Premios Nobel de literatura firman contra la política antiinmigrantes de Trump

65 escritores y artistas piden al presidente de EE UU que deponga su veto a ciudadanos de siete países musulmanes

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El poema, el poeta y el lector

Joan Margarit

El narrador-personaje funciona en la novela, no en la poesía. En el poema manda el poeta y el lector. Si menciono mi infancia quiero aludir también a la infancia del lector, sin caer, por supuesto, en el tópico. De ahí el mérito del poema: no confundir tu visión propia con la universal.

Joan Margarit 

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Mi Hemingway personal, Gabriel García Márquez

Avatar de calledelorcoCalle del Orco

Hemingway y Mary Welsh

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary WeIsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir. Por una fracción de segundo -como…

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Álbum de librerías incompleto,61

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Daunt Books. Londres

 

 

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Dispensador de libros

 

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10 libros de poetas jóvenes españoles que debes leer

Desde las alcantarillas de la literatura hemos elaborado una lista con diez de los libros que más nos han gustado este 2016 de poetas jóvenes españoles.

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Leer no es pasar páginas

Ayala-Dip[…] no Benet ni Proust escribieron para los que leer es pasar páginas. . Una cuestión es el tiempo que se tarda en leer un libro y otra muy distinta es el tempo del libro. Aquí la escritura tiene una importancia capital en algunos novelistas, porque todo lo que pasa en ella -el tiempo, el espacio, los personajes, la historia- es la propia escritura.

J. Ernesto Ayala-Dip

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Diez peliculones de novela

Desde aquel espectáculo de barraca y tren espantando público, el cine ha buscado inspiración en la literatura. Tal y como expone Pere Gimferrer en el canónico Cine y literatura, los primitivos de la cámara fijaron su modelo en el teatro, en la traslación del espacio escénico al encuadre cinematográfico. Tuvieron que […]

Origen: Diez peliculones de novela – Jot Down Cultural Magazine

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Lecturas: «La ley del menor», de Ian McEwan

Se ha hecho mayor, qué duda cabe. En los años setenta, Ian McEwan era el joven rebelde que escandalizaba a la impertérrita literatura inglesa con su debut «Primer amor, últimos ritos», esa colección de ficciones sobre psicópatas e incestos. Con el tiempo, se disfrazó de amante demente en «Amor perdurable», sacó de paseo a los sabuesos violadores de «Los perros negros» y se pasó 30 páginas descuartizando un cadáver para «El inocente». Una perita en dulce, vaya.

Pero quien busque a ese obseso del morbo y la lascivia, no lo encontrará en «La ley del menor». El Ian McEwan de hoy es un elegante caballero que reflexiona sin amenazar, sentado en un sillón de su club, con un escocés en la mesita.

ian-mcewan-la-ley-del-menorLa protagonista de esta historia, la jueza de familia Fiona Maye, no vive entre psicóticos peligrosos, sino entre sesudos códigos legales. No atiende casos penales, sino conflictos interculturales. Y su principal problema íntimo es precisamente la ausencia de intimidad. O, ya puestos, de cualquier emoción. Fiona está a punto de llegar a los 60 y dedica toda su energía a su trabajo. No ha tenido hijos. Su matrimonio naufraga en la rutina. Al comenzar la novela, su esposo le anuncia que desea tener una aventura con una jovencita, porque ya no puede más de aburrimiento.

La Razón siempre ha obsesionado a McEwan. Prefiere de protagonistas a intelectuales capaces de poner orden en el caos de la biología cerebral («Sábado»), el medio ambiente («Solar») o las intrigas políticas («Operación Dulce»), tipos brillantes y esclavos de su propia inteligencia. Fiona Maye mantiene la línea. En su historia, la Razón se enfrenta a la Fe.

Mientras su matrimonio se hunde, el juzgado de Fiona recibe el caso de un adolescente testigo de Jehová que padece leucemia y necesita una transfusión urgente. Pero el chico, debido a sus creencias religiosas, se niega a recibir la sangre. Le toca a la jueza decidir si los médicos deben inyectarle la vida contra su voluntad, es decir, si una persona tiene derecho a morir por sus convicciones o si el Estado puede forzarla a actuar racionalmente.

