Los libros de cabecera del bibliotecario de Babel

Un volumen muestra por primera vez las joyas de la biblioteca personal de Jorge Luis Borges

Es una maravillosa primera edición en inglés de Los siete pilares de la sabiduría,de T. E Lawrence, Lawrence de Arabia, con dos sables cruzados en la portada y en el medio de ellos la inquietante frase de puño del autor «The sword also means clean-ness+death» (la espada significa también muerte limpia). El volumen incluye mapas con los ataques del emir Dinamita al ferrocarril de Damasco […]

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Escribir ficción, Arundhati Roy

Arundhati Roy

Cuando escribo ficción intento crear un universo y para eso necesito tiempo. La ficción crea un universo que no conoces. Ni siquiera sabes lo que pasa en él. La novela no es un producto fácil, presentas a los personajes y tienes que andar con ellos, entenderlos.

Arundhati Roy

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Conversaciones con Juan Rulfo

Hace 50 años, el domingo 17 de marzo de 1968, la lingüista, ensayista y estudiosa de la literatura María Josefina Tejera publicó la entrevista que le hizo a Juan Rulfo. Para entonces, Rulfo era un escritor reconocido dentro y fuera de su país, por su novela “Pedro Páramo”. Hoy la traemos de nuestro archivo, a propósito de los 75 años del Papel Literario

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Lecturas: «4 3 2 1», de Paul Auster

Cuando, se publicó Una y otra vez, de Kate Atkinson, en 2013, causó una impresión de novedad, de ser una novela histórica salvajemente imaginativa, en la que el personaje principal muere repetidas veces para acabar resucitando en circunstancias distintas. La historia vuelve sobre sí misma como un videojuego, lo cual da a la protagonista otra oportunidad de que las cosas salgan bien, o al menos, de explorar avenidas de posibilidad alternativas. Se trata de un estimulante experimento que libera tanto a la autora como al lector de la implacable lógica lineal de la narrativa realista, al tiempo que plantea intrigantes preguntas sobre el destino, la identidad y el poder de los individuos para controlar su propia vida.

Paul Auster (Newark, 1947) se aventura en un territorio similar en 4 3 2 1, una épica novela de aprendizaje que ofrece al lector cuatro versiones de los años de formación de Archie Ferguson […]

Origen: 4 3 2 1

Paul Auster. 4 3 2 1


 

‘4321’, de Paul Auster: Paul Auster: “No estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribir otra novela”

Origen: ‘4321’, de Paul Auster: Paul Auster: “No estoy seguro de tener la fuerza necesaria para escribir otra novela” | Babelia | EL PAÍS


 

Textos

Su madre se llamaba Rose, y cuando fuera lo bastante mayor para atarse los zapatos y dejar de hacerse pis en la cama, pensaba casarse con ella. Ferguson sabía que Rose ya estaba casada con su padre, pero su padre era viejo y no tardaría mucho en morirse. Una vez que pasara eso, Ferguson se casaría con su madre, cuyo marido a partir de entonces se llamaría Archie, no Stanley. Se pondría triste cuando su padre muriese, pero no mucho, no lo suficiente como para derramar lágrimas. Llorar era de niños pequeños, y él ya no era pequeño. Había momentos en que aún se le saltaban las lágrimas, claro está, pero sólo cuando se caía y se hacía daño, y hacerse daño no contaba.

En aquel momento de su viaje por la vida, Ferguson aún aguardaba su primer beso, el primer beso de una chica, un beso de verdad en contraposición a los besos fraudulentos de madres, abuelas y primas hermanas, un beso ardiente, erótico, que fuese más allá de poner simplemente los labios sobre otros labios, un beso que lo transportara por los aires a un territorio hasta entonces desconocido. Estaba preparado para aquel beso, llevaba pensando en él desde antes de su cumpleaños, Howard Small y él habían discutido el asunto repetidas veces y en profundidad a lo largo de los últimos meses, y ahora que Gloria Dolan y él intercambiaban sonrisas secretas en clase, Ferguson decidió que Gloria debía ser la primera, porque todas las señales apuntaban al hecho inevitable de que iba a ser la primera, y así fue como, un viernes por la noche a finales de abril, en el curso de una reunión en casa de Peggy Goldstein en Merrywood Drive, Ferguson condujo a Gloria al jardín trasero y la besó, y como ella le devolvió el beso, siguieron besándose durante un buen rato, mucho más tiempo del que él había imaginado, quizá diez o doce minutos, y cuando Gloria le deslizó la lengua por el interior de la boca, todo cambió de pronto, y Ferguson comprendió que había entrado en un mundo nuevo y nunca volvería a poner los pies en el antiguo.

