

Mas, volviendo a mí mismo, yo pensaba más modestamente en mi libro, y aun sería inexacto decir que pensaba en quienes lo leyeran, en mis lectores. Pues, a mi juicio, no serían mis lectores, sino los propios lectores de sí mismos, porque mi libro no sería más que una especie de esos cristales de aumento como los que ofrecía a un comprador el óptico de Combray; mi libro, gracias al cual les daba yo el medio de leer en sí mismos, de suerte que no les pediría que me alabaran o me denigraran, sino sólo que me dijeran si es efectivamente esto, si las palabras que leen en ellos mismos son realmente las que yo he escrito…

Marcel Proust
Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.

Juan Rulfo
(El desafío de la creación)
Hasta hace unos meses, yo estaba dentro de Vallesordo. Me sentaba delante del ordenador, leía lo último que había escrito, intentaba conectar con el personaje, con lo que él estaba sintiendo en el capítulo por donde iba, y seguía escribiendo. Y ahora estoy fuera de esa historia y hablo de ella como autor. Es raro.
Cuando empecé a escribir este libro, en enero de 2022, el narrador era como un cachorro cuando entra por primera vez a una casa y necesita olerlo todo y ver dónde están las cosas. Me daba miedo arruinar la historia y escribía como nervioso, con prisa por llegar a lo siguiente. Por eso en las primeras versiones las frases eran cortas y el estilo telegráfico.
Poco a poco, fui viendo cómo la voz de Nico se aturullaba cada vez menos y las palabras iban saliendo con más facilidad.
Creo que esto fue así gracias a dos cosas. Por un lado, estuve yendo a terapia durante un año y medio. Pienso que las emociones que sentimos o que recordamos haber sentido son las que guían la escritura, y en mi caso, había algo ahí muy dañado que no me dejaba sentir de cerca a Nico. Y, por otro lado, leí algunos libros que me ayudaron a saber qué quería contar y cómo hacerlo.
Al leer Manifiesto de la comuna antinacionalista zamorana, un libro de García Calvo, me di cuenta de que había palabras que estaban ahí, en las bocas de nuestras abuelas, y pensé: sería bonito contar una historia con estas palabras. En esa Manifiesto hay un glosario con algunas palabras que yo había escuchado antes, pero esa era la primera vez que las veía recogidas en un libro.
Cuando leí La vida ante sí, de Romain Gary, me entraron ganas de contar la historia desde el punto de vista de un niño, de dejarme llevar por la espontaneidad de Nico para ver qué pasaba, de inventar muletillas propias y de jugar más con las frases.
Pensé, con Panza de Burro, que cuando el personaje se arrebata hay que acompañarlo, porque ¿por qué iba a ser la intensidad algo de lo que huir?
Con Necesitamos nombres nuevos, de Noviolet Bulawayo, aprendí a darle más importancia a los juegos infantiles y a aceptar que la ternura y las ganas de hacer daño conviven dentro de los personajes, y que a veces están muy cerca la una de la otra.
Después de leer estos libros, y un año y medio después de empezar a escribir, en verano de 2023, sentí por fin que la voz de Nico era algo que estaba vivo. A partir de ese momento, el sentido de la escritura fue otro. Ya no sentía que tuviera que crear una novela, sino que mi función era ayudar a Nico a contar su historia de la mejor manera posible. Me ayudó a escribir desde ese lugar algo que Anne Carson dijo en una entrevista: “No, no creo que la escritura sea un esfuerzo de control. Es un esfuerzo de colaboración con las revelaciones que puedan darse en ese ámbito”.
A lo largo de 2024, durante el proceso de edición, leí Nada es verdad, de Verónica Raimo, y me di cuenta de que la literatura tiene una capacidad para crear verosimilitud más grande de lo que yo pensaba. Esa lectura me animó a seguir inventando y a no asustarme (o asustarme un poco menos) en esa huida hacia delante que es la escritura.
El verano pasado, ya sabiendo que el libro se publicaría en Asteroide, disfruté más de la escritura porque sabía que al otro lado de la página habría personas que leerían la historia de Nico. Fue bonito pensar que ese encuentro sucedería sí o sí, que eso ya no estaba en duda. Gracias a los comentarios de Luis, y también de Fátima, Núria, Cris y Aurora, fui haciendo cambios en el texto, lo dejé reposar unas cuantas veces más, y volví a él para borrar unas cuantas cosas y añadir algún párrafo.
Y así, poco a poco, Vallesordo quedó escrita tal y como ahora os llega a vosotras.
Ya me despido, con muchas ganas de veros y de que me contéis a dónde os ha llevado Nico con su historia.
Muchos abrazos,
Jonathan Arribas

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