Dos formas esenciales de narrar. Ricardo Piglia

Siempre se han contado historias. Pero ¿Cómo empezó la historia de la narración? Podemos inferir un comienzo. Imaginar cuál fue el primer relato. Podríamos escribir un relato sobre cómo fue ese primer relato. La forma inicial, es decir, la prehistoria de los grandes modos de narrar.

Podemos imaginar que el primer narrador se alejó de la cueva, quizás buscando algo, persiguiendo una presa, cruzó un río y luego un monte y desembocó en un valle y vio algo ahí, extraordinario para él, y volvió para contar esa historia. Podemos imaginar, en todo caso, que el primer narrador fue un viajero y que el viaje es una de las estructuras centrales de la narración: alguien sale del mundo cotidiano, va a otro lado y cuenta lo que ha visto, la diferencia. Y ese modo de narrar, el relato como viaje, una estructura de larguísima duración, ha llegado hasta hoy. No hay viaje sin narración, en un sentido podríamos decir que se viaja para narrar. Por eso los viajeros actuales van siempre con máquinas fotográficas y tratan de capturar los rastros de lo que van a contar a sus amigos cuando vuelvan.

Pero podríamos pensar que hay otro origen del acto de narrar. Porque sabemos que no hay nunca un origen único, hay siempre por lo menos dos comienzos, dos modos de empezar. Entonces podríamos imaginar que el otro primer narrador ha sido el adivino de la tribu, el que narra una historia posible a partir de rastros y vestigios oscuros. Hay una huellas, unos indicios que no se terminan de comprender, es necesario descifrarlos y descifrarlos es construir un relato. Entonces podríamos decir que el primer narrador fue tal vez alguien que leía signos, que leía el vuelo de los pájaros, las huellas en la arena, el dibujo en el caparazón de las tortugas, en las vísceras de los animales y que a partir de esos rastros reconstruía una realidad ausente, un sentido olvidado o futuro. Tal vez el primer modo de narrar fue la reconstrucción de una historia cifrada. A esa reconstrucción de una historia a partir de ciertas huellas que están ahí, en el presente, a ese paso a otra temporalidad, podríamos llamarlo el relato como investigación.

Si pensamos en esa historia larga de la narración, de las formas de la narración, de los modos de narrar, podríamos imaginar que ha habido entonces dos modos básicos de narrar que han persistido desde el origen, dos grandes formas, que están más allá de los géneros, y cuyas huellas y ruinas podemos ver hoy en las narraciones que circulan y que nos circundan. El viaje y la investigación como modos de narrar básicos, como formas estables, anteriores a los géneros y a la distribución múltiple de los relatos en tipos y especies. Estamos frente al ur-relato, a la forma que da lugar a la evolución y a la transformación.

Etimológicamente, narrador quiere decir «el que sabe», «el que conoce», y podríamos ver esa identidad en dos sentidos, el que conoce otro lugar porque ha estado ahí, y el que adivina, inventa narrar lo que no está o lo que no se comprende (o mejor: a partir de lo que no se comprende, descifra lo que está por venir).

Y, a la vez, esos dos grandes modos de narrar tienen sus héroes, sus protagonistas, sus figuras legendarias. Como si la repetición de esos relatos hubiera terminado por cristalizarse en una figura que sostiene la forma. Podríamos ver la historia de la narración como una historia de la subjetividad, como la historia de la construcción de un sujeto que se piensa a sí mismo a partir de un relato, porque de eso se trata, creo. La historia de la narración es también la historia de cómo se ha construido cierta idea de identidad.

Podríamos entonces pensar que esos dos grandes modos de narrar han construido sus propios héroes. Está la gran tradición del viajero, del errante, del que abandona su patria; el astuto Ulises, el polytropos, el hombre de muchos viajes, el que está lejos, el que añora el retorno; el sujeto que está fuera de su hogar y que vive con la nostalgia de algo que ha perdido.

Podríamos entonces imaginar a Ulises como una suerte de héroe de lo que sería esta historia de la subjetividad, imaginarlo como una metáfora de la construcción de la subjetividad. A partir de su propio aislamiento, se construye como sujeto. Fue Adorno el que ha llamado la atención sobre la debilidad de Ulises en Dialéctica del Iluminismo y por lo tanto sobre su astucia como defensa de lo desconocido.

Y, desde luego, el otro héroe de la subjetividad, la otra gran figura, es Edipo, el descifrador de enigmas, el que investiga el crimen y al final termina por comprender que el criminal es él mismo. Es Edipo el que protagoniza esa estructura de la narración como investigación, y por lo tanto como un relato perdido que es preciso reconstruir. Freud ha construido una serie extraordinaria de relatos de la subjetividad a partir de esa historia.

Podríamos pensar entonces a Ulises y a Edipo como protagonistas de esos relatos básicos, como grandes modelos del relato y de la construcción de la subjetividad».

