, ambas con una punta como de elfo. Los ojos azules, que siempre revelaban su estado de ánimo, ligeramente bizcos, razón por la que usaba gafas. Al principio estaba muy orgullosa de ellas. Ahora era lo primero de lo que se libraba cuando se enfadaba. ¿Acaso porque sabía que queríamos que las llevara puestas?

Con nosotros sus ojos eran vivaces y alegres, excepto cuando se volvían impenetrables e inalcanzables en sus grandiosos accesos de ira. Era enormemente dramática y capaz de dominar a toda la familia con su genio; con sus juguetes creaba grandes y complicados dramas de relaciones, le encantaba que le leyéramos en voz alta, y tal vez aún más le gustaba ver películas, sobre todo largometrajes con personajes y dramatismo, sobre los que especulaba y hablaba con nosotros, llena de preguntas, pero también de placer por narrar.

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