«Sabés que estás escribiendo con voz propia…». Mario Levrero

Sabés que estás escribiendo con voz propia cuando no te reconocés fácilmente en lo que escribís; cuando el texto te parece ajeno y al mismo tiempo sabés que es propio; cuando los personajes hacen lo que quieren ellos y no lo que vos querés…

…cuando el texto te llega a tal velocidad que casi no te da tiempo a ponerlo en palabras; cuando te sentís como un dios.

Mario Levrero
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Entrevista con George Saunders

El escritor estadounidense George Saunders. / ARCHIVO

George Saunders: «Trump es una criatura que se alimenta de la atención y si escribes sobre él lo estas validando»

El gran escritor estadounidense publica ‘El día de la liberación’, relatos distópicos y satíricos sobre las formas en las que el poder político aplasta al individuo

Origen: George Saunders: «Trump es una criatura que se alimenta de la atención y si escribes sobre él lo estas validando»

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Lectura: ‘Amor sin fin’, Scott Spencer

El escritor Scott Spencer, fotografiado en 2019.Avalon / ContactoPhoto

Crítica de ‘Amor sin fin’, un deseo adolescente desatado | Babelia | EL PAÍS

Scott Spencer narra un amor indestructible en un ejemplo de la más alta literatura romántica con una novela que resuelve soberbiamente los siempre difíciles pasajes sexuales

Origen: Crítica de ‘Amor sin fin’, un deseo adolescente desatado | Babelia | EL PAÍS


Textos

Cuando tenía diecisiete años, obedeciendo los mandatos más urgentes de mi corazón, me alejé del camino de la vida normal y en un momento arruiné todo lo que amaba; lo amaba tan profundamente que, cuando el amor se interrumpió, cuando el incorpóreo cuerpo del amor retrocedió aterrorizado y mi propio cuerpo fue encerrado, a todos les costó creer que alguien tan joven pudiera sufrir de manera tan irrevocable. Pero ahora han pasado los años y la noche del 12 de agosto de 1967 todavía divide mi vida.


Mi padre era lo que se llama un «abogado de izquierdas». En 1967 tanto él como Rose llevaban quince años apartados del Partido Comunista, pero él seguía siendo un abogado de izquierdas, lo que quería decir que no defendería nunca a un hombre rico contra uno pobre y que no les cobraba a sus clientes tarifas exorbitadas. Arthur envejeció antes de lo debido por las horas extras que echaba en el trabajo. Solía ​​quedarse en su oficina hasta medianoche y una vez —esta era una historia que a Rose le encantaba contar— la bombilla de la lámpara de su escritorio explotó y se apagó, y Arthur siguió allí sentado, en su enclenque y chirriante silla giratoria, escribiendo en su largo bloque de notas amarillas una línea inspirada de investigación que quería seguir en un caso de accidente. Temía que, si se levantaba para encender la luz del techo, perdería el hilo. Al día siguiente revisó sus notas; bueno, si se tratase de un chiste, habrían sido tonterías o letras ilegibles, pero las tres páginas de ideas que había transcrito a ciegas se podían leer perfectamente y eran esenciales para el caso. Lo que lo llevaba a poner todo su corazón en cada caso no era algo tan exangüe como la adicción al trabajo: Arthur ansiaba de verdad defensor al débil contra el fuerte. Lo deseaba más que el dinero, más que la gloria, más que su propio bienestar. A veces la pasión por salvar a sus clientes lo destruiría en el tribunal. Solía ​​se enfurecerse y, cuando sintió que algún caso se le escapaba, se le quebraba la voz como a un adolescente.


Nunca pienso en la vida que me perderé después de que me haya muerto o en todo lo que me perdí antes de nacer. Es el tiempo que paso como si estuviese muerto durante esta, mi sola y única vida, el que me hace tirarme de los pelos. Me parece que si juntara meticulosamente todo el tiempo en que he estado completamente vivo, acumularía quizás dos años de vida hasta ahora…


Y luego el beso: leve, tímido, breve. Nadadores con un dedo del pie en el océano, etcétera. Nos alejamos el uno del otro. Era tan difícil muy y, creo, difícil querer ver. La cercanía no solo bloqueaba la luz difusa de la habitación, sino que nos alejaba hacia una especie de ceguera voluntaria. Habíamos visto lo suficiente como para llegar hasta ese punto. Como peregrinos que tienen que atravesar innumerables habitaciones y soportar las pruebas más desconcertantes, nos encontramos en la cámara de la profunda urgencia física y la verdad en sí parecía tener una importancia menor, era algo que podía esperar.


