El rostro humano es, sobre todo, un compuesto de órganos receptores. La mano es acción: coge, crea y, a veces, se diría que piensa. En reposo, no es un utensilio sin alma, abandonado encima de una mesa o colgando a lo largo del cuerpo: la costumbre, el instinto y la voluntad de la acción meditan en ella, y no hace falta reflexionar mucho para el gesto que van a hacer.
Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrir que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas.
En 1945, Raymond Chandler recibió el encargo de escribir el guión de la película «La dalia azul».
Víctima de su inseguridad, Chandler colapsó cuando sólo faltaba el desenlace. Para intentar revertir la crisis creativa, los directivos de Paramount le ofrecieron una bonificación económica si cumplía con los plazos.
Chandler les planteó una idea mejor: terminar el guión bajo el efecto del alcohol. Raymond consideraba el alcohol una condición indispensable para superar su bloqueo escritor. Escribiría borracho, apenas comería, y un médico le inyectaría suero para evitar que se deshidratara.
A su vez, la Paramount debía asegurarse que dos secretarias se hallasen siempre a su disposición. Chandler, empezaría a dictarles al haber alcanzado el grado etílico que diese rienda suelta a su creatividad.
La estrategia funcionó, y la película le valió a Chandler una nominación al Oscar como mejor guión original.
En 1946, regresa a Irlanda y durante ese viaje experimenta aquella convulsión que modificó radicalmente su manera de enfocar la escritura y su concepción del relato. – Esta toma de conciencia…
Me di cuenta de que tenía el don de ser escritora muy tarde en la vida. Siempre pensé que tenía la facilidad porque la gente me lo decía, pero su criterio solía no ser el mío. No me interesaba lo que decían, en verdad, no significaba nada. Cuando estaba escribiendo “Song of Solomon”, mi tercer libro, empecé a pensar que esto sería una parte central de mi vida. Otras mujeres lo han hecho en la historia, pero es difícil para una mujer decir “soy escritora”. Bueno: ya no lo es, pero ciertamente lo fue para las mujeres de mi generación, mi clase y mi raza. El punto es que una se está moviendo hacia afuera del rol de género. No estás diciendo soy una madre, soy una esposa. O, si estás en el mercado de trabajo, soy una profesora, soy una editora. Cuando te movés hacia “escritora”, ¿qué significa? ¿Es un trabajo? ¿Es una forma de ganarse la vida? Es intervenir en un terreno que no resulta familiar, en el que una no tiene una procedencia. En aquel momento, personalmente no conocía a ninguna otra mujer escritora exitosa; el terreno parecía reservado para los varones. Así que una esperaba ser una especie de persona pequeña en los márgenes. Era casi como si hubiese sido necesario un permiso para escribir. Cuando leo biografías y autobiografías de mujeres, incluso relatos de cómo empezaron a escribir, casi todas tienen esta pequeña anécdota que habla del momento en que alguien les dio el permiso de hacerlo. Una madre, un esposo, un maestro, alguien, dijo OK, adelante, podés hacerlo. Eso no quiere decir que los hombres nunca hayan necesitado ese empujón; con frecuencia, cuando son muy jóvenes, un mentor dice: sos bueno, y ellos van hacia adelante. Eso si, la autorización se daba por hecho. Yo no podía. Era todo muy extraño. Así que incluso cuando sabía que escribir era central en mi vida, que era donde estaba mi mente, donde me sentía mas a gusto y donde se encontraba el mayor desafío, no lo podía decir. Si alguien me preguntaba, ¿a qué se dedica?, yo no decía, oh, soy escritora. Decía soy editora, soy maestra.
En algún lugar tiene que haber un despertador de la sensatez que avise el peligro de los juegos autoaniquiladores una gravedad que se atreva a tomarse en serio y una bondad cuya raíz no sea simplemente maldad frenada.
En algún lugar tiene que haber una belleza que siga siendo belleza una conciencia pura que no oculte un crimen apartado tiene que haber un amor a la vida que no hable con lengua equívoca y una libertad que no se base en la opresión de los demás.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)