Marta Sanz y sus cinco bichos raros

Cristina Morales, Alicia Kopf, Elena Medel, Gabriela Ybarra y Juan Gómez Bárcena -en ese orden o en cualquier otro- son los cinco jóvenes autores que, según Marta Sanz, han empezado ya a escribir el futuro. ¿Quieren conocerlos?

Origen: Marta Sanz y sus cinco bichos raros

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Reflexiones. Marguerite Yourcenar

marguerite-yourcenarUna parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Marguerite Yourcenar (En Memorias de Adriano)

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Crítica de Menéndez Salmón al libro de Ta-Nehisi Coates, «Entre el mundo y yo»

Coates

Carta a un hijo

El nuevo libro de Ta-Nehisi Coates, «Entre el mundo y yo» (Seix Barral), no es sólo una lección compartida con su hijo adolescente, sino una hondísima disección de las falsedades de una América construida sobre el sufrimiento de los negros.

Origen: Carta al hijo

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Lectura: «Habíamos ganado la guerra», de Esther Tusquets

Desde su tardía presentación como escritora, Esther Tusquets ha construido la mayor parte de su literatura sobre una fuerte base vivencial. Ya en su primer libro, «El mismo mar de todos los veranos», se intuye un fondo genérico de autobiografismo que páginas suyas posteriores han corroborado. Un motivo principal de esta magnífica novela, la denostada figura materna, reaparece sin veladuras en el duro alegato de la emocionante “Carta a la madre”, escrito que forma parte de un conjunto de epístolas donde la autora analiza las relaciones reales con varias personas de su intimidad. También ha contado Tusquets su experiencia como responsable de la editorial Lumen en «Confesiones de una editora poco mentirosa». 

Salvo en estas “confesiones”, algo decepcionantes porque, si no mienten, callan mucho o, al menos, aplican una perspectiva modosa y amable, Tusquets siempre ha preferido, tanto en las novelas como en las evocaciones directas, la sinceridad a la discreción, e incluso su escritura se distingue por mostrar las vivencias con un tono bastante desgarrado. La propia escritora se coloca como sujeto de un análisis nada complaciente del que sale un retrato individual generalizable a usos, hábitos y mentalidades de su tiempo y de su clase social. Aunque no caiga Tusquets en aquella autoflagelación de las memorias de Jesús Pardo que causó impresión en su día, tampoco persigue, desde luego, dorar su imagen ni idealizarla. Al revés, echa sobre sí misma y sobre los suyos una mirada incisiva en busca de una verdad sin componendas ni convencionalismos. 

Este planteamiento impulsa también «Habíamos ganado la guerra», nuevo libro memorialístico de Tusquets que parte de una auténtica tesis. No es verdad -explica la autora- que la guerra civil la perdieran todos los españoles, unos la habían ganado, y lo sabían, y otros la habían perdido y no se les iba a permitir que lo ignoraran ni olvidaran. Los suyos, la burguesía acomodada catalana que apoyó el golpe contra la República, no pasaron penurias, y disfrutaron de la nueva situación que reverdecía antiguas desigualdades. Las dos ramas de sus progenitores, aunque de tendencias políticas bastante diferentes, participaron de tales privilegios. En tal ambiente se desarrolló la autora, si bien no fue la suya una existencia común, pues ella, niña “rara” y problemática, creció en una familia también “rara”; algo que ha subrayado de antiguo, como saben sus lectores fieles. 

esther-tusquets-habiamos-ganado-la-guerraTusquets destaca en su biografía los datos singulares que la marcan: colegio infantil alemán de inspiración nazi; tío sacerdote antisemita y antimasón que influyó en el mismísimo Franco; efímera militancia en un grupo de la vieja guardia de Falange… «Habíamos ganado la guerra» responde estrictamente, sin embargo, al modelo genérico de relato de maduración y narra paso a paso cómo fue descubriendo el mundo hasta conseguir la idea clara de la vida que le permitiría adoptar una posición firme: ella, hija de los vencedores, pertenecía al bando de los vencidos. 

Por eso su trayectoria, contada sin paños calientes y con amenidad, y repleta de interesantes noticias menudas de época, supera con mucho el caso singular, por curioso y atractivo que resulte. Tusquets logra uno de los retratos más reveladores que se hayan escrito de las características y contradicciones de un sector del franquismo, tanto de quienes estuvieron en la guerra como de sus descendientes. En él se ve con meridiana claridad cómo fue el proceso que llevó a la generación del medio siglo de la derecha familiar a las simpatías izquierdistas. Este recorrido vital se detiene al llegar al “final de etapa” que coincide con el inicio de los estudios universitarios. No debiera Esther Tusquets cortarlo ahí porque escasos son nuestros memorialistas capaces de trasformar con tanta lucidez y frescura la historia personal en profundo reflejo colectivo.

