Álbum de librerías incompleto 271

Librería Bohindra. Madrid
Librería del Palau. Barcelona
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Recopilación de textos fotografiados. «Canción de amor», Rainer Maria Rilke

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El oficio de escritor. Enrique Vila-Matas


«El oficio de escritor es un oficio bastante miserable, pero es que, además, está poblado de tontos que no se dan cuenta de la fragilidad inmensa, de lo efímero que es», había dicho una vez Bolaño en la televisión chilena. Ignoro si él estaría de acuerdo —imagino que no, porque le gustaba estar en desacuerdo con todo—, pero para mí, cuando alguien me hablaba de «un escritor de verdad», o de «un escritor de antes», o simplemente de un escritor al que se le pudiera llamar escritor y que por tanto no fuera un impostor más, siempre, siempre, lo imaginaba, lo sigo imaginando, vestido de riguroso negro y muy francés (aunque no sea francés), frente al Mediterráneo. Y, además, poeta, mucho más allá de las poesías chilena y francesa. 

Enrique Vila-Matas

(Montevideo)

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Entrevista con Samanta Schweblin: nuevos cuentos para perturbar

Samanta Schweblin. Foto: Ariel Grinberg

El buen mal es el nuevo libro de relatos de la premiada autora de Distancia de rescate y Pájaros en la boca. Argentina residente en Berlín, fue durante los dos últimos años jurado del Premio Clarín Novela.

Origen: Entrevista con Samanta Schweblin: nuevos cuentos para perturbar

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Cada lectura es una vida de repuesto. Ismael López Gávez

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Columna: Todo anda regular. Juan José Millás

La playa de Las Arenas, en Valencia, esta semana.Biel Aliño (EFE)

Nada hay más cruel que el silencio de los progenitores cuando desaparecen. Papá, mamá, decidme algo, que no hay día que no piense en vosotros debajo de la ducha

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Cuando Jérôme Lindon conoció a Samuel Beckett

Cuando Jérôme Lindon conoció a Samuel Beckett:

«Un día, en 1950, un amigo mío, Robert Carlier, me dijo: «Deberías leer el manuscrito de un escritor irlandés que escribe en francés. Se llama Samuel Beckett. Seis editores ya lo han rechazado». Desde hacía dos años dirigía las Éditions de Minuit. Unas semanas más tarde, vi tres manuscritos sobre uno de nuestros escritorios: ‘Molloy’, ‘Malone muere’, ‘El innombrable’, con ese nombre de autor desconocido pero que ya me resultaba familiar.

Fue en ese momento cuando supe que tal vez llegaría a ser editor, quiero decir, un editor de verdad. Desde la primera línea —»Estoy en el cuarto de mi madre. Ahora soy yo quien vive aquí. No recuerdo cómo llegué»— la belleza arrolladora de ese texto me golpeó. Leí Molloy en unas pocas horas, como nunca había leído un libro. Pero esta vez no se trataba de una novela publicada por uno de mis colegas, de esas obras maestras consagradas en las que, como editor, nunca podría haber tenido parte: era un manuscrito inédito, y no solo inédito, sino rechazado por varios editores. No podía creerlo.

Al día siguiente, vi a Suzanne, su esposa, y le dije que me gustaría publicar esos tres libros lo antes posible, pero que no tenía muchos recursos. Ella se encargó de llevarle los contratos a Samuel Beckett y me los devolvió firmados. Era el 15 de noviembre de 1950.

Samuel Beckett pasó por la editorial unas semanas después. Más tarde, Suzanne me contó que, al regresar a casa, él tenía el rostro sombrío. Sorprendida, temiendo que el contrato con su primer editor lo hubiera decepcionado, le preguntó qué ocurría. Beckett le respondió que, por el contrario, nos había encontrado a todos muy amables y que estaba desesperado al pensar que la publicación de Molloy nos llevaría a la ruina.

El libro salió el 15 de marzo. El impresor, un alsaciano católico, temiendo que la obra fuera perseguida por atentar contra las buenas costumbres, omitió prudentemente incluir su nombre al final del volumen.

