Novedades editoriales de diciembre de 2018: nuestros diez libros favoritos para acabar el año

Empezando por ‘Lectura fácil’, la novela de Cristina Morales, merecidísima ganadora del Premio Herralde.

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Descargas. «Poemas a la noche». Rainer Maria Rilke

«Poemas a la noche», de Rainer Maria Rilke, es una obra poco conocida y, sin embargo, de capital importancia entre las del poeta, pues en ella se esbozan algunos temas que acabarán de configurarse en las Elegías de Duino. Durante años fue un libro casi secreto. Rilke no llegó a publicarlo, acaso precisamente por no desvelar ese fondo originario común con su obra cumbre.
En los Poemas a la noche apuntan por tanto los temas fundamentales de Rilke, sin haber logrado su exacta delimitación o simbolismo que, por otra parte, generalmente es plural. Así sucede con la figura del ángel, que pasa de ser «terrible» a no estar tan por encima del hombre, pues, como observa Jean-Yves Masson, en el prólogo a las Elegías, «el hombre es creador, y he aquí porque puede asombrar al ángel, que se conforma con ser en su autonomía absoluta, pero no crea nada». En la obra que nos ocupa, el ángel, la amada y la noche figuran en el lugar más destacado y se presentan vagarosos y fluctuantes, muy de acuerdo con el mismo estilo poético que los sustenta. El libro como tal no vio su primera edición en alemán hasta que se incluyó en las obras completas de Rilke editadas en 1956, treinta años después de su muerte.

Origen: Rainer Maria Rilke – Poemas a la noche

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Los doce mejores libros de 2018. Fnac

Esta Navidad en FNAC descubre los doce mejores libros de 2018 y compra el regalo perfecto para los amantes de la lectura en forma de novela.

Origen: Los doce mejores libros de 2018 – Consejos de los expertos Fnac

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Ventana a YouTube. «Por qué aprender a escribir. Jordan Peterson

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Muere a los 79 años el escritor israelí Amos Oz

El escritor Amos Oz, en su casa de Tel Aviv (Israel) en octubre de 2015. En vídeo, algunas de sus intervenciones más destacadas. EDWARD KAPROV VÍDEO: REUTERS

El novelista y periodista, eterno candidato a Nobel de Literatura, recibió el Príncipe de Asturias de las Letras en 2007

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Amos Oz

Amos Oz

Contra el fanatismo (fragmento)

