Lectura: “Circo familiar” de Danilo Kis

Lectura recomendada: Circo familiar de Danilo Kis

Anotación inicial

Los tres libros que Kis reunió en este Circo familiar fueron publicados por separado en distintas etapas de su trayectoria. Comparten, sin embargo, impulso y tema. Penas precoces puede describirse, parafraseando al propio Kis, como el cuaderno de notas a color de un niño extraordinariamente sensible, colección de instantáneas sin orden cronológico en las que la infancia se convierte en un mundo. Esto último serviría también para describir Jardín, ceniza, añadiendo, quizás, que ese mundo infantil, en el que los planos real e imaginario se solapan con perfecta naturalidad, se inscribe en unas circunstancias históricas que, sin hacerse explícitas, determinan en profundidad el tono de la evocación: la Segunda Guerra Mundial y la masacre de judíos y serbios de la Voivodina a manos del fascismo húngaro. Por último, El reloj de arena es un collage polifónico de enorme intensidad dramática. Aquí, el protagonista es el padre del escritor, un hombre de personalidad extraordinaria, retratado en la última fase de su crisis vital.

Inicio

Danilo KisEn otoño, al levantarse los vientos, las hojas de los castaños de Indias se precipitan con sus tallos vueltos hacia abajo. Luego se oye un ruido: como si un pájaro hubiera chocado con su pico contra el suelo. La castaña, en cambio, cae sin necesidad de un solo soplo de viento, por sí sola, como caen los cometas: vertiginosamente. E impacta contra el suelo con un grito sordo. No se abre como un huevo al nacer el pájaro, poco a poco, sino que su peludo caparazón estalla descubriendo su interior, de un azul blanquecino, de donde salen, de un salto, los traviesos y oscuros frutos, brillantes como los pómulos de un negrito sonriente. En alguna de las vainas aparecen gemelos, que no obstante cualquiera podría distinguir: uno de ellos lleva una señal, una estrella en la frente, como los caballos, de modo que su madre siempre podrá reconocerlo.

Una de las instantáneas: “Una serenata para Ana”

OÍ un clamor debajo de la ventana y pensé que habían venido a matar a mi padre.
Entonces el violín disolvió la duda y me liberó de mi miedo. El que tocaba debajo de nuestra ventana no era ningún virtuoso pero, sin duda, estaba enamorado de mi hermana Ana. El violín sonaba casi como una voz humana. Alguien, enamorado hasta las orejas de las estrellas de mi hermana Ana, cantaba tímidamente, haciendo un esfuerzo por dar a su voz la máxima profundidad y virilidad posibles. Sin embargo, ese canto parecía un susurro:

Por qué el Señor habrá creado el amor..
Por qué las noches…

Entonces Ana encontró por fin las cerillas, y yo la vi bañada de esa luz, como en un ensueño, de pie detrás de la cortina, vestida de blanco. Cuando volvió y se acostó otra vez, oí a mi madre decir, emocionada, con un tono casi proverbial: «Ana, recuerda esto para siempre. Cuando alguien te toca una serenata, hay que encender una cerilla. Es una noble señal de atención».

Tranquilizado por la voz de mi madre, volví a sumirme en el sueño como en un bosque de olores, como en un prado verde.
Por la mañana encontramos en la ventana una ramita con una flor de manzano, semejante a una corona de plata, y dos o tres llameantes rosas rojas. E incluso antes de que (al día siguiente, en el colegio) la señora Rigo nos preguntara: «¿Quién fue el asno que anoche pisoteó mi jardín?»,
ya esa mañana yo había reconocido, por el olor, las flores del jardín de la señora Rigo, porque yo era el encargado de atar sus rosales y de recortar sus lilos.
No quise decir que, a juzgar por su voz, ese asno que pastaba rosales no podía ser otro que el joven señor Fuks, el zapatero, secretamente enamorado de mi hermana Ana.
Dime, Ana, ¿me lo he inventado todo?
(Las flores y los olores).

Texto de Jardín, ceniza

Llevados por la fuerza de nuestra sensualidad recién despierta, asombrados y asustados por los nuevos horizontes de sentidos y conocimiento, orgullosos por el hecho de estar descubriéndonos secretos el uno al otro, confusos hasta el vértigo ante la anatomía del organismo humano y ante el secreto que nos erizaba la piel, empezamos a encontrarnos cada vez con más frecuencia, a tocarnos como por casualidad en la estrecha y abarrotada puerta del aula, en el patio de recreo y en el jardín, en el heno, en el pajar del señor Szabo, en el crepúsculo. Llevados por la tentación, por este pecaminoso vértigo, nos percatamos de las maravillosas diferencias en la estructura de nuestros cuerpos, en el olor de los repliegues de nuestros cuerpos; encantados y a la vez temerosos de este hecho que hasta entonces no habíamos advertido claramente, sino sólo presentido, nos revelábamos mutuamente nuestros secretos, nos los exponíamos con detalle, nos los explicábamos. Nos mirábamos el uno al otro como se miran los libros pornográficos y los atlas de anatomía, estableciendo ingenuas comparaciones con los animales y las plantas, como los primeros hombres. ¡Ah, esas confidencias, ese secreto! Cubiertos de una pelusa dorada, como el melocotón, todavía desprovistos[…]

Danilo Kis. Circo familiarDanilo Kis. Circo Familiar

 

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