Días después, escribí a Sam para pedirle una foto suya y un cuento del que me había hablado, ambos destinados a los periódicos. Me respondió con la siguiente carta:


Querido señor Lindon,

Recibí esta mañana su carta de ayer. Le agradezco profundamente su generoso adelanto.
Me hice la foto esta tarde. La tendré pasado mañana y se la enviaré en cuanto la recoja.
Sé que Roger Blin quiere montar la obra. Tenía previsto solicitar una subvención para ello. Dudo mucho que se la concedan. Esperamos a ‘Godot’, pero no para mañana.
La primera mitad del cuento, bajo el título ‘Huida’, ya apareció en ‘Les Temps modernes’, y está a su disposición. ¿Podría esperar hasta mi regreso? Es mi primer trabajo en francés (en prosa). ‘El calmante’, que Madame Dumesnil entregó al señor Lambrichs, quizá sea más adecuado. Se lo dejo a su elección.
Me alegra saber que tiene ganas de publicar pronto ‘El innombrable’. Como le dije, es la obra que más me importa, aunque me haya metido en un buen lío. Intento salir de él. Pero no lo logro. No sé si podrá convertirse en un libro. Quizá no sea más que un tiempo para nada.
Déjeme decirle una vez más cuánto me conmueve el interés que muestra por mi trabajo y cuánto le agradezco los esfuerzos que hace para defenderlo. Reciba mis más sinceros sentimientos de amistad.

Samuel Beckett


Como es probable que Samuel Beckett llegue a leer este penoso testimonio, no me atreveré a decir aquí la admiración sin límites y el afecto que le profeso. A él le incomodaría y a mí también.

Pero me gustaría que se supiera esto, solo esto: que en toda mi vida jamás he conocido a un hombre en quien convivan en un grado tan alto la nobleza y la modestia, la lucidez y la bondad. Nunca habría imaginado que pudiera existir alguien tan auténtico, tan grande, tan íntegro».

«Samuel Beckett. Cahier de l’Herne»

(A través de Kim Nguyen Baraldi)

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María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada

María Moliner, la mujer que enseño a leer a media España (a pesar de Franco).
María Moliner, la mujer que enseño a leer a media España (a pesar de Franco).

‘Hasta que empieza a brillar’ se sumerge en la peripecia de una mujer que hizo historia con dos volúmenes en los que explicaba de forma accesible el significado de todas las palabras del castellano. Más información: Google mejora su español: incorpora el diccionario de la RAE a su buscador y a su teclado

Origen: María Moliner, artífice del diccionario único: Andrés Neuman celebra su pasión en una biografía novelada

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Lectura: ‘Las propiedades de la sed’, de Marianne Wiggins

Imagen del fotógrafo estadounidense Ansel Adams (1902 1984) tomada en torno a 1943 en el Manzanar, en el valle de Owens, California, el más famoso de los campos de concentración en los que Estados Unidos confinó a 120.000 ciudadanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial.ANSEL ADAMS (Buyenlarge / GETTY IMAGES)

‘Las propiedades de la sed’, de Marianne Wiggins: no puedes salvar lo que no amas | Babelia | EL PAÍS

Un ictus incapacitó para leer y escribir a la autora estadounidense antes de acabar esta novela situada en la tradición de las grandes épicas estadounidenses, que cerró con ayuda de su hija y su editor

Origen: ‘Las propiedades de la sed’, de Marianne Wiggins: no puedes salvar lo que no amas | Babelia | EL PAÍS


Textos

No puedes salvar lo que no amas. eso ya lo sabía él. Por Dios, lo había aprendido desde la cuna, en casa de su padre, en el regazo de alguien cuyo desmedido amor por el dinero caía a raudales como agua bendita sobre todos los aspectos de sus vidas. Si quieres mantener algo vivo (como este negocio, hijo mío), tienes que quererlo con todas tus fuerzas. Nadie ha hecho jamás fortuna con la leche de la bondad humana. Sed. Debes proponértelo, debes tener perseverancia, independencia, aguante.


