La literatura como terapia

Cuando alguien me pregunta cómo empecé a escribir o si he tenido esta vocación toda la vida, siempre respondo con la anécdota que me sucedió a los ocho años y que recuerdo muy vagamente: era una tarde de verano, me enfadé a causa de alguna injusticia resuelta a lo salomónico por los adultos y, sintiéndome […]

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Cesare Pavese y el silencio

juan-tallon-fin-de-poemaA Cesare le gusta el silencio de las mañanas, incluso los sonidos que rodean el silencio, como el de las canciones o el café al inundar la taza, o el de la taza al posarse en la mesa, o el de la cuerda al correr el tendero, o el de la garganta al abrir paso al café, o el de una pinza de la ropa al caer a la calle. La música de los objetos en la maniobra de hacer vida normal e invisible le provoca cierta relajación. Pero conviene tener cuidado con el silencio: es un vicio. Si por cualquier motivo se acumula demasiado, acaba apoderándose de uno y ya nunca más es posible interrumpirlo. Urde un muro que ningún discurso franquea. A veces, cuando ha querido romperlo para atajar una mentira o una estupidez, ha sido incapaz. El silencio tiende a la dureza.

  Juan Tallón. Fin de poema

 

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Poesía y prosa completa de Arthur Rimbaud. (Descarga)

Descarga el libro: Obra Completa – Prosa y Poesia de Arthur Rimbaud

Origen: Libro 25: Poesía y prosa completa de Arthur Rimbaud – somoslxspiratas

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John Berger y la escritura

Escribo cada página tres o cuatro veces, cambiando palabras para intentar llegar a la precisión de la lógica y el pensamiento que el lector puede agarrar. Porque vivimos en un mundo rodeado de palabras, bla, bla, bla… Si alguien quiere saber qué he dicho de cada cosa, que vaya a los libros.

Cuando escribo un libro imagino una obra en construcción, llena de constructores, personas a las que estoy leyendo, de mis amigos. Para cada libro, la obra es diferente. Allí trabajamos tal vez durante años, y luego si en esa zona de obras aparece un edificio ya estoy solo yo en ese edificio, y salgo de él y simplemente me siento como un superviviente.

[…] porque yo no entiendo la ficción como categoría. Si quieres contar una historia no te vas a una categoría llamada ficción. Lo que haces es escuchar a la gente. El contador de historias es ante todo uno que escucha. Y lo que busca son historias que cuentan los demás, normalmente sobre su vida o sobre la vida de sus amigos. Para mí de eso va el contar historias, no la ficción.

[Cuando comienzo a escribir] Me vuelvo consciente de que hay algo que necesita ser dicho. Puede ser algo grande sobre el mundo, o algo sobre el aspecto de una flor en un jarro, por alguna razón o por otra. A veces me digo: quizá lo diga otro. Y a veces la respuesta es: no, si no lo dices no será dicha. Y entonces tengo que escribir.

john-berger  John Berger

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El estupor cultural

Muchos jóvenes muestran un rechazo primario a los libros y a la lectura. No es una enfermedad, pero a la larga puede ser una peste.

Origen: El estupor cultural | Columnas | EL PAÍS Semanal

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Último verano

Tenía tres años más que yo y también me superaba en asombros.

De ingenio ágil, esbelta y con melenas rizadas, su movimiento casi continuo nos incitaba a vivir. La veíamos ascender una cuesta y al poco rato descendía impetuosa por una ladera. […]

[…] A pesar de su juventud, mi hermana poseía intuiciones antiguas. Como el animal que no se equivoca de espacio y desentierra el alimento sepultado en horas de abundancia, sabía dónde buscarme las palabras. Seleccionó las líneas para desadormecer. Los domingos antes de irse a sus distracciones de adolescente, dejaba a mi alcance las lecturas que había seleccionado: Francisco de Quevedo, James Joyce, Vicente Aleixandre, Octavio Paz.

El tiempo restante fue para la euforia  y las oscuridades del fondo. Me trajo con puntualidad su provisión de inquietudes, pero por seguir su modelo luminoso lancé al aire un puñado de larvas que había arrancado de los textos de Lautréamont.

Era aún veinteañera  cuando la enfermedad le redujo la alegría y el peso. Permanecía en silencio, y entre nosotros de adensó la niebla de los parajes donde ella rastreaba las palabras. Como si las frases hubieran igualmente adelgazado o perdido sus adherencias de gozo y misterio, dejamos de hablar.

En el último verano compartido, probó una postura. Nosotros nos agachamos para imitar su muerte recogida en el hueco de las palabras vaciadas.

Cuando pienso en ella, palpo un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo.

Irazoki  

Francisco Javier Irazoki. Orquesta de desaparecidos. Hiperión

 

 

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“Tienes que leer a John Cheever”, me dijo

[…] Tenía veintitantos años cuando lo leí por primera vez. Lo conocía, claro, pero en aquella época mis lecturas de literatura norteamericana iban por otro lado: Poe, Melville, Faulkner, DeLillo, Auster. Hasta que un día conocí a una chica, gran lectora, de quien enseguida me hice amigo.“Tienes que leer a Cheever”, me dijo […]

Origen: “Tienes que leer a John Cheever”, me dijo | Lecturas Sumergidas

Por Javier Morales Ortiz

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Álbum de Bibliotecas en construcción, LXIII

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Biblioteca de la duquesa Ana Amalia. Alemania

 

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Biblioteca árbol. Berlín

 

 

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Cartas desde el Hospital en Marsella de Arthur RIMBAUD

Internado en el Hospital de la Concepción (Marsella), en mayo de 1891 Rimbaud se encontraba reducido a un mero esqueleto y a una enfermedad (que resultaría terminal) en la pierna derecha. Se tratab…

Origen: Cartas desde el Hospital en Marsella – de Arthur RIMBAUD

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Slawomir Mrozek: «Revolución»

REVOLUCIÓN

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa.

Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.

Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.

Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.

Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.

La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida.

Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedo más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.

Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo… Ah, si no fuera por ese «cierto tiempo». Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario.

Era necesario llevar a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.

Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.

Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez «cierto tiempo» también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no sólo no llegué a acostumbrarme al cambio—es decir, el cambio seguía siendo un cambio—, sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.

De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama.

Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.

Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.

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Slawomir Mrozek (Polonia, 1930). “Revolución”, en La vida difícil.

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