Álbum de Bibliotecas en construcción. CLXXVI

Biblioteca Harold Washington
Biblioteca playera
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Fernando Pessoa, poeta breve

Cuando te arreglas el pelo
con la mano, distraída,
se me enreda por completo
lo que pienso de la vida.

pessoa

Fernando Pessoa. “Cantares”

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Reflexiones. Lou Andreas-Salomé

La vida humana —qué digo, la vida en general— es poesía. Sin darnos cuenta la vivimos, día a día, trozo a trozo. Pero, en su inviolable totalidad, es ella la que nos vive, la que nos inventa. Lejos, muy lejos de la vieja frase “hacer de la vida una obra de arte”; no somos nuestra obra de arte.

Lou Andreas-Salomé

(A través de Literland)

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Entrevista: Vivian Gornick: “Estar sola es una postura política”

ERIK TANNER

Observadora aguda y mordaz, la autora de «Apegos feroces» repasa su trayectoria feminista, celebra el rol cada vez más poderoso de la mujer y alerta de peligros como el dogmatismo, la corrección política o la “furia” emocional. Le preocupa la “cultura del rollo de una noche” y —dos veces separada— cree que estar sola es una postura política.

Origen: Entrevista: Vivian Gornick: “Estar sola es una postura política” | EL PAÍS Semanal

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Lectura: «El infinito en un junco». Irene Vallejo

El libro, un invento asombroso

El amenísimo ensayo de la filóloga y novelista Irene Vallejo es seguir la fortuna de esta extraordinaria invención durante sus primeros siglos de vida

Origen: El libro, un invento asombroso | Babelia | EL PAÍS

https://loscuadernosdevieco.blog/2019/10/31/el-infinito-en-un-junco-la-invencion-de-los-libros-ahora-y-siempre/


Textos

Ptolomeo III ansiaba las versiones oficiales de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides conservadas en el archivo de Atenas desde su estreno en los festivales teatrales. Los embajadores del faraón pidieron prestados los valiosos rollos para encargar copias a sus minuciosos amanuenses. Las autoridades atenienses exigieron la exorbitante fianza de quince talentos de plata, que equivale a millones de dólares de hoy. Los egipcios pagaron, dieron las gracias con pomposas reverencias, hicieron solemnes juramentos de devolver el préstamo antes de que transcurrieran —digamos— doce lunas, se amenazaron a sí mismos con truculentas maldiciones si los libros no volvían en perfecto estado y a continuación, por supuesto, se los apropiaron, renunciando al depósito. Los dirigentes de Atenas tuvieron que soportar el atropello. La orgullosa capital de tiempos de Pericles se había convertido en una ciudad provinciana de un reino incapaz de rivalizar con el poderío de Egipto, que dominaba el comercio del cereal, el petróleo de la época


El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor


Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podría desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.


… amenazadoras palabras inscritas en la biblioteca del monasterio de San Pedro de las Puellas de Barcelona, que encuentro citadas en Una historia de la lectura, de Alberto Manguel: «Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe en la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas…


La primera palabra de la literatura occidental es «cólera» (en griego, ménin). Así empieza el hexámetro inicial de la Ilíada, sumergiéndonos de golpe, sin contemplaciones, en el ruido y la furia. Con la ira de Aquiles se inicia la ruta que nos lleva a los territorios de Eurípides, a Shakespeare, a Conrad, a Faulkner, a Lorca, a Rulfo.


Tú, que lees este libro, has vivido durante algunos años en un mundo oral. Desde tus balbuceos con lengua de trapo hasta que aprendiste a leer, las palabras solo existían en la voz. Encontrabas por todas partes los dibujos mudos de las letras, pero no significaban nada para ti. Los adultos que controlaban el mundo, ellos sí, leían y escribían. Tú no entendías bien qué era eso, ni te importaba demasiado porque te bastaba hablar. Los primeros relatos de tu vida entraron por las caracolas de tus orejas; tus ojos aún no sabían escuchar. Luego llegó el colegio: los palotes, los redondeles, las letras, las sílabas. En ti se ha cumplido a pequeña escala el mismo tránsito que hizo la humanidad desde la oralidad a la escritura.


Durante los años humillantes, además de mi familia, me ayudaron cuatro personas a las que nunca he visto: Robert Louis, Michael, Jack, Joseph. Más adelante descubriría que son más conocidos por sus apellidos: Stevenson, Ende, London y Conrad. Gracias a ellos aprendí que mi mundo es solo uno de los muchos mundos simultáneos que existen, incluidos los imaginarios. Gracias a ellos descubrí que podía almacenar fantasías acogedoras y guardarlas en mi habitación interior para buscar refugio cuando allá fuera arreciase el granizo. Esa revelación cambió mi vida.


El alfabeto de mi infancia, el que me observa ahora mismo desde las hileras oscuras del teclado de mi ordenador, es una constelación de letras errantes que los fenicios embarcaron en sus naves. Surcaron el mar rumbo a Grecia, luego navegaron hacia Sicilia, buscaron las colinas y los olivares de la actual Toscana, merodearon por el Lacio y, de mano en mano, fueron cambiando hasta alcanzar el trazo que hoy acarician mis dedos.


Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida.

Irene Vallejo

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Minicuento: «El hombre que contaba historias». Oscar Wilde

Había una vez un hombre muy querido de su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron

:-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

FIN

Oscar Wilde
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Escribir. Alice Munro

Escribo sin pensar si hay un tema de fondo, pero sé que una idea sólo me interesa si tiene alguna complejidad moral, si tiene varias aristas. No es que me guste crear personajes que estén reflexionando sobre problemas morales, pero sí marcar cómo de las decisiones que uno toma, de las rutas que se elige, uno se puede arrepentir tiempo después. Al mismo tiempo pienso que hay momentos en la vida en los que hay que ser egoísta en un grado tal que, luego, de mayor, uno pueda condenarlo. De eso trata ser humano.

Alice Munro

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El hechizo eterno de Leonard Michaels

Leonard Michaels

En la lista de autores de culto pendientes de rescatar, el nombre de Leonard Michaels (Nueva York, 1933; Berkeley, 2003) se escribe con letras góticas. Protagonista de un debut deslumbrante con su primera colección de relatos en 1969, Michaels estaba llamado a ser uno de los grandes de su generación. Por su oído para el ritmo de las frases, por esa obsesión con la palabra exacta […]

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Antología de pequeños textos literarios. Rainer María Rilke

Deja que todo te suceda
Belleza y terror
Sólo sigue adelante
Ningún sentimiento es definitivo.

Rainer María Rilke

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Robert Walser, el maestro de Kafka que menguó tanto que acabó desapareciendo

Robert Walser bajo la nevisca

Apareció muerto un 25 de diciembre, sobre un lecho de nieve. Pasó 23 años recluido en un sanatorio mental. Quiso hacerse cada vez más pequeño, hasta desaparecer

Origen: Libros: Robert Walser, el maestro de Kafka que menguó tanto que acabó desapareciendo

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