Cuando un narrador de historias inventa personajes, muy poco es realmente inventado. Es decir, de la experiencia de observar y de escuchar –sobre todo de escuchar– a muchas personas distintas, surge, quizás, un solo personaje. De modo que, en vez de hablar de invención, sería más apropiado hablar de síntesis. Para responder a su pregunta no me queda otra opción que recurrir a una experiencia personal. No deja de ser una gran contradicción pero, cuando hablo con la gente o leo en público, soy consciente de que mi presencia personal impone bastante. Sin embargo, mi sentido de identidad propia, comparado con el de la mayoría de las personas que conozco, es muy débil. Me he sentido así desde siempre, desde que tenía cuatro o cinco años. Ésa es, creo, la razón por la que me resulta tan fácil, e incluso necesario, identificarme con los demás. No sólo porque me esté documentando, o porque sea un humanista o un tipo muy amable, sino porque realmente lo necesito. Una consecuencia evidente de esta peculiar condición es que no soy muy introspectivo, pero, a cambio, soy un gran observador. Observo a la gente y me entrego a ella con rapidez. Digamos que no puedo ponerme en sus zapatos, pero sí puedo seguir sus huellas.
La mujer que soy, no es la que tú crees ni la que yo misma me imagino. Es una mujer que se deshace en la noch y se recompone al amanecer.
Es una mujer que ha perdido su nombre y busca en los espejos su rostro. Es una mujer que ha olvidado su voz y escucha en el silencio su corazón.
Pero cuando tú me miras, me reconoces y me devuelves mi nombre y mi voz. Y yo, que soy una mujer sin raíces, me siento en tierra firme, por un instante.
Paco Cerdá posa con su anterior nivela, ‘El peón’. (EFE/Biel Aliño)
Paco Cerdà, un enviado especial al 14 de abril
El autor de ‘El peón’ publica su nuevo libro sobre el día de la proclamación de la Segunda República. Es un acercamiento a los invisibles de aquella jornada que refuerza su apuesta por la no ficción, obsesionado con dar voz a quienes dejaron de tene
Clareó con tensión. Mientras el maestro se dirigía a la escuela, las mujeres de los armadores lo insultaron. Lo acosaron. Lo amedrentaron. El metal de una pistola quiso asomar. A Enrique no le perdonaban que hubiera traído a Moaña ese republicanismo contagioso. Ni sus inflamados mítines. Nin a súa vontade por ensinar galego na escola. A él ya su mujer, Concha la Alpargatera, los habían marcado desde que llegaron al pueblo. Desde que se metieron en esa casa de alquiler donde leen y miran al futuro como los pescadores miran el fondo de las redes: esperando que algo quede cuando todo pase.
Pescadera, sindicalista, esposa y madre. Por todo ello saliste, con tu hijo Manuel de la mano, a celebrar la victoria republicana en Moaña. Todas mujeres marineras, todas marchando en manifestación con vuestros niños. La brisa de la tarde golpeando una bandera tricolor. El salitre adensando los vivas. Mirando sin temor ojos iracundos. Creyendo que, al fin, todo era posible.
Claro que puedo contestar, chilló Connie. Si desear que cambien las cosas en España es ser republicana, entonces soy republicana. Si querer que haya justicia es ser republicana, entonces sí que soy republicana. Si desear que coman los campesinos muertos de hambre es ser republicano, entonces yo soy republicano. La crisálida eclosionando, sacando las alas, necesitando volar. La marquesa dijo adiós Constancia. El criado abrió la puerta. Y antes del portazo, bajando la escalera a toda prisa para respirar hondo en la calle y marcharse al retiro a caminar, todavía oyó un grito, un alarido plebeyo de marquesa: Has traicionado la historia de tu abuelo y lo que defendió toda su vida. Nuestra amistad se ha acabado para siempre.
Su andar lo reconocen todos en Salamanca, las manos tras la espalda. Su silueta todavía más: el traje negro, la barba corta y blanca, las gafas redondas, serio el semblante, siempre un aire acostumbrado, pesado; el halo del sentimiento trágico de la vida cargando los hombros. Así va siempre don Miguel desde que hace un año regresó a Salamanca tras el destierro. De Fuerteventura y sus parajes desérticos, con tanto tiempo para pensar y escribir en soledad, al bullicio iluminado de París y luego a Hendaya, al lado de esa frontera que baña el océano Atlántico y cuya brisa, tenaz, orea el mismo verde de su infancia. vizcaína. Ha pasado seis años en el exilio hasta la caída de Primo de Rivera, el dictador que lo apartó como rector de Salamanca y lo mandó al ostracismo. El militar que no soportaba sus artículos, sus invectivas, su desprecio intelectual. El teniente general que temía sus únicas armas: el cortalapiceros, la pluma estilográfica y esa temible firma: Miguel de Unamuno.
Que cada familia infeliz lo es a su manera se ve esta noche. Qué más da ser nieta de la reina de Inglaterra, hija de la princesa británica, reina consorte de España y madre del príncipe heredero. Qué importa haber nacido en un castillo escocés, tener cuatro nombres ilustres, Victoria Eugenia Julia Ena, el tratamiento de alteza serenísima y un apellido ilustre: Battenberg. Qué más da todo eso, sólidamente volátil. En esta noche confunde ella solo es Ena, la madre extranjera de una familia desgraciada. Desgraciada a su manera, pero desgraciada.
¡Luz hermosa! Cuando desaparezcamos yo y este poco de conciencia que tengo de mí mismo, me gustaría existir -si es que es necesario existir- al menos con una pequeña parte de mí mismo, como un poco de luz diurna, en el aire, en los objetos o en los ojos de la gente.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)