Para qué sirve la literatura, Saramago

Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.

Saramago

José Saramago

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Estas son las principales novedades literarias que nos depara este otoño

La nuevas novelas de Eduardo Mendoza, Haruki Murakami, Michael Connelly, Stephen King y George R.R. Martin destacan en los lanzamientos editoriales más próximos

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Cuaderno de poemas. «El Circo», Leopoldo María Panero

El Circo

Dos atletas saltan de un lado a otro de mi alma
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida:
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía.
Y oigo
oigo en el espacio sonidos
una y otra vez el chirriar de los trapecios
una y otra vez.
Una mujer sin rostro canta de pie sobre mi alma,
una mujer sin rostro sobre mi alma en el suelo,
mi alma, mi alma: y repito esa palabra
no sé si como un niño llamando a su madre a la luz,
en confusos sonidos y con llantos, o bien simplemente
para hacer ver que no tiene sentido.
Mi alma. Mi alma
es como tierra dura que pisotean sin verla
caballos y carrozas y pies, y seres
que no existen y de cuyos ojos
mana mi sangre hoy, ayer, mañana. Seres
sin cabeza cantarán sobre mi tumba
una canción incomprensible.
Y se repartirán los huesos de mi alma.
Mi alma.
Mi hermano muerto fuma un cigarrillo junto a mí.

Leopoldo María Panewro

Leopoldo María Panero

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Descargas: Antonio Machado – Poesías completas

Antonio Machado - Poesías completas

Origen: Antonio Machado – Poesías completas

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CIX

Las mejores bibliotecas que nunca existieron

Las bibliotecas no sólo son lugares reales donde muchos escritores se han formado, disfrutado y dado forma a sus historias. También son espacios imaginarios que han formado parte de algunas de las historias más conocidas de la literatura. Y es que las bibliotecas […]

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Reflexiones. Pizarnik

Alejandra Pizarnik

 

La verdad: trabajar para vivir es más idiota que vivir. Me pregunto quién inventó la expresión “ganarse la vida” como sinónimo de “trabajar”. En dónde está ese idiota.

A. Pizarnik

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«Maravillas de la voluntad», minicuento completo de Octavio Paz

A las tres en punto don Pedro llegaba a nuestra mesa, saludaba a cada uno de los concurrentes, pronunciaba para sí unas frases indescifrables y silenciosamente tomaba asiento. Pedía una taza de café, encendía un cigarrillo, escuchaba la plática, bebía a sorbos su tacita, pagaba a la mesera, tomaba su sombrero, recogía su portafolio, nos daba las buenas tardes y se marchaba. Y así todos los días.

¿Qué decía don Pedro al sentarse y al levantarse con cara seria y ojos duros? Decía:

-Ojalá te mueras.

Don Pedro repetía muchas veces al día esa frase. Al levantarse, al terminar su tocado matinal, al entrar o salir de casa -a las ocho, a la una, a las dos y media, a las siete y cuarto-, en el café, en la oficina, antes y después de cada comida, al acostarse cada noche. La repetía entre dientes o en voz alta, a solas o en compañía. A veces solo con los ojos. Siempre con toda el alma.

Nadie sabía contra quién dirigía aquellas palabras.

Todos ignoraban el origen de aquel odio. Cuando se quería ahondar en el asunto, don Pedro movía la cabeza con desdén y callaba, modesto. Quizá era un odio sin causa, un odio puro. Pero aquel sentimiento lo alimentaba, daba seriedad a su vida, majestad a sus años. Vestido de negro, parecía llevar luto de antemano por su condenado.

Una tarde don Pedro llegó más grave que de costumbre. Se sentó con lentitud y en el centro mismo del silencio que se hizo ante su presencia, dejó caer con simplicidad estas palabras:

-Ya lo maté.

¿A quién y cómo? Algunos sonrieron, queriendo tomar la cosa en broma. La mirada de don Pedro los detuvo. Todos nos sentimos incómodos. Era cierto, allí se sentía el hueco de la muerte. Lentamente se dispersó el grupo. Don Pedro se quedó solo, más serio que nunca, un poco lacio, como un astro quemado ya, pero tranquilo, sin remordimientos.

No volvió al día siguiente. Nunca volvió. ¿Murió? Acaso le faltó ese odio vivificador. Tal vez vive aún y ahora odia a otro. Reviso mis acciones. Y te aconsejo que hagas lo mismo con las tuyas, no vaya a ser que hayas incurrido en la cólera paciente, obstinada, de esos pequeños ojos miopes. ¿Has pensado alguna vez cuántos -acaso muy cercanos a ti- te miran con los mismos ojos de don Pedro?

FIN

Octavio Paz

Octavio Paz

(A través de «Arte y Literatura»)

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Columna: Agustín Fernández Mallo: A quien enseña el valor de la lectura

De su profesor de lengua, el autor aprendió que las novelas no enseñan nada concreto. No sirven para eso que llamamos “la vida real”, pero en ellas se encuentra la llave de todas las puertas

Origen: Columna: Agustín Fernández Mallo: A quien enseña el valor de la lectura | EL PAÍS Semanal

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Reflexiones. Imre Kertész

Imre Kertész

Yo no sé lo que es el infierno, sólo sé lo que es un campo de detención y, en su caso, un campo de concentración. Las experiencias de este tipo provocan cierto mutismo entre quienes las hemos sufrido porque, ¿puede alguien comprender que todo un pueblo quisiera exterminar a otro?, ¿hay alguien que pueda entender un horror así?

 

Imre Kertész

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El palacio del lector, Ernst Junger

El palacio del lector es más duradero que cualquier otro. Sobrevive a los pueblos, las culturas, los cultos, hasta al lenguaje mismo. Terremotos y guerras no lo hicieron vacilar, ni siquiera incend…

Origen: El palacio del lector, Ernst Junger – Calle del Orco

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