Georges Bataille: Sobre la poesía

georges bataille

La poesía lleva al mismo punto que todas las formas del erotismo: a la indistinción, a la confusión de objetos distintos. Nos conduce hacia la eternidad, nos conduce hacia la muerte y, por medio de la muerte, a la continuidad: la poesía es la eternidad. Es la mar, que se fue con el sol.

Georges Bataille

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Cuaderno de poemas. Pedro Salinas

Texto de Salinas

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Álbum de librerías incompleto, 67

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid 1

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid 2

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid 3

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid 4

Librería Cervantes y Compañía. Barrio de Malasaña. Madrid 5

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Cartografía poética de Cavafis en España

Se dice que,  cuando Cavafis dejaba su casa para ir al Hospital Griego de Alejandría donde iba a ser tratado de un cáncer de laringe, una amiga le preparó una pequeña  maleta con sus efectos personales. El poeta rompió a llorar en cuanto la vio, podemos pensar que por temor a la muerte. De hecho, no saldría ya del hospital. Pero no fue esa la causa […]

Origen: La Galla Ciencia: HOY FIRMA: JUAN LOZANO. «CARTOGRAFÍA POÉTICA DE CAVAFIS EN ESPAÑA».

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La otra margen

Saramago1

Hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa.

José Saramago

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Silencioso Juan Rulfo

Fue en junio de 1979 en el Congreso de Escritores en Lengua Española de Las Palmas de Gran Canaria. Fue un congreso muy divertido y excepcional. Había muchos escritores que ya son hoy grandes nombres, pero entonces los santones eran Juan Carlos Onetti, con quien volví en el avión a Madrid, y Juan Rulfo. Ambos eran […]

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Clarice Lispector: «No era más una niña con un libro, era una mujer con su amante».

Felicidad clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicio» y «recuerdos».
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. No era más una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector 1  Clarice Lispector

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Descargas: Poesía completa de Charles Baudelaire

Descarga el libro: Poesia completa – Charles Baudelaire

Origen: Libro 24: Poesía completa de Charles Baudelaire – somoslxspiratas

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Colección de citas literarias X

Ezra Pound

En el verso algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El hecho poético preexiste.

Ezra Loomis Pound

 

 

 

emil-cioran

 

No son los pesimistas, sino los decepcionados, los que escriben bien.

Emil Cioran

 

 

 

George Bernard Shaw

 

Los poetas hablan consigo mismo en voz alta. Y el mundo los oye por casualidad.

Bernard Shaw

 

 

Roberto Fontanarrosa

 

Cuando alcancé la sabiduría, ella me miró y dijo: «Ya me alcanza cualquiera»

Roberto Fontanarrosa

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Carrère, Dios, Houellebecq

Yo tenía unos diecisiete años, estaba en clase de filosofía, y mi profesor habló y dijo: «Dios no es una pulga». La frase me sacudió. De repente, Dios era algo, y no algo mísero, pequeño y prescindible, sino algo importante. Esa frase —irónica, pero no con Dios, sino con todos los alumnos que había en el aula— cogía todavía más fuerza en boca de mi profesor, ateo, de izquierdas, autor de varios libros sobre Nietzsche […]

Origen: Carrère, Dios, Houellebecq – Jot Down Cultural Magazine

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