La pluma rasca

El brillo de ayer ha desaparecido, el cielo con unas nubes tan bajas que parece que pueden alcanzarse con los dedos. Pero adoro este clima del norte, no sabría vivir sin él. Suaves tonos gris perla, el aire débilmente luminoso, y ese silencio lejano y misterioso; tal vez está dentro de mi cabeza.

Es un trabajo peculiar, éste de escribir. La jornada empieza con una serie de círculos, a medida que uno da vueltas en torno al hecho fundamental e inevitable de la página en blanco y la seguridad de que no hay una forma correcta de expresar una cosa; las combinaciones posibles de palabras en una frase son infinitas. Mi amigo Martin Amis dice que cada página de prosa es el resultado de un par de miles de errores. Yo creo que ése es un cálculo por lo bajo. Inténtalo de nuevo, recomienda Beckett. Vuelve a equivocarte. Vuelve a equivocarte mejor.

La pluma rasca; la página tiene el mismo color que el cielo.

BanvilleJohn Banville.

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No me gustó el discurso de Juan Goytisolo

Le concedieron el Premio Cervantes a Juan Goytisolo. Bien. Ha escrito, ha trabajado, ha reflexionado, forma parte de nuestra educación llamémosla intelectual. Merece un reconocimiento. Su discurso no me gustó, tampoco las maneras. Pero hay algo peor: la falta de coherencia y, quizá, quizá, de sinceridad.

 Un escritor que se define como estepario y después postula la intervención del intelectual en los asuntos de la sociedad incurre en una cruda contradicción. O estás en la estepa o estás en la urbe. Esta contradicción es de naturaleza menor; pero, en el caso de Juan Goytisolo, es una de tantas.

 He visto en Twitter el recorte de periódico donde figuraba la pomposa declaración de Goytisolo, formulada a principios de este siglo, según la cual jamás aceptaría el premio que recibió ayer, cosa que estaría dispuesto a asentar por escrito ante un notario. Una bravuconada, como se ve, que no pasó a mayores.

 Gusta Goytisolo de repetir, no sin cierta escasez de matices, que el escritor debe intervenir en la realidad. Yo, que también resido en el extranjero, me pregunto cuál es la realidad de un escritor que vive en Marruecos. Y también me pregunto si el referido escritor no podría intervenir en forma crítica en la realidad que lo rodea o que le es físicamente más cercana, en la cual, por cierto, se dispensa un trato vejatorio a las mujeres, a los homosexuales (él, declaradamente, lo es) y no hay libertad de opinión y, al menor desliz, lo espera a uno la cárcel, el látigo y cosas peores.

 Es más fácil y menos peligroso indignarse en España y, sobre todo, contra España. Hay quien ha celebrado que Juan Goytisolo «enfadara» (sic) al PP, hazaña humilde donde las haya. ¿Esa es la tarea de un escritor español actual? ¿De un escritor, por añadidura, premiado? ¿Cobrar 125.000 euros (que supongo gravarán en Marruecos) y denunciar los recortes sociales y los desahucios? ¿Dar la mano al Rey con cara de dolor de muelas? ¿Someterse al rito pero hacer como que no, negándole el saludo, no sé, al adversario ideológico en quien recae actualmente la responsabilidad de conceder el premio? Si no das la mano, ¿a qué vas? ¿A protagonizar portadas de prensa y cobrar?

 ¿Con qué derecho puede un ciudadano condecorarse con el título de cervantino y a continuación señalar con el dedo a los que no merecen dicho honor? ¿Qué convicción permite vincular a Cervantes con Podemos?

 Mi conclusión personal: no hay cosa más rancia y conservadora que la queja incesante. Y la queja es queja aunque el quejumbroso la embadurne de pomada contestataria. Estoy con Canetti: quien se queja, expresa que merece más y mejores cosas. Y estoy con Camus: di no a lo que te indigne, te irrite, te parezca injusto, pero no olvides decir a continuación sí, esto es, no olvides contribuir con algún elemento positivo. Si no, ¿qué has aportado? ¿Qué se puede aprender de ti, de tu trabajo, de tu quejumbre?

Fernando AramburuFernando Aramburu, El Mundo (El Cultural)

 

 

 

A mi tampoco

Me he encontrado en persona con Fernando Aramburu muy pocas veces: una vez cenamos juntos en nuestro P.J. Clarke’s, esa catedral de la mejor cerveza y la mejor comida americana simple y sabrosa. Fernando había venido a Nueva York, junto a José Ángel González Sainz y Manuel Gutiérrez Aragón, para hablar del modo en que la literatura y el cine han tratado el terrorismo en el País Vasco. Fernando Aramburu lleva en la cara y en la voz, en la presencia física , la misma claridad cordial que hay en su escritura. Es un hombre al que la lucidez y la ira ante el abuso, la crueldad y la estupidez, no le quitan la alegría, y no necesita disimular que goza de la vida para parecer más radical. Hoy ha publicado en El Cultural un artículo que me parece espléndido. Gracias, Fernando.

