La novela moderna es un género único porque diríase que todas sus posibilidades están contenidas en un único libro: Cervantes funda el género en el Quijote y al mismo tiempo lo agota -aunque sea vo…
Origen: La novela es un género degenerado, Javier Cercas – Calle del Orco
Hay quienes llevan a cabo la vida más habilmente. Tienen orden en su interior y a su alrededor. Para todo la manera y la respuesta adecuada.
Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién, con qué objetivo, por dónde.
Ponen el sello en las verdades absolutas, arrojan a la trituradora los hechos innecesarios, y a las personas desconocidas a las carpetas destinadas a ellas de antemano.
Piensan justo lo debido ni un segundo más, porque tras ese segundo acecha la duda.
Y cuando los dan de baja de la existencia, dejan su puesto por la puerta señalada.
an pasado quince años desde la publicación, también en Tusquets, de esas memorias colectivas y literarias de Juan Cruz Ruiz que tituló tan acertadamente Egos revueltos…
Origen: Loas literarias a un catálogo espectacular – Zenda
GABRIELA GONZÁLEZǁ Con Dientes blancos (2000), Zadie Smith entró por la puerta grande a la literatura. Una novela larga y ambiciosa, difícil de resumir, ya que hay tantos personajes y tantas histor…
Archie Jones quería suicidarse porque Ophelia, su esposa, una italiana con ojos de color violeta y un poco de bigote, se había divorciado de él. Pero Archie no había empezado el año intoxicándose con ayuda de una manguera de aspiradora porque estuviera enamorado de su mujer, sino por haber vivido con ella tantos años sin estar enamorado. El matrimonio de Archie fue como compra: unos zapatos, llegar a casa y darte cuenta de que no te sirven. Él, para salvar las apariencias, los había soportado. Pero un día, al cabo de treinta años, los zapatos echaron a andar y lo dejaron. Se marchó. Treinta años.
La asistente social, que hasta en los días secos parecía un gato de angora mojado, movió la cabeza con expresión de asentimiento en su cara afilada.
Pobre Ryan Topps. Era una colección de características físicas desafortunadas. Muy flaco y muy alto, pelirrojo, pies planos y pecoso hasta el punto que tenía más pecas que piel lisa. Ryan se las daba de «mod». Llevaba trajes grises holgados y jerséis negros de cuello vuelto. Calzaba botas Chelsea cuando ya nadie las usaba. Mientras el resto del mundo descubría las excelencias del sintetizador, Ryan rendía culto a los pequeños hombres de las guitarras grandes: los Kinks, los Small Faces, los Who. Ryan Topps tenía una Vespa GS a la que sacaba brillo con un pañal de bebé dos veces al día y que guardaba en una especie de caparazón de plancha ondulada hecha a medida. Para Ryan una Vespa no era un simple medio de locomoción, sino una ideología, una familia, una amiga y una amante, un dechado de perfección mecánica de finales de los cuarenta.
El director de Glenard Oak parecía encontrarse en un estado de implosión permanente. La línea del nacimiento del pelo se había retirado como una marea definitiva; los ojos se le hundían en las órbitas y los labios como absorbidos por la boca. Prácticamente ya no tenía cuerpo, y con lo que le quedaba había hecho un paquete atado con brazos y piernas cruzadas.
¡Bien dicho, señora Bowden! ¡El derecho a ser peregrino! ¡El que no conoce la presunción y, no obstante, hereda la tierra! ¡El derecho a estar en lo cierto, enseña a los demás, ser justo en todo momento porque Dios ha dispuesto que lo sea, el derecho a ir a tierras ajenas y lugares lejanos y hablar a los ignorantes, seguro de que uno no dice más que la verdad. El derecho a tener razón siempre. Tan superior a los derechos que en otro tiempo estimaba él: el derecho a la libertad, libertad de expresión, libertad sexual, el derecho a fumar hierba, el derecho a ir de fiesta, el derecho a circular en moto a cien por hora por la autopista sin casco. Era mucho más que estos derechos lo que Ryan podía reivindicar. Él ejercitaba un derecho tan raro en esta colilla del siglo que prácticamente estaba obsoleto. El más fundamental de todos los derechos. ¡El derecho a ser el bueno!
Crónica de la presentación de la colección Dos tardes dirigida por Sergio del Molino para la editorial Alianza.
Origen: Tomaré lo mismo que ellos – Zenda
La escritura es una especie de enfermedad contagios que los libros transmiten a quienes los frecuentan en exceso. Todos los lectores están expuestos a ese contagio, y en distinta medida todos sufren, aunque algunos lo desconozcan y otros, por prudencia o timidez, lo oculten. El lector químicamente puro no existe; en su interior hay siempre un escritor latente o agazapado que a veces despierta de su letargo y se abalanza sobre parientes y amigos creando en la mayoría de los casos (hay admirables excepciones) situaciones de pánico o de desolación. Cuanto más temprano sea el contacto con los libros, más graves y duraderas serán las consecuencias de ese virus incubado en el texto que son, unas veces por fortuna y otras por desgracia, casi siempre incurables. Exagero poco; creo que Kafka hablaba de la literatura como lepra.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)