Siempre este dilema sin fin: ¿qué hacer cuando da la casualidad de que se convive puerta con puerta con el dolor, la injusticia, la opresión, la violencia, la demagogia, el chovinismo, el fundamentalismo religioso y el fanatismo? ¿Cómo utilizar la propia voz, en el supuesto de ser un hombre con voz, alguien que tiene pluma y la puede utilizar? Me pregunto si sería justo decir: bueno, se está derramando sangre a la vuelta de la esquina de donde vivo, no es momento de contar historias de amor. No es momento de escribir historias experimentales, complejas, sutiles y eruditas. Es momento de combatir contra la injusticia. Sí, lo hago de vez en cuando y siempre me siento un poco traidor a mi arte, al refinamiento de la ambivalencia y el matiz. Al mismo tiempo, si me siento en casa y trabajo en varias alternativas sintácticas para cierta frase o en problemas idiomáticos de cierto contrapeso o incluso en la relación melódico-musical entre dos frases de la novela, todavía sigue esa vocecilla dentro de mí llamándome traidor: «¿Cómo eres capaz? Están matando gente a diez millas, veinte kilómetros, quince kilómetros de donde estás sentado escribiendo. ¿Cómo puedes?». ¿Qué hace uno en situación semejante? Eres un traidor en ambos casos. Hagas lo que hagas, traicionas a tu arte o a tu sentido de la responsabilidad cívica. Bueno, mi respuesta es la misma que doy a muchas cosas: acuerdo. Intento fervorosamente llegar a un acuerdo, a un compromiso. Sé que la expresión «llegar a un acuerdo, a un compromiso» tiene una reputación terrible en los circuitos idealistas europeos, especialmente entre la gente joven. Se concibe el acuerdo como falta de integridad, falta de directriz moral, falta de consistencia, falta de honestidad. El compromiso apesta, comprometerse a llegar a un acuerdo es deshonesto.
No en mi vocabulario. En mi mundo, la expresión «llegar a un acuerdo, a un compromiso» es sinónimo de vida. Y donde hay vida hay compromisos establecidos. Lo contrario de comprometerme a llegar a un acuerdo no es integridad, lo contrario de comprometerme a llegar a un acuerdo no es idealismo, lo contrario de comprometerme a llegar a un acuerdo no es determinación. Lo contrario de comprometerme a llegar a un acuerdo es fanatismo y muerte. Llevo cuarenta y dos años casado con la misma mujer, así que algo sé de acuerdos. Y cuando digo acuerdo no quiero decir capitulación, no quiero decir poner la otra mejilla al rival o a un enemigo o a una esposa, quiero decir tratar de encontrarse con el otro en algún punto a mitad de camino. Y no hay acuerdos felices: un acuerdo feliz es una contradicción. Un oxímoron. Así que también me comprometo a llegar a acuerdos en mi escritura: cada vez que siento que estoy conforme conmigo mismo en un ciento por ciento o que no lo estoy en absoluto, no escribo una historia, escribo un artículo airado, diciendo a mi gobierno qué hacer, a veces diciendo a mi gobierno a dónde debemos ir todos juntos, concretamente al infierno. Por una razón o por otra, nunca me escuchan. Aunque les he dicho alto y claro muchísimas veces que se vayan al infierno, siguen en el mismo sitio. En aquellos casos -muy frecuentes- en que oigo más de una voz dentro de mí sobre algún tema, en que puedo ver más de una, en ocasiones más de dos perspectivas, en que puedo oír una pequeña discusión dentro de mí, entonces comprendo que estoy embarazado al menos de una historia. Y al decir embarazado de una historia o una novela tengo que añadir de inmediato que en ella se producen muchos más abortos provocados y espontáneos que alumbramientos. Así que me comprometo, escribo artículos, escribo historias y nunca mezclo una cosa y otra. Nunca he escrito una historia o una novela simplemente para transmitir un mensaje político como «dejad de construir asentamientos en los territorios ocupados» o «reconoced el derecho de los palestinos a Jerusalén oriental». Nunca escribo una novela -una novela alegórica- para decir a mi pueblo o a mi gobierno que hagan esto o aquello. Para eso utilizo mis artículos. Si hay un mensaje metapolítico en mis novelas, siempre es un mensaje, de una u otra manera, sobre cómo llegar a un compromiso doloroso y la necesidad de elegir la vida descartando la muerte, la imperfección de la vida descartando las perfecciones de la muerte gloriosa. Éste es mi compromiso, uno de mis compromisos. Y lo es de tal modo que hasta tengo dos plumas estilográficas en mi mesa, dos plumas muy simples, muy baratas, que tengo que rellenar cada dos semanas, pero siempre tengo dos, una negra y otra azul. Sólo para recordar que escribir un ensayo político es una cosa y escribir una historia, otra muy distinta. Y no mezclo. Los israelíes leen novelas, además de artículos y manifiestos. Leen como obsesos. Según datos estadísticos de la Unesco, los israelíes leen más que cualquier otra nación bajo el sol, excepto los islandeses -que, de todos modos, no están bajo el sol-. Pero, al contrario que los europeos, alemanes e islandeses, los israelíes no leen novelas para disfrutar. No leen literatura para relajarse ni ampliar horizontes. No: ¡leen para enfadarse! ¡Leen para estar en desacuerdo! Leen para emprender una polémica con el escritor, los personajes o ambos. Y hasta tal punto que un cínico editor de Israel me dijo una vez que si mis novelas y las de mis colegas se venden tanto en mi país se debe a que hay clientes que compran diez ejemplares del mismo libro para destruirlos.


 

Y.D. —¿Por qué en Una pantera en el sótano usted escribió: «Así es nuestra historia: viene de la oscuridad, da un par de vueltas, pasa y regresa a la oscuridad»? ¿No es esta afirmación muy pesimista?

