Mario Benedetti. «No te salves»

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¿Hacia donde va la novela?

Milena Busquets

Hoy las novelas se están contando en la tele. En literatura, creo que en este momento la gente quiere verdad, realidad. Quiere que lo que les cuentas hayas ido a buscarlo en tu interior. Que te arriesgues. No me lo he inventado yo. Veo que este noruego [K. O. Knausgård] va hacia allí. También Delphine de Vigan o Emmanuel Carrère…

Milena Busquets

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Carta de Albert Einstein a su hija Lieserl

Albert Einstein nunca conoció a su hija Lieserl, quien fue concebida con Mileva Maric, una de las compañeras de estudio del científico en aquella época (1900) y fuera del matrimonio. La carta fue escrita para su hija Lieserl:

Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo.

 Te pido aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación.

 Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR.

 Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas.

 El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. 

 El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor. Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo.

 Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E=mc² aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.

 Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta.

 Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada.

 Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.

 Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti he llegado a la última respuesta!.

 Tu padre

 Albert Einstein   Albert Einstein

(A través de: Eres Inteligente.com)

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Álbum de Bibliotecas en construcción, LXXIX

A.D.White Reading Room, en la Cornell University de New York

 

«A.D.White Reading Room», en la «Cornell University» de New York

 

 

Biblioteca ambulante en Budapest

 

Biblioteca ambulante en Budapest

 

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Antonio Martínez Sarrión. A los libros de mi biblioteca

Durarán más que tú,

pero nadie

posará con más gusto su mirada,

aspirará su olor a papel viejo

preferible al perfume más sutil,

recorrerá sus lomos,

los abrirá con igual mimo,

descubriendo tesoros olvidados,

textos, recortes que los complementan,

volviendo a colocarlos con amor

en el sitio cabal, para encontrarlos

–milicia silenciosa y no violenta—

no en más de tres minutos.

Habrá de pasar tiempo, dejadme imaginarlo,

hasta que se acostumbren a otras manos:

ojalá no sean ásperas con ellos. 

Martínez Sarrión  Antonio Martínez Sarrión

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Lecturas: «Enviada especial», de Jean Echenoz

En el arranque de la delirante «Rubias peligrosas» (1995) sonaban las campanas de Nuestra Señora de los Rehenes, y suenan al principio de su última novela las de Notre-Dame-des-Otages, esto es, de Nuestra Señora de los Rehenes. ¿Casualidad? En absoluto, más bien otra prueba incontestable de que el Echenoz gamberro de sus inicios, concluida su tetralogía biográfica sobre Ravel («Ravel», 2006), Zatopek («Correr», 2008) y Tesla («Relámpagos», 2010), detalles del grandioso fresco del siglo XX, ha decidido regresar al jolgorio de la parodia y al juego cómico con el género negro y de espías y las convenciones de la ficción de aventuras, su terreno predilecto desde «El meridiano de Greenwich» (1979), «Lago» (1989) o «La aventura malaya» (1986), la novela con la que «Enviada especial» tenga más afinidades.

Jean Echenoz. Enviada especialCon todo, el tiempo no pasa en balde, y el ritmo de esta última novela no es ya tan trepidante, sus descripciones marca de la casa no necesitan tantos excipientes, y se permite el autor breves digresiones críticas sobre nuestro cínico mundo global y banal. Si aquellas primeras novelas eran literatura de género, ésta es literatura con género.

Secuestran a la bella Constance en una calle de París para que lleve a cabo una operación que consiste, literalmente, en desestabilizar Corea del Norte. No es una operación dulce. Más bien es el delirio, el absurdo. Un general tan raído como la butaca en la que se sienta y un puñado de mercachifles estrafalarios actúan en esta deliciosa comedia de enredo con hechuras de novela de espías. Greene o Le Carré lo llamarían a capítulo, pero sus lectores lo llaman maestro porque les hace reír un escritor realmente serio, comprometido con su oficio y con un mundo que no le gusta y tal vez por eso lo deforma a través del espejo cóncavo del bendito humor, tan desprestigiado en la narrativa contemporánea.