Me gusta observar a la gente cuando mira el menú. Observar cómo se deciden me indica algo… o no. Hay quien no tiene interés en la comida imaginativa. Prefiere la que ya conoce, la comida de siempre. Esa gente repasa el menú en busca de las cosas que llevan digiriendo desde la cuna. Otros, como usted, echan un vistazo a su alrededor, miran los platos de las otras mesas. Los hay que comen por el precio, someten el placer gustativo a la esclavitud de sus bolsillos. E incluso hay gente, parejas, en su mayoría gente casada, que se enfrenta al menú como a un recital, una lectura en voz alta, como si quien los acompaña fuera menor de edad. O analfabeto.


Había contemplado a las cuadrillas de negros salir rodando de las traseras de los camiones en la oscuridad, invisibles, navegando en el pálido algodón, galaxia de estrellas afiladas, e incluso él, cínico urbanita, había caído presa del mítico lirismo del trabajo agrícola puro, en contacto con la Naturaleza. Hasta que salía el sol. Hasta que el cielo blanqueado por el calor caía sobre las espaldas dobladas y el suelo se transformaba en una parrilla que desprendía un calor que, como la sangre, te iba subiendo por los pies y por los pantalones hasta la entrepierna. Cada centímetro de tu cuerpo donde hubiese poros desprendía líquido.


En su familia nunca abundaron los besos —la muerte fue el obstáculo que habían tenido que superar—, más bien se daban palmadas en el hombro como un modo incondicional de demostrar alegría y soltaban frases para elogiar el trabajo bien hecho pero nunca utilizaban un vocabulario expresivo y espontáneo cargado de afecto físico y nunca se besaban. Jamás. Tampoco se abrazaban. Ni se quejaban ni lloraban, sencillamente seguían adelante bajo la tutela de Cas y Rocky y con su ejemplo firme e intachable.


Si debiera pensarlo —cosa que no quería hacer, ¿qué sentido tenía?— diría que tomó conciencia de ellas del modo en que te fijas en las cosas que siempre están ahí, las cosas que existen, los olores permanentes que te siguen por el lugar donde vives, a perro, a leche cortada, a polvo de carbón, a botas húmedas, a paredes de tela asfáltica, a suelo de tierra, a piel vieja y a aguardiente. Como todas las cosas a las que se había acostumbrado desde que tenía memoria, su presencia en su vida había sido constante, se guardaban en un lugar de honor encima de la chimenea y en un soporte al lado de la puerta donde siempre eran lo primero que veía por las mañanas al entrar, siempre donde a un desconocido con mala idea se le podía hacer sentir su poder disuasorio: las armas. Empuñadas y lustradas y modificadas y admiradas, siempre cargadas, incluso cuando descansaban, cómodas y abrigadas, contra la pared mientras en la casa todos dormían. Por eso podían dormir a pierna suelta. Todo hombre que se preciara de serlo tenía una, no salía sin llevar una y se presentaba con la suya al hombro o al menos a punto en la carreta o en la silla del poni o, con el tiempo, en su soporte en el asiento trasero de su coche o de su camioneta. Armas de fuego fiables. El mejor amigo del hombre; y más fiables que los perros, porque mientras que un perro se te puede morir, un arma te durará hasta que te mueras tú. No pensabas en ellas, la verdad, de la misma forma que no pensabas que tu hermana fuera algo especial o que tus padres fueran más que que gente corriente: esos eran los hechos de tu vida, los rifles y tu familia, y todas las mañanas te despertabas a la cruda realidad de lo que eran y de lo que podían hacer y seguías adelante.

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Primer encuentro con Samuel Beckett, Jérôme Lindon

Un día, en 1950, un amigo mío, Robert Carlier, me dijo: «Deberías leer el manuscrito de un escritor irlandés que escribe en francés. Se llama Samuel Beckett. Seis editores ya lo han rechazado». Des… Origen: Primer encuentro con Samuel Beckett, Jérôme Lindon – Calle del Orco
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