Como un veneno, a lo largo de su carrera, los temas de McEwan han ido atravesando la epidermis y acercándose al cerebro. Lo mismo ha ocurrido con su prosa. Ciertamente, a este autor nunca le ha interesado la pirotecnia. No le atrae el divertido virtuosismo de su compañero de generación Martin Amis, capaz de colocar 12 seudónimos de “pene” en la misma frase. Tampoco tiene la imaginación de Kazuo Ishiguro, que se mueve con la misma soltura en la ciencia ficción o en un cuento de hadas. Lo de McEwan siempre ha sido realismo directo y austero, sin experimentos. Aun así, en sus primeros trabajos, McEwan ponía el acento en la tensión narrativa. Algo terrible siempre estaba a punto de ocurrir. Alguien iba a sacar una navaja para cortarle las bragas a alguien. En cambio, conforme se adentra en el siglo XXI, su estilo va regresando al XIX.

La escritura de «La ley del menor» consiste en una larga enumeración de detalles sobre la Administración de justicia en Reino Unido, la habitación del hospital, el mueble bar de Fiona o los horarios de los funcionarios. La exposición puede volverse exasperante, quizá porque McEwan trata de hacernos vestir el traje gris de su protagonista, o quizá simplemente porque ya no le interesa escandalizar. Se ha jubilado como provocador para asumir el papel de conciencia moral de su sociedad, igual que uno deja de ser un alegre soltero y empieza a llenar la declaración de la renta.

Y sin embargo, aunque ya no lleve un cuchillo entre los dientes, McEwan se mantiene fiel a sus esencias. Si en el siglo XX el tabú era el sexo o la historia oculta de Occidente, hoy el tabú es la Fe: esa pulsión ilógica que hace a la gente actuar de modo extraño… O poner bombas.

La Europa de hoy es Fiona Maye, esa funcionaria racional que cumple todas las normas, pero se siente insatisfecha consigo misma, se enfrenta a gente que no entiende y se pregunta si sus herramientas conceptuales bastarán para sobrevivir. Con su historia, Ian McEwan vuelve a meter el dedo en la llaga y retiene el título de gran explorador de nuestros miedos.

Santiago Roncagliolo. Babelia


 

Textos

Al otro lado de la ciudad un joven afrontaba la muerte a causa de sus creencias o las de sus padres. A ella no le competía ni era su misión salvarle, sino decidir lo que era razonable y legal. Le habría gustado ver al chico, liberarse durante una o dos horas de una ciénaga doméstica, y también de la sala del juzgado, ponerse en camino, sumergirse en las complejidades, formarse una opinión por medio de la observación directa. Las convicciones de los padres podrían ser una afirmación de las de su hijo o una sentencia de muerte que él no se atrevía a desafiar. En los tiempos que corrían, averiguar algo por una misma era sumamente inusual.

[…]

El chico tenía una cara larga y flaca, macabramente pálida, pero hermosa, con medias lunas de moretones violáceos, que delicadamente se desvanecían hacia el blanco por debajo de los ojos, y unos labios llenos que a la luz intensa también se veían algo morados. Los ojos, enormes, parecían de una tonalidad violeta. Tenía una peca en lo alto de una mejilla, de un aspecto tan artificial como un lunar pintado. Era de constitución frágil, los brazos le sobresalían como palos de la bata hospitalaria. Hablaba jadeando, con seriedad, y en aquellos primeros segundos Fiona no entendió nada de lo que decía. Luego, cuando la puerta giró hasta cerrarse tras ella con un suspiro neumático, captó que le estaba diciendo que era muy extraño, que había sabido en todo momento que ella le visitaría, que creía tener ese don, esa intuición del futuro, que había leído en los estudios religiosos de la escuela un poema que decía que el futuro, el presente y el pasado eran todo uno, y esto también lo decía la Biblia. Su profesor de química decía que la relatividad demostraba que el tiempo era una ilusión. Y si Dios, la poesía y la ciencia decían lo mismo, tenía que ser verdad, ¿no le parecía a ella?