Qué extraño fin de semana fue aquél, que pasaron sentados en el sofá sin salir para nada del piso, viendo cómo juraba Johnson el cargo de nuevo presidente, viendo cómo se llevaban a Oswald a la cárcel con su ensangrentada camiseta mientras protestaba ante las cámaras afirmando que él no era más que un chivo expiatorio, expresión que Ferguson siempre asociaría con el joven frágil que mató o no mató a Kennedy en solitario, viendo un breve descanso de las noticias cuando una orquesta interpretó el canto fúnebre de la sinfonía Heroica de Beethoven, viendo el cortejo fúnebre por las calles de Washington el domingo, Amy con un nudo en la garganta ante el espectáculo del caballo sin jinete, y viendo cómo Jack Ruby se introducía en la comisaría de policía de Dallas y disparaba a Oswald en el estómago. Ciudad irreal. El verso de Eliot restallando una y otra vez en la cabeza de Ferguson en aquellos tres días mientras Amy y él iban dando cuenta de la comida en la cocina, huevos, chuletas de cordero, tajadas de pavo, paquetes de queso, latas de atún, galletas y cajas de cereales para el desayuno, Amy fumando más que nunca y Ferguson fumando con ella por primera vez desde que se conocían, los dos sentados en el sofá uno junto a otro y apagando los Lucky al unísono para abrazarse y besarse, incapaces de no cometer el sacrilegio de besarse en momento tan solemne, de no levantarse del sofá cada tres o cuatro horas para hacer otra visita a la alcoba, liberarse de la ropa y meterse de nuevo en la cama, ambos doloridos ya, no sólo Amy sino Ferguson también, pero no podían parar, el placer siempre era más intenso que el dolor, y pese a lo deprimente que resultaba estar allí en un fin de semana tan espantoso, fue el más grande, el más importante fin de semana de sus jóvenes vidas.

[…] porque leer Crimen y castigo lo transformó, Crimen y castigo fue el rayo que cayó de los cielos y lo partió en mil pedazos, y cuando logró recomponerse, Ferguson ya no albergaba duda alguna sobre su futuro, porque si aquello era lo que un libro podía ser, si aquello era lo que una novela podía hacer en el corazón, la mente y las opiniones más arraigadas de una persona sobre el mundo, entonces escribir novelas era seguramente lo mejor a lo que una persona podía dedicarse en la vida, porque Dostoievski le enseñó que las historias inventadas podían ir más allá de la diversión y el entretenimiento, eran capaces de volverlo a uno del revés y ponerlo patas arriba, podían escaldarlo, congelarlo, quitarle la ropa y arrojarlo desnudo a los implacables vientos del universo […]

En sus tres años de segundo ciclo de instituto en las afueras de Nueva Jersey, el Ferguson de dieciséis, diecisiete y dieciocho años pasó no menos de una hora diaria completando diecinueve cuadernos de trabajo, según los denominaba él, rellenándolos con diversos ejercicios creados por él mismo con el fin de aguzar el ingenio, ahondar en el detalle y tratar de mejorar (como una vez explicó a Amy): descripciones de objetos físicos, paisajes, cielos matinales, rostros humanos, animales, el efecto de la luz en la nieve, el ruido de la lluvia en el cristal, el olor de un tronco ardiendo, la sensación de caminar entre la niebla o escuchar el viento que sopla entre las ramas de los árboles; monólogos en la voz de otros con objeto de convertirse en esos otros o al menos tratar de entenderlos mejor (su padre, su madre, su padrastro, Amy, Noah, sus profesores, sus amigos del instituto, el señor y la señora Federman), pero también desconocidos y gente nada cercana, como J. S. Bach, Franz Kafka, la cajera del supermercado del barrio, el cobrador de los billetes del ferrocarril Erie Lackawanna y el mendigo que le pidió un dólar en la estación Grand Central; imitaciones de escritores admirados, exigentes e inimitables del pasado (cogía un párrafo de Hawthorne, por ejemplo, y redactaba algo basado en su modelo sintáctico, empleando un verbo cuando él utilizaba un verbo, un sustantivo cuando él usaba un sustantivo, un adjetivo siempre que él se servía de alguno… con objeto de marcar el ritmo en su interior, para sentir cómo se hacía la música);