Muñoz Molona 1Antonio Muñoz Molina

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Álbum de librerías incompleto, 12

Círculo de lectura en Chueca, Madrid
Círculo de lectura en Chueca, Madrid
La librería Matras de la plaza del Rynek de Cracovia
Librería Matras de la plaza del Rynek de Cracovia

 

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Sociedad del arte

Los cuadernos de Leonardo indican que supo antes que Copérnico que el sol no se movía.

Leibniz: Por qué hay algo en lugar de nada?

Mallarmé aprendió inglés especificamente para leer a Poe.

El entusiamo por Poe es la señal de un estado de reflexión decididamente primitivo. Dijo Henry James.

Dickens, Walt Whitman, Mark Twain y Máximo Gorki nunca terminaron la primaria. Sean O’Casey y Alberto Moravia tampoco

O’Casey, a los cuarenta y tres, trabajaba con un pico y una pala cuando se estrenó su primera obra.

De niño, Tennyson podía recitar las ciento tres odas de Horacio de memoria.

Montaigne afirmaba saberlas, así como también el resto de las obras de Horacio.

Markon. La soledad del lectorDavid Markson, La soledad del lector

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El Vieco cortaziano, I

«El Vieco cortaziano» es una selección caprichosa, y por tanto subjetiva, de textos de Julio Cortázar.

El agua

Cortazar 4Basta conocerla un poco para comprender que el agua está cansada de ser un líquido. La prueba es que apenas se le presenta la oportunidad se convierte en hielo o en vapor, pero tampoco eso la satisface; el vapor se pierde en absur­das divagaciones y el hielo es torpe y tosco, se planta donde puede y en general sólo sirve para dar vivacidad a los pingüinos y a los gin and tonic. Por eso el agua elige delicadamente la nieve, que la alienta en su más secreta esperanza, la de fijar para sí misma las formas de todo lo que no es agua, las casas, los prados, las montañas, los árboles.

Pienso que deberíamos ayudar a la nieve en su reiterada pero efímera batalla, y que para eso habría que escoger un árbol nevado, un negro esqueleto sobre cuyos brazos incontables baja a establecerse la blanca réplica perfecta. No es fácil, pero si en previsión de la nevada aserráramos el tronco de manera que el árbol se mantuviera de pie sin saber que ya está muerto, como el mandarín memorablemente decapitado por un verdugo sutil, bastaría esperar que la nieve repitiera el árbol en todos sus detalles y entonces retirarlo a un lado sin la menor sacudida, en un leve y perfecto desplazamiento.

No creo que la gravedad deshiciera el albo castillo de naipes, todo ocurriría como en una suspensión de lo vulgar y lo rutinario; en un tiempo indefinible, un árbol de nieve sostendría el realizado sueño del agua. Quizá le tocara a un pájaro destruirlo, o el primer sol de la mañana lo empujara hacia la nada con un dedo tibio. Son experiencias que habría que intentar para que el agua esté contenta y vuelva a llenarnos jarras y vasos con esa resoplante alegría que por ahora sólo guarda para los niños y los gorriones.

Julio Cortázar. De Papeles inesperados

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Joyce. Estilo literario I

Belleza fortuita

No creo que la belleza sea fortuita. Uno puede pasar siete años reflexionando con más o menos regularidad, y escribir de pronto, sin aparente -insisto, aparente- deliberación y esfuerzo, un cuarteto que lo hará inmortal.

Interpretar un paisaje

No es nada común interpretar espiritualmente un paisaje. Hay quienes creen escribir espiritualmente haciendo el panorama gris y nublado.

El ritmo

El ritmo es la relación primera y formal de una parte con otra dentro de un todo, o de un todo con sus partes, o de una parte con el todo. Las partes constituyen un todo en la medida en que tienen un fin común.

El argumento y las emociones

Al escribir Ulises trataba de reflejar con palabras el color y el sonido de Dublín: su aspecto gris y sin embargo reluciente, sus alucinadoras neblinas, su destartalado caos, el ambiente de sus bares, su estancamiento social. Estas cosas no se podían trasmitir más que a través de la textura de las palabras. Las ideas y el argumento importan menos de lo que piensan algunos. Toda obra de arte tiene por finalidad comunicar emociones; el talento es el don que permite hacerlo.

