Tengo una corazonada, Thomas Wolfe – Calle del Orco

Hospital de la Providencia Seattle, Washington 12 de agosto de 1938 Querido Max: Estoy haciendo esto a escondidas, contraviniendo las órdenes del médico, pero «tengo una corazonada» y quería escrib…

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Las razones para escribir. Julio Ramón Ribeyro

No se escribe por una razón, sino por varias, cuya importancia varía según las épocas y el estado espiritual del escritor. Personalmente, y sin que el orden implique prioridad, escribo porque es lo único que me gusta hacer, porque es lo más personal que puedo ofrecer (aquello en lo que no puedo ser reemplazado); porque me libera de una serie de tensiones, depresiones, inhibiciones; por costumbre; por descubrir, conocer algo que la escritura revela y no el pensamiento; por lograr una bella frase; por volver memorable, aunque sea para mí, lo efímero; por la sorpresa de ver surgir un mundo del encadenamiento de signos convencionales que uno traza sobre el papel; por indignación, por piedad, por nostalgia y por muchas otras cosas más.

Julio Ramón Ribeyro

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Cuaderno de poemas. «Fotografía de la niña». Sharon Olds

Fotografía de la niña

La niña está sentada en la tierra dura.
áspero molde de Rusia, en la sequía
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvado el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.

Sharon Olds
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Ventana a YouTube. Hound Dog – Big Mama Thornton

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Vídeo: Wislawa Szymborska: «Nada sucede dos veces»

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CCLXIII

Biblioteca Nacional de Francia

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Marta Sanz: «Si el estilo brilla en una mujer te llaman verbosa, tratándose de un hombre eres un estilista»

La escritora Marta Sanz en la sede de Anagrama. / ELISENDA PONS

La escritora publica ‘Los íntimos’, unas nuevas memorias reflexivas sobre el oficio de escribir y los amigos y colegas que la han acompañado

Origen: Marta Sanz: «Si el estilo brilla en una mujer te llaman verbosa, tratándose de un hombre eres un estilista»

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Lectura: «Calle Londres 38», de Philippe Sands

El escritor y abogado británico Philippe Sands. / Marc Asensio

Esta es la historia de dos hombres execrables. Para qué nos vamos a andar con rodeos. Philippe Sands (Londres, 1960) construye dos relatos que se entrecruzan: el de la no extradición del dictador chileno Augusto Pinochet, detenido…

Origen: LIBROS | Crítica del libro de Philippe Sands ‘Calle Londres 38’ | El Periódico de España


Textos

Aguardaron. Al cabo de un rato le escoltaron hasta una escalera que subía por la parte trasera del edificio, hasta el primer piso. En otro cuarto, un guardia le ordenó que se quitara la ropa. Una vez desnudo, le hicieron tiernas espaldas sobre el somier de un viejo catre, metálico y frío. A continuación le ataron las muñecas y los tobillos al somier. Quedó despatarrado, como un cerdo en un espetón.


A última hora de la mañana del viernes 16 de octubre de 1998, Baltasar Garzón, titular del Juzgado Central de Instrucción n.º 5 de la Audiencia Nacional en Madrid, dio los últimos toques a su solicitud de extradición. De su puño y letra, escribió: DISPONGO: Decretar la prisión provisional incondicional de AUGUSTO PINOCHET UGARTE por los delitos de genocidio y terrorismo, librando órdenes de búsqueda y captura internacionales con multas de extradición. Librar urgentemente la orden internacional de detención a las autoridades judiciales británicas para su ejecución.


El lunes por la mañana, la segunda orden de detención estaba lista. «A las nueve la enviamos a la Interpol, con toda la información y la documentación justificativa necesaria. Incluimos genocidio, terrorismo y tortura, todos ellos crímenes internacionales, todos con jurisdicción universal.» Para entonces, la noticia de la detención de Pinochet se había extendido por todo el mundo. Las reacciones fueron tan intensas como heterogéneas.


En esta ciudad, poco después del golpe de Estado, también estuvo detenido ocho días Roberto Bolaño, acusado de terrorismo. «Salí de aquel agujero gracias a un par de policías que estudiaron conmigo en la universidad», escribió. Unos amigos de México, donde se exilió, dudaban de lo que contó. Bolaño «creó su propio mito», dijo una novia. Le «gustaba jugar a engañar y crear misterios», decía Jorge Herralde, su editor barcelonés. Según otro editor, que las narraciones de Bolaño eran «verdaderas o inventadas» carecía de importancia, «lo único que importaba era su valor literario».


«Le digo lo que se decía: que a los que mataban los echaban a las máquinas. No se llevaban los cadáveres. Los hacían harina de pescado para pollos. Metían la harina en bolsas y la llevaban a las granjas de pollos.» Se interrumpió para dejar que yo similar lo que acababa de decir.


También se habló de que se guardaban cadáveres en las cámaras frigoríficas de la pesquera o se cargaban en El Kiwi, un removedor de fabricación alemana que operaba en la costa de San Antonio, y se hacían desaparecer en el mar. Tras la detención de Pinochet en Londres, el patrón y el piloto de El Kiwi contaron cómo una vez, a medianoche, en un muelle de San Antonio, cargaron una docena de «cuerpos envueltos» con pleno conocimiento del jefe del puerto, al que Contreras había nombrado. A los tres miembros de la tripulación los encerraron en la sala de anclas mientras arrojaban los cuerpos al océano. A raíz de este testimonio, un juez investigó los hechos, pero no llegó a acusar a nadie.

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Escribir como un premio Nobel es fácil – Zenda

Cualquiera puede escribir como Jon Fosse. Diálogos que no dicen casi nada y personajes que no van a ninguna parte. No hay trama.

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El cuento. Roberto Bolaño

A mí me pidieron una vez que escribiese un decálogo de cómo se debería escribir un cuento, lo hice en plan de broma, pero el último de los puntos iba bastante en serio, decía que los dos más grandes cuentistas eran Anton Chéjov y Raymond Carver. Para mí Carver es un cuentista gigantesco, mejor aun que Hemingway, la capacidad de crear en cualquier situación una atmósfera que pesa, es inigualable. Todos hemos aprendido de ese relato atmosférico que le llaman, que te pesa a ti como lector, que los personajes se mueven apartando cosas, sientes la presión física, como si estuvieras en otro planeta, en otra gravedad.

Roberto Bolaño

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