A.O. —Yo no creo que esta concepción sea pesimista… No sé cómo será en España, pero en Israel cada uno sale de las tinieblas y vuelve a las tinieblas. Nadie vive para siempre, pero entre una tiniebla y otra, hay un poco de vino, unas cuantas flores, algún chiste, alguna que otra experiencia sexual interesante, y alguna que otra conversación bella. Cuando yo llegue a la otra tiniebla, no voy a llegar con las manos vacías. No voy a pensar que todo ha sido en vano. Siento en mí el deseo de escribir para devolver parte de la belleza, parte del placer, y parte de lo que el mundo me ha regalado. El paso de una tiniebla a otra es un hecho, pero lo que hay entre los dos extremos, a mí me resulta dulce, incluyendo los momentos amargos.

Y.D. —Gracias, señor Oz, por existir.

A.O. —Gracias a ti por preguntar.

Amos Oz (4 de mayo de 1939 – 28 de diciembre de 2018) en entrevista con Yolanda Delgado Batista, Madrid, 1998.


 

Nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, Amos Oz

Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto. No obran milagros pero pueden ayudar. Shakespeare puede ayudar mucho: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o comedia. Al final, el fanático nunca es más feliz ni está más satisfecho, así muera o se convierta en bufón. Es una buena inyección. Y Gogol también puede ayudar: hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Gogol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acabe persiguiendo fanáticamente a su nariz. No es una mala lección. Kafka es un buen educador a este respecto, aunque estoy seguro de que nunca pretendió aleccionar con su obra contra el fanatismo. Pero Kafka nos muestra que también hay oscuridad y enigma cuando pensamos que no hemos hecho nada malo en absoluto. Eso ayuda. Hablaría mucho más de Kafka y Gogol y de la sutil conexión que veo entre ambos. Pero lo dejaremos para otros seminario. Pienso que William Faulkner puede ayudar. El poeta israelí Yehudi Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: “Donde tenemos razón no pueden crecer flores”.

Amos Oz
Sobre la naturaleza del fanatismo
23 de enero de 2011

(A través de «Calle del Orco»)

 

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Guía para lectores en una era convulsa

Un hilo invisible parece unir lo mejor de 2018: sea en forma de poesía, novela o no ficción, esta decena de títulos parten en busca de una identidad

Origen: Guía para lectores en una era convulsa | EL PAÍS Semanal

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Lectura. «Malandar», de Eduardo Mendicutti

En el sistema literario de Eduardo Mendi­cutti siempre da la impresión de que las cosas que ocurren en sus novelas (y también en sus cuentos) lo hacen desde el lenguaje. O mejor dicho, desde el idiolecto de sus personajes. La prosa literaria de Mendicutti se nutre de una lengua viva, fiestera, provocadora. Y ello hace que lo que se va narrando, la música demoradamente triste de su relato, se vaya amortiguando, como si le costara mostrar su deje amargo y desilusionado. Como paradigma de esto que digo no habría más que recordar «California» (2005), en la que hay una escena con una pareja gay, terrible y conmovedora, pero a la que nunca hubiéramos imaginado que llegaríamos, por mor de una lengua que muy inteligentemente escondía el drama hasta su explosión final.

Mendicuti. MalandarAhora nos llega «Malandar», ambientada en los aledaños del coto de Doñana. Narrada desde una primorosa primera persona, Miguel Durán expone su vida, entre la adolescencia en el pueblo cercano a Doñana que lo vio nacer y su viaje a Madrid para “comerse el mundo”. La novela se divide en tres partes. En la primera, Miguel Durán, mientras hace su primer viaje a Madrid a hacer de periodista y liberar su cuerpo y su alma de los cotos morales, recuerda su adolescencia y su férrea amistad con Toni y Elena. En la segunda, Miguel Durán va y viene, entre viajes por el mundo, visitas a su pueblo para ver a sus padres y reencontrarse con sus amigos incondicionales y con los que un día juró habitar una casa que mirara Maladar, en la desembocadura del Guadalquivir. Y la tercera, cierra el periplo nómada del narrador, para citarse con Toni y Elena, casados y con una hija a punto también de casarse, en una casa casi definitiva que mira al mar y donde se van a disipar todas las dudas, sospechas fundadas y malentendidos que nunca lo fueron.

