No todo el mundo incluiría a la escritura en un catálogo de los placeres, ni siquiera de los placeres imaginarios. Nuestro tiempo, que exalta groseramente el trabajo y proscribe la indolencia, mal puede tolerar el ejercicio de un arte que no sólo es difícilmente regulable por la varia especie de los oficinistas, sino que además no sirve para nada. Por eso, igual que un libertino sorprendido en trance pecador con una joven cándida elude la ira de sus perseguidores mintiendo una promesa de matrimonio, el escritor tiende a encubrir el gozo inútil de su oficio inventándole coartadas o justificaciones misionales que lo hagan respetable. Desde Flaubert, tal vez desde Baudelaire, el ejercicio de la literatura, que antes era un don de la pereza, busca impúdicamente los prestigios del sufrimiento y aun de la maldición, lo cual, si bien se mira, es una extravagancia reciente: entre los antiguos, que admiraron a Sófocles porque vivió 90 años y nunca dejó de ser feliz, la figura de Eurípides, hombre huraño y desdichado y cercado por el fracaso, nunca fue emblema del artista, sino misteriosa excepción. La falacia romántica del artista infeliz es lugar común e incluso artículo de fe que no pocas veces certifica la calidad de una biografía y de una obra. Baudelaire había hablado siempre de la voluntad como impulso único del genio, pero aún queda en él una certidumbre de lo heroico que alza sobre el adivinado suplicio una elegancia de dandy.
Yo siento que todo escritor tiene que ser, en parte, un marginal. Yo creo que en todo escritor hay, de hecho, un marginal. Si un escritor no tiene en sí las posibilidades de marginalización o una veta marginal, si no tiene una trizadura de algún tipo, no puede nunca llegar a ser escritor. Muchas veces yo siento, por ejemplo, y lo veo, cómo a gente que estudia en mis talleres, gente talentosa, inteligente, leída, sensible, etc., le falta cierta trizadura o pertenecen demasiado íntegramente a una clase social, con la cual se identifica. Yo creo que una persona que es demasiado íntegramente parte de una clase social, estructurada, como son las clases sociales en Chile, esas personas, pienso, no pueden llegar a una grandeza literaria.
La novela de Rulfo no es sólo una de las obras maestras de la literatura universal en el siglo XX, sino uno de los libros más influyentes del siglo; en efecto, sería difícil exagerar su influencia en la literatura en castellano durante los últimos cuarenta años. Pedro Páramo es un clásico en el sentido más cabal del término. En retrospectiva, parece un libro que tenía que haber sido escrito. Ha influido profundamente en la producción de la literatura y continúa resonando en otros libros.
Susan Sontag, Prólogo a la segunda traducción de Pedro Páramo al inglés, 1994.
En cierta ocasión, Alfred Hitchcock telefoneó al prolífico George Simenon. Cuando le respondieron que el señor Simenon no podía atenderlo porque acababa de empezar una nueva novela, el cineasta respondió: «Bueno, espero».
El escritor belga, creador del genial detective Jules Maigret, era famoso por ser muy productivo y rápido a la hora de escribir. Simenon escribió casi 200 novelas entre 1931 y 1972, un promedio de unas cinco por año.
Cuenta Simenon que solía escribir en estado de trance en una habitación cerrada. Escribía un capítulo al día, en menos de tres horas, desde las seis y media a las nueve de la mañana, y lo hacía directamente a máquina. Al cabo de una semana la novela estaba terminada, bastándole sólo algunos días más para las correcciones.
Yo de joven me había fijado que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera relación que se presupone en una mentira corriente.
A unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: Estoy modificando el Sáhara. El hech…
Según Stevenson, en una página bien escrita todas las palabras deben estar al mismo nivel. Si escribes una palabra vulgar, extraordinaria o arcaica, no se cumple la regla, y lo peor de todo es que distraes la atención del lector. La lectura debe ser fluida, aunque escribas metafísica, filosofía o cualquier otra cosa.
Jorge Luis Borges
Entrevista con Jorge Luis Borges (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)