Ricardo Piglia

(A través de Kim Nguyen Baraldi)

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Cuaderno de poemas. «Canción regia». Rainer María Rilke

CANCIÓN REGIA

Debes con dignidad soportar la vida,
tan sólo lo mezquino lo hace pequeña;
los mendigos te podrán llamar hermano,
y tú puedes sin embargo ser un rey.

Aunque el divino silencio de tu frente
no lo interrumpa dorada diadema,
los niños se inclinarán en tu presencia,
los entusiastas te mirarán atónitos.

A ti los días de rutilante sol
te hilarán rica púrpura y blanco armiño,
y, con pesares y dichas en sus manos,
de rodillas ante ti estarán las noches…


Rilke, a los poetas

Rilke
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Ventana a YouTube. Queen – Somebody To Love 

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Vídeo. García Márquez. Cien años de soledad

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Álbum de librerías incompleto 277

Librería «Antikvariat Cunjak», Liubliana, Eslovenia.
Librería móvil «Daisy Chain Book Co.», Edmonton, Canadá.
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Todos los escritores son mortales. Ricardo Menéndez Salmón

Mircea Cartarescu, por Pablo García.

Sin desmerecer su ambición ni negar su interés, ‘Theodoros’, la última novela de Mircea Cartarescu, no acaba de convencer

Origen: Todos los escritores son mortales

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La razón secreta por la que yo leo. Teju Cole

La razón secreta por la que yo leo, la única razón por la que leo, es, precisamente, por esos momentos en los que lo que se nos está contando está atento al mundo, una atención que ve las cosas como son o sueña con cómo podrían ser. Esos momentos son como un bosque oscuro, un vasto cielo, un misterio insondable, o, en palabras de Heaney, ‘una prisa a través de la cual pasan cosas conocidas y extrañas.

Teju Cole

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Crítica. «Tarántula». Eduardo Halfón

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La novela. Milas Kundera

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El chacal y el dictador | Letras Libres

Un nazi en la Patagonia. Walther Rauff era como una caricatura de nazi: sádico, calculador, siniestro, tenía un pastor alemán que ladraba sin parar, iba impecablemente vestido y aseado. Estuvo detrás de la creación de los hornos de gas portátiles que exterminaron a miles de judíos antes de la creación de las cámaras de gas de los campos de exterminio. Como enviado nazi al Túnez ocupado, esclavizó y exterminó a la población judía. Tras la guerra, colaboró en la creación de los servicios secretos sirios, pero también con los servicios secretos de Alemania Occidental e incluso con el Mossad, hasta que Israel y el célebre cazanazis Simon Wiesenthal descubrieron realmente quién era y lo colocaron en su punto de mira; sorprendentemente, a pesar de la eficiencia de los servicios secretos israelíes en esas cuestiones, los intentos de asesinarlo no fructificaron. Finalmente escapó a América Latina, por consejo de otro nazi, Otto Wächter, al que Sands estuvo investigando durante años. Primero estuvo en Ecuador, donde conoció a Pinochet, y luego acabó en la Patagonia chilena, donde trabajó para una empresa de conservas de centollas. Como acabaría descubriendo Sands, aunque era vox populi durante décadas en Chile, no se limitó a ese trabajo y se aprovechó de la fascinación que sentía Pinochet por la marcialidad y la disciplina (y las técnicas represivas) prusianas. En la Patagonia había muchos sitios alejados donde arrojar cadáveres. Conexiones. Los tres mejores libros de Sands tienen hilos conductores entre sí. Su obra más célebre y la que lo popularizó, Calle Este-Oeste, cuenta la historia del abuelo del autor y la de los dos abogados que acuñaron los conceptos de “genocidio” y “crímenes contra la humanidad”. Investigando ese libro descubrió la historia de Wächter, que es el protagonista de Ruta de escape. Y escribiendo Ruta de escape se topó con la figura de Rauff, que fue el inventor de los “camiones de la muerte” en los que murieron los antepasados de Sands. Las conexiones van más allá. Sands estuvo más o menos involucrado en el proceso judicial que intentó llevar a la justicia a Pinochet. El equipo de abogados del dictador le ofreció trabajar en su defensa legal. Su mujer, descendiente de exiliados republicanos españoles, le amenazó con el divorcio si aceptaba. Finalmente acabó asesorando a la organización Human Rights Watch a favor de su enjuiciamiento. Durante el proceso de escritura del libro, Sands descubrió que su cuñada estaba relacionada con Carmelo Soria (nieto del famoso arquitecto Arturo Soria que da nombre a una de las calles más largas de Madrid), uno de los españoles asesinados por Pinochet. El asesinato de Soria catapultó todo el caso Pinochet. Pinochet en Londres. Parece la historia más fascinante, pero no lo es. Sands no es un escritor técnico y resulta muy divulgativo. Sin embargo, sobran detalles y páginas en su relato sobre el proceso judicial que intentó juzgar a Pinochet; visita a todo el mundo, describe demasiado y cuenta aspectos que ni siquiera interesarán a los más cafeteros. La historia general es conocida. Pinochet viajó a Londres en otoño…

Origen: El chacal y el dictador | Letras Libres

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