Eduardo Mendicutti ha escrito su mejor novela sobre la moral castradora. Una novela que, además de ser una fiesta del lenguaje, lo es de la precisión en el dibujo de los caracteres humanos y las dudas y temores que les impidieron alcanzar la felicidad. La de las palabras y la carne.

J. Ernesto Ayala-Dip. Babelia


 

Textos

Don Ireneo me daba clases particulares de matemáticas en segundo de bachillerato, porque a mí las matemáticas se me habían atragantado y el hermano Gerardo anunció un día, con mucha solemnidad, en plena clase, que estaba dispuesto a catearme todas las veces que hiciera falta y que, a él, ni yo ni nadie iba a engatusarlo con zalamerías. Mi madre había ido dos o tres veces a hablar con el hermano Gerardo, con mucha educación y mucho encanto, como ella me dijo, pero Medinilla, un niño muy enrevesado que estaba en mi clase, se chufleó de mí porque, según él, estaba claro que mi madre se había puesto con el hermano Gerardo la mar de zalamera. No sé por qué a mi madre le hizo eso un montón de gracia cuando yo se lo conté. Mi madre decía que el hombre más guapo de La Algaida, después del padre de Elena —pobre Carmen—, era el hermano Gerardo.

Los primeros que saltaron del tren fueron los legionarios. Echaron a correr pegando gritos, como si el tren fuera a estallar, como si Toni nos hubiera estado esperando toda la noche, escondido detrás de una adelfa, y le hubiera disparado a la locomotora y le hubiera acertado en todo el centro de la caldera y nada pudiese evitar ya que el tren entero reventase. Los legionarios gritaban como niños. Iban dejando dos hileras de pisotones amarillentos en la nieve, como si dos culebras casi transparentes fueran avanzando a trompicones en medio de un paisaje tan blanco. Los legionarios gritaban como escolares a la salida del colegio, parecía como si de pronto los dos acabaran de cumplir doce años. Empezó más gente a saltar del tren. Todos, hombres y mujeres, gritaban como si todos acabaran de cumplir doce años, como si todos estuvieran a punto de zambullirse para cruzar a nado la desembocadura. El legionario mulato se agachó, cogió un puñado de nieve y se lo tiró con todas sus fuerzas al otro legionario. Culminó, le dio en toda la bragueta. Todo el mundo empezó a dispararle bolas de nieve a todo el mundo. Cada vez era más gente la que saltaba del tren, más gente la que parecía de pronto tener doce años, más gente liada en una batalla de nieve. De las tres gachís que viajaban conmigo y con los legionarios en mi vagón, saltaron dos, la otra se quedó conmigo en el pasillo, mirando por la ventanilla. El revisor intentaba poner orden en aquel guirigay, pretendía que todos los pasajeros volvieran al tren, se estaba dejando los pulmones a silbatazos. Alguien gritó: «¡Revisor, maricón!». Una pareja joven se abrazó, se tiró abrazada a la nieve, empezó a rodar abrazada dejando en la nieve una alfombra amarillenta. Los legionarios ya no seguían corriendo, ahora le tiraban proyectiles de nieve a todo el que, hombre o mujer, se le pusiera a tiro.

