Cuenta Eduardo Galeano sobre Albert Camus en su libro «El fútbol a sol y sombra».
«En 1930, Albert Camus era el San Pedro que custodiaba la puerta del equipo de fútbol de la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ése era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revisaba las suelas y le pegaba una paliza si las encontraba gastadas.
Durante sus años de arquero, Camus aprendió muchas cosas:
-«Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser lo que se dice derecha».
También aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles, y aprendió algunos misterios del alma humana, en cuyos laberintos supo meterse después, en peligroso viaje, a lo largo de sus libros.»
A mi madre se le daban bien las plantas. No les hablaba ni hacía con ellas nada especial. Era un cariño delicado y discreto con el que arrancaba las hojas muertas, repartía los nuevos esquejes y giraba los tiestos para orientar hacia el sol la cara que se estaba quedando más triste. Los geranios floridos de mi madre en las cuatro ventanas que daban a la calle del barrio de Estrecho en el que vivíamos atraían la mirada desde lejos. Algunas mañanas era mi padre el que se empeñaba en regar las macetas con una garrafa de agua. Solía causa destrozos a su paso.
La misma buena mano que tuvo mi madre con las plantas la tuvo con sus hijos. No era ese cariño atosigante que vi en otras casas o la monserga perpetua de algunas madres de amigos. Era esa misma calidez que conseguía que le brotaran las flores sin grandes esfuerzos. Así le brotaron ocho hijos. Yo era el pequeño y me llevaba con mi hermano mayor, Juanjo, los mismos años que mi madre con él, dieciocho.
Pero antes de conocer el colegio por dentro y su disciplina disparatada, las narraciones de los tenderos del mercado y las intervenciones más brillantes de la radio fueron mi escuela narrativa. Cuando llegaba la hora de reunirnos todos a la hora de comer y cenar, la única posibilidad de meter baza en la conversación era servir de fuente de información y anécdotas para mis hermanos mayores. Yo les contaba quién había muerto, qué noticias eran relevantes, y les ponían al día de la rumorología del barrio. El mundo entonces era oral y la capacidad de hablar se adquiriría de manera natural.
Me aficioné a la lectura al perder la fe religiosa. Sucedió durante los cursos de catequesis para hacer la primera comunión. El cursillo tenía lugar los viernes por la mañana, antes de entrar a clase, ya ellos acudían a veces algunas chicas de la franquicia femenina del colegio. Así sucedió con la hermana de mi amigo Rafa, cuando el tutor nos dijo que se sentara entre nosotros dos en el pupitre que compartíamos. Las chicas salesianas tenían la costumbre de dar dos vueltas a la cintura de sus faldas para acortarlas. El muslo desnudo de Almudena se rozaba con el mío durante la catequesis. Una mañana en que el sacerdote nos explicaba el sentido profundo por el cual Dios resulta ser uno y trino, de pronto todo el edificio místico se vino abajo ante la presencia rotunda de lo carnal.
El rito de paso entre escribir para ti mismo y publicar es comparable a saltar entre dos azoteas de edificios distintos. Suele abrumar la responsabilidad. Recuerdo que terminé de escribir mi primera novela y la guardé en una carpeta, de la que tardaría varios años en volver a sacarla. Ya no se trataba de un juego privado, sino que iba a exponerme ante los lectores. Ese limbo entre la profesionalización y la irresponsabilidad es una de las fricciones mágicas del oficio.
Cuando escribí Rayuela yo era un ser totalmente anónimo, nadie me conocía o muy poco. Y lo escribí pensando como un hombre de 40 años que escribía para gente de 40 años, y resultó que esa gente no entendió gran cosa del libro. Las primeras críticas –porque eran ellos los que tenían la manija en los diarios– fueron terriblemente negativas. Fijate que la primera crítica de Rayuela que leí empezaba con la frase siguiente: “Si la imitación y el plagio son virtudes, Julio Cortázar es un gran escritor.
– ¿A quién te acusaban de plagiar?
–A Joyce, por ejemplo, lo cual es una estupidez infinita. Pero te da una idea del mecanismo de resentimiento e ignorancia que funcionaba. En cambio los jóvenes, que no se planteaban este tipo de problemas, tuvieron un contacto directo con Rayuela, que sigue siendo un libro clave para ellos. De todo lo que he hecho, Rayuela es el libro mágico para ellos, en toda América Latina.
– ¿Y para vos?
–Para mí también, para mí también. Es el libro que yo me llevaría a la isla desierta.
Entrevista de Martín Caparrós a Julio en diciembre de 1983.