[…]

Tenía la impresión, aunque los hechos no lo confirmaron, de que a finales del verano de 2012 las rupturas y los sinsabores de matrimonios y parejas crecieron en Gran Bretaña como una monstruosa marea de primavera que barrió hogares enteros, dispersó posesiones y sueños optimistas y ahogó a los que no tenían un poderoso instinto de supervivencia. Promesas de amor fueron desmentidas o reescritas, compañeros antaño benévolos se convirtieron en taimados contendientes que se agazapaban detrás de un abogado, sin reparar en gastos. Objetos domésticos en otro tiempo menospreciados fueron disputados acerbamente, una confianza antes natural fue sustituida por «arreglos» meticulosamente redactados. En la mente de los protagonistas, la historia del matrimonio fue escrita de nuevo como un estado que siempre había sido un fracaso y el amor pasó a ser un espejismo. ¿Y los hijos? Naipes de un juego, fichas de negociación utilizadas por las madres, sujetos de negligencia económica o emocional por parte de los padres; el pretexto para acusaciones de malos tratos reales, imaginados o cínicamente inventados, normalmente por las madres, en ocasiones por los padres; niños aturdidos que iban y venían cada semana de una casa a otra en virtud de acuerdos entre progenitores, abrigos olvidados en algún sitio o plumieres estentóreamente esgrimidos por un abogado a otro; niños condenados a ver a sus padres una o dos veces al mes; o nunca, ya que los hombres más resueltos desaparecían en la forja de un matrimonio cálido y nuevo para engendrar una nueva prole.

¿Y el dinero? Ahora las monedas acuñadas eran verdaderas a medias y a medias puras argucias. Maridos rapaces contra mujeres codiciosas que maniobraban ambos como países al final de una guerra, llevándose de las ruinas los despojos que podían antes de la retirada definitiva. Hombres que ocultaban sus ingresos en cuentas del extranjero; mujeres que reclamaban una vida tranquila para siempre. Madres que impedían a sus hijos que vieran a su padre, a pesar de las órdenes judiciales; maridos que pegaban a su mujer y a sus hijos, esposas que mentían, rencorosas, un cónyuge o el otro, o los dos, borrachos, o drogadictos, o psicóticos; y otra vez niños, forzados a cuidar de padres incompetentes, niños que habían sufrido auténticos abusos, sexuales, mentales o ambos, y cuyo testimonio se transmitía en la pantalla al tribunal.

Ian McEwan  Ian McEwan. La ley del menor

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Cuaderno de poemas. Cristina Morano

Matilde y yo sacamos el pesado
macetón de jazmín de su casa
para ponerlo en mi balcón,
luego rozó las flores con los dedos
y se marchó camino de la clínica
para operarse a corazón abierto.
Volvió,
pero no quiso que le devolviera
el jazminero.
En el gesto de trabajar conmigo,
mano a mano, cifraba un mensaje
 de despedida:
usa el tiempo para poner algo
a salvo, y que el perfume
continúe en la noche de los otros.

cristina-morano  Cristina Morano

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Raymond Chandler, el hombre de los largos adioses

Nació en Chicago en 1888. A la edad de treinta y seis años, después de la muerte de su madre, se casó con Pearl Cecily Bowen, llamada «Cissy», quien contaba en su haber con cincuenta y cuatro años y dos divorcios. Podía parecer otra madre y lo fue. Durante treinta años, diez meses y dos días la amó con tanta devoción que, cuando murió en 1954, lo dejó sumido en un inmenso vacío, esta vez inconsolable. Philip Marlowe, el héroe de sus novelas, asegura que «el sistema para decir adiós a un policía aún no se ha inventado», pero aquel día en cambio recordó que el sistema para despedir a la raymond-chandlervida sí estaba inventado, en cierto modo. Pudo ser breve pero, en cambio, fue un largo adiós. Primero intentó el suicidio más torpe que se recuerde. El hombre que había armado la mano de Marlowe con una esbelta Luger, un cronométrico Colt automático y un infalible Smith & Wesson 38 special, preparó el arma con cuidado, la cargó, se apuntó a la sien, clic, y falló el tiro. Después, infeliz, se dejó aturdir por cócteles mortales: de whisky y láudano, e incluso de ron y licores dulces, que Marlowe hubiera rechazado desdeñosamente. En 1959 empezó lentamente su última novela: su detective, siempre soltero, estaba a punto de hacerse nada menos que con una esposa, cuando el 26 de marzo la vida, misericordiosa o sencillamente cansada de esperar, le dijo adiós a él.

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos 

Eugenio Baroncelli. Doscientas sesenta y siete vidas en dos o tres gestos

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