Bill también era nórdico. Sueco, no finlandés. Se llamaba Birger Bergman, como Ingrid, como Ingmar. A él le gustaba que todo el mundo le llamara Bill, entre otras cosas porque ningún español o española de entonces era capaz de pronunciar bien Birger. Yo me empeñé en llamarle, desde el primer día, Birger, y lo pronunciaba fatal. Acabé llamándole Bill, pero lo pronunciaba como todos los españoles y españolas de la época: Bil. Bill había sido el bailarín principal de un ballet moderno, pero lleno de plumas y pedrerías, propiedad de un italiano, Aldo no sé qué. Aldo salía, en los millones de fotos que me enseñó Bill, esforzándose mucho en ser clavado a Rodolfo Valentino. Bill me decía a todas horas que Aldo fue hasta el día de su muerte un hombre guapísimo. Yo me miraba en todos los espejos de marco rococó que había en el apartamento de Bill y me deprimía bastante. Aldo era, además de propietario, director y coreógrafo del ballet Aldo No Sé Qué. Bill había sido durante años el amante de Aldo y, por consiguiente, el primer bailarín de todas las coreografías de Aldo. El día que comprendí, al cabo de tres años, que ya no podía más, se lo dije todo: que Aldo era un cursi, que sus coreografías eran absurdas y cabareteras, que había envejecido fatal —Aldo, no Bill—, que solo con verle en las fotos bailando —a Bill, no a Aldo— quedaba clarísimo que, de no haber sido el amante de Aldo, jamás habría llegado a ser el primer bailarín de su compañía —la compañía de Aldo, no de Bill— ni de ninguna otra, por bueno que estuviera y que seguía estando —Bill, no Aldo—, y que ya era hora de que se pusiera a régimen, con aquella barriga que estaba echando. Bill, hecho una basilisca, gritó que él no tenía barriga, tenía estómago, y me mandó a mudar ya. En cuanto me vi en la calle, con el maletón en el que había metido todo lo que tenía —sobre todo, libros—, me pregunté: ¿Y ahora adónde voy? Menos mal que el Hostal Sigüenza seguía abierto.

Nos fuimos. Al Villa Magna. El Villa Magna era un hotel enorme y nuevo, muy nuevo, quizás demasiado nuevo —allí todo olía a recién puesto— y la habitación del gurú era grande, grandísima, y la cama, además de grandísima, era mullida, muy mullida, demasiado mullida. Allí nos hundimos el gurú y yo, arremolinados, y, entre tanta mullición, nos desnudamos —lo único que no se quitó el gurú fue las muñequeras de cuero con clavos metálicos y el pendiente de cuero y metal de la oreja—, y entonces descubrí que el gurú tenía argollitas en las clavículas, argollas grandotas en las tetillas y en el ombligo, un cock ring en la base del mandado y otra bolita de acero en la punta del capullo, otras dos en el frenillo, dos cilicios de cuero con clavos metálicos en cada muslazo, más bolitas de acero, más argollas, y hasta candados mínimos y coquetones en los tobillos. Yo pensé que el gurú parecía la sucursal holandesa de la Ferretería Demetrio de mi pueblo. Me acordé de Busti. Me acordé de la santa madre del gurú, que a lo mejor lo había traído con todo aquello a este perro mundo. Cada vez que toda aquella chatarrería, una a una o en compañía de otras, me arañaba, me pinchaba, se me hundía, se me clavaba, yo gritaba.

Eduardo Mendicutti Eduardo Mendicutti. Malandar

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Solenoide, la novela monumental de Mircea Cărtărescu

La obra clave del rumano Mircea Cărtărescu es también el diario de un escritor frustrado en los arrabales de una Bucarest alucinada…

Origen: Solenoide, la novela monumental de Mircea Cărtărescu

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El Vieco cortaziano. XLVI

A Oliveira le gustaba hacer el amor con la Maga porque nada podía ser más importante para ella y al mismo tiempo, de una manera difícilmente comprensible, estaba como por debajo de su placer, se alcanzaba en él un momento y por eso se adhería desesperadamente y lo prolongaba, era como un despertar y conocer su verdadero nombre, y después recaía en una zona siempre un poco crepuscular que encantaba a Oliveira temeroso de perfecciones, pero la Maga sufría de verdad cuando regresaba a sus recuerdos y a todo lo que oscuramente necesitaba pensar y no podía pensar, entonces había que besarla profundamente, incitarla a nuevos juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo de él y lo arrebataba, se daba entonces como una bestia frenética, los ojos perdidos y las manos torcidas hacia adentro, mítica y atroz como una estatua rodando por una montaña, arrancando el tiempo con las uñas, entre hipos y un ronquido quejumbroso que duraba interminablemente.

Cortázar

Julio Cortázar (Cap. 5, Rayuela)

 

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