El narrador de Echenoz es autoconsciente y disfruta contemplándose mover los hilos de su propio relato. “Nos centraremos ahora en el marido de Constance, si no les importa”. Esos impagables guiños metaficcionales que ponen la tramoya al descubierto y los apóstrofes al lector, que teatralizan el relato y distorsionan los personajes, resultan fundamentales para que el lector advierta hasta qué punto Echenoz se siente cómodo jugando a escribir una novela de espías de pega. “Cenó sola en la habitación y zapeó hasta dar con TV5 Monde: Nuestro invitado esta noche es Pierre Michon. Una pregunta que me parece fundamental: el estilo ¿suscita la palabra o es su consecuencia?”. Una caricatura de la crítica literaria a costa de su colega y coetáneo Michon. Y la complicidad con ese cine de género de «vamps» y espías, de esbirros y dictadores en su rol de malos de película mala. Y su humor sobrio: un Biscuit en forma de perro o el despótico régimen de Kim Jong-un visto como un montaje de «Hamlet».

Alguien podría recriminarle a Echenoz que no se toma aquí nada en serio; pero el caso es que en estos tiempos ridículos lo más serio que puede uno hacer es tomarse el mundo en broma. Y para hacerlo, esta máquina ficcional, como a Echenoz le gusta denominar sus novelas, resulta sumamente apropiada. Todo en ella es rocambolesco (pero no tanto como la realidad, que es más falsa que Judas).

Javier Aparicio Maydeu. Babelia


 

Textos

Quiero una mujer, profirió el general. Lo que necesito es una mujer, desde luego. No es usted el único que se halla en esa situación, le sonrió Paul Objat. Ahórreme sus reflexiones, Objat, se crispó el general, no quiero bromas al respecto. Un poco de compostura, santo Dios. La sonrisa de Objat se eclipsó: Le ruego que me disculpe, mi general. No se hable más, dijo el oficial, meditemos.

[…]

El individuo de edad madura es el hombre con la frente ornada con una mancha de vino en forma de Nueva Guinea que ya vimos en la rue de Pali-Kao y aquí mismo más recientemente. Parece preocupado, huraño, su humor refunfuñante ahonda una arruga vertical en su mancha de nacimiento, plasmando la frontera que separa en los mapas de esa isla, en punteado como es costumbre, las provincias indonesias orientales de Papuasia Nueva Guinea propiamente hablando. 

[…]

El comienzo, pues, ha sido malo, permanecen sentados en el despacho el uno frente al otro, sin abrir la boca, siguen así un rato más, la cosa se eterniza sin resultado, se empantana y bueno, me voy ya, dice el letrista consultando el reloj. Lo cual no deja de ser un alivio para Tausk: ¿Nos vemos mañana por la mañana en el estudio? Claro, dice Pélestor. Habida cuenta de que Tausk no se hace cargo de su regreso en taxi, Pélestor camina hasta la estación de metro Rome. Sigámoslo. Camina mirándose los pies como de costumbre, un poco de lo que hay alrededor y todo lo que ve le consterna. Un naipe perdido, por ejemplo, solo detrás del quiosco de periódicos de la place Prosper-Goubaux. Parece una insignificancia a primera vista, lo que no quita para que arruine la carrera y el futuro de una cincuentena de naipes más, que lo lloran si no lo maldicen, incapaces ya de servir para nada, encontrándose sin empleo y cuya suerte entristece a Pélestor. Luego, las piernas de una mujer que pasa. Olvidamos con demasiada frecuencia que las piernas de las mujeres les sirven también para andar: en nuestro empeño por considerarlas exclusivamente objetos artísticos, dejamos de lado su uso funcional. Pero, descubiertas y poco agraciadas, las que está viendo Pélestor no lejos de sus propios pies plantean un problema real: si las feas sólo sirven ya para el ejercicio de la marcha, ¿qué necesidad hay de enseñarlas? Ese pensamiento le consterna, y, aún más, la idea culpable de haberlo concebido le atribula, le oprime sobremanera. Para mitigar ese fenómeno, extrae del bolsillo una caja de cápsulas tranquilizantes, se dispone a abrirla, pero. Pero a ese respecto, a Pélestor le gustaría que le explicasen por qué, cuando abre una caja nueva de medicamentos, lo hace siempre del lado malo: el del prospecto con las instrucciones doblado sobre las píldoras, comprimidos o cápsulas y que los obstruye, de tal modo que Pélestor debe cada vez cerrar la caja para volver a abrirla por el otro lado, donde la dosis resulta accesible. Ese fenómeno parece inevitable, del mismo modo que una rebanada de pan cae siempre por el lado de la mermelada, por obra de una maldición que perdura aun después de abrir por primera vez la caja: cada vez que se echa mano de ella, siempre aparece el prospecto, el prospecto y otra vez el prospecto. La solución sería deshacerse del jodido prospecto, mayormente porque Pélestor se lo sabe de memoria y no le es de ninguna utilidad, pero vete a saber.