Santos Sanz Villanueva. El Cultural


Textos

En los años cuarenta, mi tío, y la gente como mi tío, como nosotros, la gente que había ganado la guerra, se podía permitir esto y más. La calle era nuestra, la ciudad era nuestra, el país era nuestro. De algún modo se nos había dicho, como el rey Asuero a la reina Esther: «No temas. Las leyes de mi reino no rigen para ti». Conseguíamos antes el coche, para los que había una larga lista de espera; obteníamos enseguida el teléfono, para el que la lista de solicitudes era interminable; ni catábamos la comida que daban con las cartillas de racionamiento; el pasaporte nos lo entregaban por la puerta lateral de jefatura, saltándonos la cola y sin que nadie protestara; las taquilleras de los cines y de los teatros nos conocían y nos guardaban las mejores localidades. Era un país desmoronado y pobretón, pero era nuestro.

[…]

Un último detalle divertido, y una de las poquísimas cosas que sé de mi abuelo paterno: era tan sensible y tan amante de la comodidad que, en el comedor, detrás de su silla, colocaban con cuidado un biombo, para que no le molestara el aire que levantaba al pasar junto a él la doncella que servía la mesa. Mucho refinamiento para un presunto banquero judío…

[…]

«Enseñanzas del hogar» no respondía a ningún objetivo determinado, ni nos preparaba, en realidad, para nada. Se habían limitado a suprimir las asignaturas más teóricas, o difíciles, o «masculinas» (las matemáticas, el griego, el latín) y a sustituirlas caprichosamente por otras.
Dábamos, a los diez, once o doce años, clases de puericultura, donde nos explicaban cómo alimentar al bebé, cambiarle los pañales, conseguir que durmiera, o lo que debía hacerse si presentaba síntomas de estar enfermo. También nos impartían, absolutamente teóricas, porque nunca vimos un fogón ni preparamos una ensalada, clases de cocina. Y unas clases de manejo de la casa —ventilarla, decorar el cuarto de los niños, disponer los armarios— y del marido, al que había que contentar a toda costa y utilizando siempre la mano izquierda, porque lo nuestro era reinar desde las sombras, que se hiciera lo que queríamos aparentando hacer lo que quería él. Evitar las discusiones, nunca oponérnosle de frente. Se insistía muchísimo en que había que ganárselo por el estómago, dándole bien de comer (del sexo no se hablaba), y en que, cuando llegaba cansado a casa, debíamos llevarle las zapatillas. El detalle de las zapatillas era una auténtica obsesión.

esther-tusquets  Esther Tusquets. Habíamos ganado la guerra

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Encuentro de Ray Bradbury y Adolfo Bioy Casares

https://vimeo.com/channels/escritores/48087043

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La tumba más hermosa del mundo, Stefan Zweig

«No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi»
 Stefan Zweig
La tumba más hermosa del mundo
No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi. Ese augusto monumento, venerable centro de peregrinación de las generaciones futuras, queda desplazado y solo, sombreado en el bosque. Un sendero estrecho, que discurre sin aparente plan entre claros y maleza, conduce a este túmulo, que no es otra cosa que un pequeño rectángulo amontonado de tierra, que nadie vigila ni ampara, a la sombra única de unos pocos grandes árboles. Y esos árboles descollantes, mecidos suavemente por el viento del temprano otoño, fueron plantados por el mismo León Tolstoi, según me refiere su nieta. Su hermano Nicolás y él habían oído, cuando niños, de boca de alguna ama o aldeana, la antigua conseja de que allí donde se plantan árboles se constituye un lugar de felicidad. Y por eso, jugando, habían hincado por las buenas en la tierra unos cuantos renuevos en determinados lugares y no habían tardado en olvidar este juego de niños. Sólo al cabo de mucho tiempo se acordó Tolstoi de aquella anécdota infantil y del extraño augurio de felicidad, que se presentó de repente al hombre fatigado de la vida como provisto de un significado nuevo y más bello. E inmediatamente expresó su deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles plantados por él mismo.
 tumba-de-tolstoiSe cumplió puntualmente esta voluntad de Tolstoi, y aquel lugar pasó a ser la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo. Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción, y ni siquiera el nombre: “Tolstoi”. El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad. A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes. Pero aquí justamente la irrefutable sencillez proscribe la desatada curiosidad e impone hablar en voz baja. El viento susurra en los árboles que cobijan la tumba del anónimo; el sol juguetea sobre ella; la nieve pone en invierno su tierna nota de blancor sobre la tierra oscura, y se podría transitar por aquí, verano e invierno, sin advertir que ese pequeño rectángulo prominente  acogió en su seno la parte terrena de uno de los hombres más poderosos de nuestro mundo. Mas precisamente ese anonimato conmueve más que todos los mármoles y pompas posibles: de los centenares de personas de hoy, este día excepcional, ha atraído hacia su rincón de descanso, ninguno ha tenido el atrevimiento de tomar como recuerdo ni una sola flor del oscuro túmulo. Nada de este mundo resulta más monumental –eso se experimenta de continuo– que la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo los mármoles de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en la tumba principesca de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster impresionan a su vista una y otra vez las fibras más humanas del hombre como esa conmovedora tumba anónima perdida en el bosque, con su solemne silencio, en la que sólo susurra el viento y que está desprovista de todo aviso y palabra.
Stefan ZweigStefan Zweig
 Hombre, libros y ciudades
(A través de Bulevar literario)
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12 Libros de Eduardo Galeano en pdf y algunos artículos memorables