Le asignaron una habitación en la décima planta de Carman Hall, la residencia más moderna del campus, pero en cuanto deshizo las maletas y colocó sus cosas, Ferguson se dirigió a Furnald Hall, una residencia contigua que estaba unos cuantos metros más arriba, y subió en ascensor a la sexta planta, donde permaneció unos instantes frente a la habitación 617, y luego bajó por las escaleras, caminó en dirección este por el sendero de ladrillos que corría a lo largo de la biblioteca Butler y se encaminó a una tercera residencia, el edificio John Jay Hall, donde subió en ascensor hasta la duodécima planta y se quedó unos momentos frente a la habitación 1231. Federico García Lorca había vivido en aquellas dos habitaciones durante los meses que pasó en Columbia en 1929 y 1930. La 617 de Furnald y la 1231 de John Jay eran los sitios en donde había escrito «Poemas de la soledad en la Universidad de Columbia», «Vuelta a la ciudad», «Oda a Walt Whitman» y la mayoría de los poemas recogidos en Poeta en Nueva York (Nueva York de cieno / Nueva York de alambres y de muerte), libro que acabó publicándose en 1940, cuatro años después de que Lorca fuese apaleado, asesinado y arrojado a una fosa común por esbirros de Franco. Suelo sagrado.

Paul Auster

Paul Auster. 4 3 2 1

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Cuaderno de poemas. Susana Thénon

¿quién soy yo
que me vuelvo alegoría?

Poesía
que no eres tú
y soy yo
bajo este peplo de marmolería

curda
curda
y oleosa
flaca
y sin nombre
y llena de adjetivo
desverbada
que vomito los mares
que me engancho en los flecos del sonido

que no
que no soy poesía
pues nunca digo dulce melancolía
aunque podría

que a lo mejor sos vos
bajo un puente con niebla y «physique du role»
como ordena la libertad de la poesía
que no eres tú
ni yo

Susana Thenon

Susana Thénon

(A través de «Zoopat»)

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Todos tranquilos menos el autor, Gabriel García Márquez

ROBERTO. -Una mala edición, un montaje deficiente, puede echar a perder la mejor de las películas. Tanto el ritmo como la duración tienen connotaciones dramáticas. Si no se corta en el momento just…

Origen: Todos tranquilos menos el autor, Gabriel García Márquez – Calle del Orco

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Reflexiones. Ernesto Sábato

Lamentablemente, en estos tiempos en que se ha perdido el valor de la palabra, también el arte se ha prostituido, y la escritura se ha reducido a un acto similar al de imprimir papel moneda.

Sábato Ernesto Sábato

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El Vieco cortaziano, XXXVI

Conservación de los recuerdos

Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala con un cartelito que dice: Excursión a Quilmes, o: Frank Sinatra. Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y dicen: No vayas a lastimarte, y también: Cuidado con los escalones. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

PARIS, FRANCE - november 27. Argentinian writer Julio Cortazar at home in Paris. Photo Ulf Andersen / Getty Images Julio CortazarJulio Cortázar

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Toda literatura es literatura del yo

El autor estadounidense Philip K. Dick en mayo de 1977. PHILIPPE HUPP GETTY

Digámoslo alto y claro, escribir es exponerse. Cualquiera que no ­pretenda exponerse debería recoger sus bártulos y largarse

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Laura Fernández

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Anton Chéjov: Escribir, no predicar

Me reprocha usted mi objetividad y la llama indiferencia ante el bien y el mal, me acusa de falta de ideales y de ideas, etc. Querría que yo, al describir los ladrones de caballos, dijera: «Robar caballos está mal». Pero eso ya se sabe desde hace mucho tiempo, sin necesidad de que yo lo diga. Que los juzguen los jurados, a mí sólo me compete mostrarlos como son. Escribo: «Tiene que vérselas con ladrones de caballos; sepa que no son mendigos, sino gente acomodada, gente de iglesia, y que robar caballos no es un simple hurto, sino una pasión». Cierto, sería agradable conciliar el arte con la predicación, pero en mi caso es bastante difícil, si no imposible, por motivos técnicos. En realidad, para describir en setecientas líneas a los ladrones de caballos, debo hablar, pensar y sentir a su modo todo el tiempo; si además recurro a la subjetividad, las imágenes perderán su nitidez y el cuento no saldrá compacto, cualidad indispensable de cualquier cuento más bien breve. Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan en el cuento.

anton-pavlovich-chejov_1087701727_62968656_667x945Anton Chéjov

(A través de «Isaias Garde»)

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