[…]

Al anochecer, antes del banquete, el líder supremo en persona apareció al son de la canción «Du même pas», escrita en su honor por el compositor Ri Jong-o, que suscitó al instante una profunda y unánime reverencia. Rollizo y barrigudo, gruesa cara rubicunda oval homotética con un grueso busto oval –huevo de pata sobre huevo de avestruz sin conexión que los una–, avanzaba con aire obcecado, afectado, compensando su breve estatura, como su querido líder padre, con espesas calzas sobre las que caminaba balanceando los brazos lejos del cuerpo. Constance se enteraría más adelante de que cultivaba su parecido con su abuelo líder eterno, reproduciendo sus gestos, su andar, sus mímicas, sus trajes y su corte de pelo rasurado en las sienes, esponjado detrás y con la raya en medio. Se murmuraba incluso, pero tantas cosas se murmuran bajo el cielo, que no menos de seis intervenciones quirúrgicas habían acentuado ese mimetismo. Había acudido con su esposa ex animadora del equipo nacional de atletismo, ex popstar muy conocida por sus éxitos «Adoro Pyongyang» y «Somos las tropas del Partido», afable aspecto de muñeca lozana pero apariencia no tan grata con su conjunto de tonos verde espinaca y botella. Acompañaba también al supremo su hermana pequeña, recientemente elevada a la cabeza del departamento de la dirección y de la organización del Comité Central tras haber dirigido el mefítico buró 54 en el Partido del Trabajo, encargado de cosechar divisas extranjeras por cualquier medio. Tegumento diáfano y figura oblonga, vestida con un traje sastre oscuro, la hermana tampoco estaba mal. Constance recordó haberla visto en los carteles de propaganda, cabalgando un semental turkmeno blanco de ojos azules –considerado por algunos el caballo más hermoso del mundo–, pues la familia Kim gustaba siempre de mostrar su afición a la equitación, ya que se suponía que el pueblo la identificaba más o menos conscientemente con una dinastía de centauros.

Echenoz  Juan Echenoz. Enviado especial. Anagrama

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El hotel de los 50.000 libros

The Literary Man se encuentra en Óbidos, una localidad portuguesa declarada ciudad literaria

Origen: El hotel de los 50.000 libros

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Reflexiones. Zygmunt Bauman

zygmunt-bauman

Al huir de la soledad, se pierde la oportunidad de disfrutar del aislamiento, ese sublime estado en el que es posible «evocar pensamientos», sopesar, reflexionar, crear y, en definitiva, atribuir sentido y sustancia a la comunicación. Pero entonces, al no haber paladeado su sabor, uno nunca sabrá lo que se ha perdido, la ocasión que ha dejado pasar.

Zygmunt Bauman

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Descargas: Federico García Lorca – Poesía completa

Literatura, Filosofía ,Arte, Descarga libros. Audiotextos, poesía

Origen: Federico García Lorca – Poesía completa

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Ven a vivir conmigo

Alejandra Pizarnik

Ven a vivir conmigo. Tendremos todos los libros de poesía que existen en el mundo. Toda la música. Todos los alcoholes que arden en los ojos y corroen el odio. Nos embriagaremos hasta oscilar como seres de una materia fosforescente, y diremos tantos poemas que nuestras lenguas se incendiarán como rosas.

Alejandra Pizarnik

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