Sabatini. Sobre la escritura. JoyceJames Joyce

 

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Eduardo Galeano y el fútbol

Eduardo Galeano 2Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-13 de abril de 2015), autor de los goles orgásmicos más líricos, rapsoda de “esos carasucias que cometen el disparate de gambetear […] por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”. También fue exégeta del dios redondo, el fútbol, “la única religión que no tiene ateos”. Sus feligreses son “hinchas en el manicomio” cuya camiseta es “la segunda piel” y la única unanimidad es el árbitro, “al que todos odian”.

Como los pies de palo no le obedecían salvo en sueños, jugó al fútbol con la palabra. Con ella, como mendigo del buen fútbol, suplicaba “por una linda jugadita, por amor de Dios” […] cada vez que comenzaba un Mundial, él y su compañera Helena colgaban en la puerta de casa el siguiente cartel: “Cerrado por fútbol”. […]

José Sámano, “Los más bellos goles en verso”, El País, 20 de abril, de 2015

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La experiencia de la lectura

Antoine CompagnonLa experiencia de la lectura, como toda experiencia humana, es inevitablemente una experiencia doble, ambigua, desgarrada: entre comprender y amar, entre la filología y la alegoría, entre la libertad y la coacción, entre la preocupación por el otro y la preocupación por uno mismo.

Antoine Compagnon. El demonio de la teoría. Acantilado

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La lectura

Elizabeth HardwickEl mejor don es la pasión por la lectura. Es barato, consuela, distrae, excita, da conocimiento del mundo y amplía la experiencia de la vida.

Elizabeth Hardwick

 

 

 

Josefina AldecoaVivir ensimismada. Leer. A través de la lectura, dialogar, en silencio con hombres y mujeres contemporáneos y con hombres y mujeres que hace años, quizá siglos, dejaron su mensaje en un libro para que yo lo leyera y lo encontrara en una búsqueda de respuestas a mis preguntas. Y el descubrimiento fascinante de afinidades, respuestas, sugerencias. Leer y leer, clásicos y modernos; libros en español, en otros idiomas…

Josefina Aldecoa

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Lectura. Rilke: Carta VI

Rilke 2[…] Pues lo que hace falta es sólo esto: soledad, gran soledad interior. Ir-hacia-sí, y durante horas no encontrar a nadie; he ahí lo que hay que lograr. Estar en soledad como lo estaba uno de niño, cuando las personas mayores iban y venían enredadas en cosas que si aparecían importantes y grandes era porque esos mayores tenían el aire tan atareado y porque nada se comprendía de su hacer.

Y un día cuando se advierte que sus ocupaciones son míseras, yertas sus profesiones, y que ya no están vinculadas con la vida, ¿por qué no continuar igual que un niño, mirándolas como algo extraño, desde el fondo del mundo propio, desde el ámbito de la soledad propia, que es también trabajo y jerarquía y oficio? ¿Por qué empeñarse en trocar en hurañía y desprecio la sabia incomprensión de un niño, puesto que no comprender es estar solo, y qué hurañía y desprecio significan participación en aquello de que uno quiere apartarse por estos medios?

Piense, querido señor, en el mundo que usted lleva dentro, y denomine este pensar como quiera, ya sea recuerdo de la infancia propia o anhelo de lo futuro; pero esté atento a lo que en usted se eleva, y sitúelo sobre todo lo que observa en torno suyo. Su acontecer íntimo es digno de todo su amor; en él debe usted trabajar de algún modo y no perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en aclarar su posición respecto a los demás. […] Su profesión es dura, lo sé, y está en plena contradicción con usted mismo; y preveía su queja, y sabía que vendría. Ahora que ha venido, no puedo mitigarla; sólo puedo aconsejarle que considere si todas las profesiones no son así, si no están llenas de exigencias, llenas de hostilidad hacia el individuo, saturadas del odio de aquellos que se han adaptados mudos y hoscos al deber insípido.

[…] si no hay afinidad entre los hombres y usted, trate de estar cerca de las cosas, ellas no lo abandonarán. Todavía quedan las noches y los vientos que van a través de los árboles y sobre muchas tierras; todavía en las cosas y en los animales todo es acaecimientos, de los que usted puede participar; y los niños son siempre lo que usted fue de niño -así tristes y felices-; y si piensa en su infancia, revivirá entonces en medio de ellos, en medio de los niños solitarios; y los adultos nada son, y su dignidad nada vale.[…]

Rilke. Cartas a un joven poetaRainer Maria Rilke. Cartas a un joven poeta

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