Cada vez que había pensado en las consecuencias de salir de Chicago, colocaba la raíz de mi temor en la imagen de un regreso a Rockville, en pasear por los tramos cubiertos de hierba, en el cielo azul porcelana de Wyon, Illinois, y en los niños rubios que nos espiaban agarrados a la negra verja victoriana. Era una imagen de exilio, de furia y, por supuesto, de pérdida inaceptable, porque significaba que una vez más estaría separada a la fuerza de Jade. Hubo veces en mi vida de fugitivo en que el temor a que me capturasen era tan grande que me resultaba casi imposible no torturarme más imaginando con todo detalle cómo sería volver a estar en Rockville. Pero, por lo general, conseguía no pensar en eso, conseguía mantener a todos los pequeños actores macabros amordazados y atados en sus sillas mentales, y fue una suerte, porque lo que pasó después de que me devolvieran a las autoridades de la Policía estatal de Illinois era mucho peor que nada de lo que me hubiera imaginado: todo ese temor no me había preparado para nada, nada en absoluto. Me trataron peor por violar las condiciones de la libertad condicional que por prenderle fuego a una casa y casi quemar viva a una familia. La primera vez infringí la ley del mundo, pero ahora había infringido la ley de la Policía, y ese tipo de transgresión la trataban con más severidad.

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Crítica de la nueva novela de Karuki Murakami, ‘La ciudad y sus muros inciertos’

El escritor japonés Haruki Murakami, autor de ‘La ciudad y sus muros inciertos’ / EFE

Esta novela, ampliación de una historia antigua del escritor japonés, cumple con los lectores

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Las ilusiones personales. Diario de lecturas. J. L. Martín Nogales

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Los 50 mejores libros de 2024 | Babelia

El complejo retrato que Leila Guerriero pinta de una mujer superviviente de la violación y la tortura durante la dictadura militar argentina arrasa entre un jurado formado por más de cien expertos. La lista de este año, más innovadora de lo habitual, apuesta por novelas caracterizadas por el riesgo artístico

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Los libros. Stefan Zweig

Ahí están ellos, aguardando y en silencio. Incitan, llaman, pero no exigen. Están mudos en su anaquel. Sobre ellos parece flotar el sueño, y, sin embargo, desde cada uno en particular, como un ojo en vela, un nombre te mira fijamente. Si pasas cerca de ellos con la mirada, con las manos, no te siguen con sus gritos implorándote, ni se adelantan hacia ti. No exigen. Esperan a que te hayas abierto a ellos; sólo entonces ellos se abren […].

Pequeños pedazos de infinito, alineados aún junto a la pared, así os mantenéis imperceptibles, en nuestra casa. Mas si os libera la mano, si el corazón os toca, saltáis, invisibles, los espacios de los días laborables y, como en un carro ígneo, vuestra palabra nos eleva desde la angostura a la eternidad.

Stefan Zweig

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Un Caballo de Troya, Monique Wittig

¿Pero y si fuese una máquina de guerra? Toda obra que tenga una forma nueva funciona como una máquina de guerra. Su sentido es demoler las formas viejas, las reglas y convenciones. Todo trabajo lit…

Origen: Un Caballo de Troya, Monique Wittig – Calle del Orco

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El oficio de escribir. Joyce Carol Oates

Cuando empiezo a escribir no estoy segura, casi nunca, de la extensión que va a tener el resultado. No tomo mi pluma y la pongo sobre el papel pensando “este es el principio de un cuento” o “será una novela”. Es el principio de una historia y, como tal, es el umbral que se cruza. Como el proverbial espejo o la conejera de la Alicia de Carroll. Lo atraviesa una sin tener un mapa, simplemente se deja llevar. Cada historia tiene la extensión que necesita. Puede ser un relato de un párrafo, de una página o de dos. Escribir relatos del modo más básico, desprovistos de adornos, se ha puesto de moda, aunque yo había tratado de experimentar con ello en The assignation (1988), que escribí con un estilo muy directo y de extensiones muy breves. También puede ser que una idea, una imagen, dé para un cuento de diez páginas. O un relato de treinta. Si pasas la frontera de las cien, has llegado a lo que se conoce como la novella y cuando llevas más de cien mil palabras es que lo que querías contar era una novela. Es la historia la que decide cada vez que escribes. A mí me gustan ambas formas de narrar.

Joyce Carol Oates

(A través de el blog de Casa de Letras.)

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Cuaderno de poemas. Fernando Pessoa

Llueve mucho, llueve excesivamente…

Llueve y de vez en cuando hay viento frío…

Estoy triste, muy triste, como si el día fuese yo.

En un día de mi futuro en que también llueva así

Y yo en la ventana de pronto me acuerde de este día,

Pensaré «ah, en aquel tiempo yo era más feliz»

O pensaré «ah qué tiempo triste aquel»

Ah, Dios mío, ¿qué pensaré de este día en aquel día

Y qué seré, de qué manera; o qué será para mí ese pasado que hoy es solo presente?

El aire está más destemplado, más frío, más triste

Y hay una gran duda de plomo en mi corazón…

Fernando Pessoa
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