Libros completos gratis de Eduardo Galeano en pdf  (Descarga gratuita) Recopilación del Prof. Víctor Montero Cam Libros completos: 1. El fútbol a sol y sombra y otros escritos, 74 páginas 2. Las ve…

Origen: 12 Libros gratis de Eduardo Galeano en pdf (Descarga gratuita) y algunos artículos memorables (Actualización al 22/05/15) – Optimizado al 16/08/2015 | Clases Particulares en Lima

eduardo-galeano

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Ángel González. Sobre la poesía y el poeta

A veces un poeta ha dicho todo lo que tenía que decir, no tiene ideas nuevas y se va a repetir, probablemente para peor. Se puede eliminar esta etapa.

La poesía puede ser una forma de salvarse. Sirve para librarse de los problemas personales, para verlos con distancia y sacarlos de uno mismo.

Cuando se está escribiendo un poema con fortuna, o al menos uno lo cree así, sí se produce una emoción intensa, casi erótica.

El poeta es un fingidor, finge lo que siente de verdad…

La poesía, el arte en general, cambia nuestra visión del mundo, nos lo presenta de otra manera, con otra luz. Si cambia nuestra visión del mundo, en cierto modo, muy lejano, lo estamos cambiando.

Los poetas tienden a exagerar su papel en la sociedad. Pero el arte sí es importante, y la poesía es una forma de arte.

Cuando escribo poesía lo hago por necesidad. Tienes algo dentro que quiere salir y formalizarse. También quieres explicarte a ti mismo algo que no entiendes.

angel-gonzalez-2  Ángel González. Poeta

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Un acuerdo secreto entre generaciones

Al igual que el “principio de la esperanza” se asocia con Ernst Bloch, ese que lleva “del yo al nosotros” bien podría ser el principio de John Berger

Origen: Un acuerdo secreto entre generaciones | Babelia | EL PAÍS

Manuel Rivas

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Sobre Kafka

kafka-en-el-sanatorio

Kafka, sentado en primera fila, junto a personal y pacientes del sanatorio Tatranské Matliary, donde estuvo ingresado entre 1920 y 1921.

[…] A primera vista todo parece muy sencillo en la vida de Kafka: apenas se movió más allá de los límites del Imperio —aunque visitó París—; cursó estudios de química y de germanística, luego Derecho, en la Universidad Carolina de Praga; fue abogado, con rango de funcionario imperial, en una compañía de seguros para accidentes de trabajo; le gustaba nadar y remar en el Moldava; se le diagnosticó una tuberculosis en 1917, lo que precipitó su jubilación; tuvo por lo menos seis amantes y se prometió con dos de ellas —Bauer y Julie Wohryzek—; vivió sólo unos meses en compañía de su última amante, Dora Diamant, en el Berlín azotado por la gran inflación de 1923-1924: no publicó en vida, en forma de libro, más que siete pequeñas antologías de relatos; amó a su hermana Ottla posiblemente más que a nadie; visitó raramente la sinagoga de Praga; intentó varias veces independizarse, sin conseguirlo; fue conocido por pocos pero grandes lectores, como Robert Musil; una lectura pública de un relato suyo en Alemania ocasionó que varias damas se desmayaran; nunca se sintió querido por su padre —dueño de una tienda de complementos en Praga, que se abastecía de abanicos españoles en la calle del Carmen, en Barcelona—; le gustaban los perros; admiró el teatro yidis; frecuentó cenáculos intelectuales; pasó largas temporadas en clínicas y sanatorios; admiraba a un tío que vivía en Madrid, y a otro, médico rural; masticaba la comida 70 veces antes de tragársela; y acabó muriendo propiamente de hambre, a causa de la afectación de la laringe de la tuberculosis pulmonar.[…]

jordi-llovet   Jordi Llovet. Babelia

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