Mis proyectos nacen de encuentros, paseos y reflexiones. A menudo, un proyecto lleva a otro. Por ejemplo, mientras seguía a un hombre en Venecia, se me ocurrió la idea de trabajar como empleada de …
Origen: Cómo nacen mis proyectos, Sophie Calle – Calle del Orco
Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de ‘La metamorfosis’, ‘Bartleby’, ‘Un corazón simple’, ‘Un cuento de Navidad’. Y luego le dijo que estaba leyendo ‘Desayuno en Tiffanys’, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía ‘La metamorfosis’ en lugar de ‘El proceso’, escogía ‘Bartleby’ en lugar de ‘Moby Dick’, escogía ‘Un corazón simple’ en lugar de ‘Bouvard y Pécuchet’, y ‘Un cuento de Navidad’ en lugar de ‘Historia de dos ciudades’ o de ‘El Club Pickwick’. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.
Va cayendo la noche: La bruma ha bajado a los montes el cielo: Una lluvia menuda y monótona humedece los árboles secos. El rumor de sus gotas penetra hasta el fondo sagrado del pecho, donde el alma, dulcísima, esconde su perfume de amor y recuerdos. ¡Cómo cae la bruma en en alma! ¡Qué tristeza de vagos misterios en sus nieblas heladas esconden esas tardes sin sol ni luceros! En las tardes de rosas y brisas los dolores se olvidan, riendo, y las penas glaciales se ocultan tras los ojos radiantes de fuego. Cuando el frío desciende a la tierra, inundando las frentes de invierno, se reflejan las almas marchitas a través de los pálidos cuerpos. Y hay un algo de pena insondable en los ojos sin lumbre del cielo, y las largas miradas se pierden en la nada sin fe de los sueños. La nostalgia, tristísima, arroja en las almas su amargo silencio, Y los niños se duermen soñando con ladrones y lobos hambrientos. Los jardines se mueren de frío; en sus largos caminos desiertos no hay rosales cubiertos de rosas, no hay sonrisas, suspiros ni besos. ¡Como cae la bruma en el alma perfumada de amor y recuerdos! ¡Cuantas almas se van de la vida estas tardes sin sol ni luceros!
Dice Bolaño: «Hay historias que nos llevan al borde del vacío y que nos obligan a plantearnos las grandes preguntas». Conocí fugazmente a Bolaño en 1999, mientras paseaba por la Estación Mapocho de Santiago; era entonces un autor que ya estaba encima de la ola del reconocimiento. Me hubiera gustado que me firmara «Estrella distante», su más deslumbrante novela, pero solo tenía a mano «Los detectives salvajes». Horas después, Alfredo Bryce, Balo Sánchez León y yo acudimos a una cena con diez reputados escritores chilenos y, en algún momento, se me antojó decirles a todos que acababa de conocer a Bolaño. Se hizo un silencio gélido; los plumíferos chilenos presentes odiaban a Bolaño. Todos tenían sus motivos con las justificaciones correspondientes, que me dieron en pocas y despectivas palabras. Esta vez fui yo quien permaneció unos minutos en silencio, pero al cabo formulé una de aquellas grandes preguntas: «¿Por qué los escritores tienen tantos enemigos?» Y de pronto recordé la respuesta que Borges solía dar al respecto: «No son enemigos, sino contemporáneos; tan solo contemporáneos».
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)