El arte de escribir historias está en saber sacar de lo poco que se ha comprendido de la vida todo lo demás; pero acabada la página se reanuda la vida y uno se da cuenta de que lo que sabía es muy poco. ¿Qué somos, qué es cada uno de nosotros sino una combinatoria de experiencias, de informaciones, de lecturas, de imaginaciones? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un muestrario de estilos donde todo se puede mezclar continuamente y reordenar de todas las formas posibles. Tal como ha sido hasta ahora, el escritor es ya una máquina escribiente, al menos cuando funciona bien; lo que la terminología romántica llamaba genio, o talento, o inspiración, no consiste más que en encontrar el camino empíricamente, a olfato, cortando por atajos, allí donde la máquina seguiría un camino sistemático y concienzudo, a la par que rapidísimo y múltiple. El escritor no existe. Es un hombre funcionando como una máquina imperfecta. Pero la literatura no pierde por ello su componente humano. Este se desplaza al momento de la lectura, que es con el que ha contribuido el autor hasta ahora, primer lector de su obra. La llamada personalidad del escritor es interna al acto del escribir, es un producto y un modo de la escritura. Desmontado y vuelto a montar el proceso de la composición literaria, el momento decisivo de la vida literaria será el de la lectura.
Ya he escrito sobre esto antes, pero quiero contar la historia de nuevo. Sucedió, supongo, alrededor de 1981 o 1982, a las puertas del Bistrot, un bar en el centro histórico de Girona, España. Iba caminando hacia la universidad con mi compañero de clase Xavier Coromina cuando se detuvo a saludar a un chico que era un poco mayor que nosotros, parecía un vendedor ambulante hippie y tenía acento latinoamericano, mexicano o argentino o chileno (en ese entonces no podía distinguir uno del otro). Hablaron. En un momento dado Coromina le preguntó al chico cómo iban las cosas con la novela que estaba escribiendo. Puso cara de escepticismo y respondió: “Va, va, pero quién sabe hacia dónde va realmente”. Así fue, y la frase quedó grabada en mi mente, tal vez porque, aunque en secreto quería ser escritor, a mis diecinueve años todavía no había reunido el coraje para admitirlo, y me impresionó la naturalidad con la que aquel tipo —el primer novelista real o imaginario con el que me cruzaba en mi vida— hablaba de su proyectada novela. Por supuesto, estaba seguro de que nunca volvería a saber de él, de que nunca sería un novelista propiamente dicho o sólo sería uno de tantos novelistas latinoamericanos de su generación, frustrados por el desarraigo, la bohemia y la pobreza, pero siete u ocho años después, mientras escribía mi segunda novela en Estados Unidos, incluí una escena en la que un personaje le pregunta a otro cómo va su tesis doctoral, y el otro le responde: “Va, va, pero quién sabe hacia dónde va realmente”.
El tiempo pasa, y ya no son siete u ocho años, sino quince o dieciséis. Estamos en diciembre de 1997. Vivo en Barcelona, pero me he ido a Girona a escribir un artículo para El País sobre una exposición de un amigo de la infancia, David Sanmiguel. Al mismo tiempo que la inauguración, en la Llibreria 22 —justo enfrente de la pinacoteca— Ponç Puigdevall presenta un de Roberto Bolaño. A estas alturas, Bolaño ha publicado en rápida sucesión «Literatura nazi en América» y «Estrella distante», y su nombre empieza a resonar en ciertos círculos literarios. Pero yo, que estoy totalmente fuera de esos círculos a pesar de haber publicado tres novelas, todavía no lo he leído, y sólo he oído hablar de él por Enrique Vila-Matas, que es amigo común. Antes de la inauguración, tomo un café con Bolaño y Puigdevall. Bolaño me cuenta que vive en Blanes, que sólo escribe, que se gana la vida —“muy modestamente”, subraya— con la literatura. De repente, mientras lo escucho hablar, tengo una corazonada. Le pregunto a Bolaño si vivía en Girona a principios de los ochenta; me dice que sí. Le pregunto si conocía a Xavier Coromina; me dice que sí. Entonces le cuento nuestro encuentro fugaz a la salida del Bistrot y, ya dentro de la Llibreria 22, le muestro el pasaje de mi segunda novela en el que un personaje dice que va a hacer su tesis, pero quién sabe hacia dónde va realmente. Bolaño se ríe; yo también me río.
Esa velada termina a las cinco de la mañana, después de pasarme la noche gritando “ ¡Viva Bolaño! ”, como si quisiera gritar a los cuatro vientos que, contra todo pronóstico, el buhonero hippie que conocí a los diecinueve años no se había dejado vencer, sino que se había convertido en un verdadero escritor. Unos días después llega a mi casa un ejemplar de «Estrella distante»; Bolaño lo había enviado. En una de las páginas en blanco antes de la portada había escrito unas palabras excesivamente generosas sobre mi segunda novela; terminaban con: “¡Viva Cercas!”.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)