Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.
Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

(Álvaro de Campos, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa)
Yo escribo para contar una buena historia. Si quiero enviar un mensaje, escribo en la prensa. La historia es el mensaje. La felicidad, contradicción y heterogeneidad de la realidad. La principal lección que me enseñó la escritura es que cualquiera puede ser otro. Un hombre podía haber sido mujer y, si yo hubiera nacido un kilómetro al norte de donde estamos, habría nacido palestino.
Marcel Proust
Joan Margarit



Mi padre, que en otros tiempos había creído en tantas y tantas cosas para acabar desconfiando de todas ellas, me dejaba una única y definitiva fe : la de creer en una ficción que se sabe como ficción, saber que no existe nada más y que la exquisita verdad consiste en ser consciente de que se trata de un ficción y, sabiéndolo, creer en ella.