Biblioteca Palafoxiana, breve historia de un tesoro de la humanidad

Foto: © Fernanda Orendain

Cuenta con el título de Memoria del Mundo por la UNESCO y se considera la primer biblioteca púbica en el continente americano.

Origen: Biblioteca Palafoxiana, breve historia de un tesoro de la humanidad

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Álbum de Bibliotecas en construcción. CLXXXVII

Biblioteca Schoelcher (Martinica)

Biblioteca Convento Santo Domingo. Lima. Perú
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Recopilación de textos fotografiados. «Vista cansada». Ángel González

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¿Para qué sirve la poesía?. Jorge Luis Borges

Dos personas me han hecho la misma pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte? ¿para qué sirve el sabor del café? ¿para qué sirve el universo? ¿para qué sirvo yo? ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

Jorge Luis Borges

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Un náufrago en Veracruz. Elena Poniatowska

En este retrato inédito, Elena Poniatowska escribe sobre la obra narrativa del escritor veracruzano Sergio Pitol, uno de los grandes nombres de las letras mexicanas.

Origen: Los chicos por el futuro. La resistencia de una generación ante la crisis ambiental | Gatopardo

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Texto. Mircea Cărtărescu

¿Cómo es posible que existamos? ¿Quién ha permitido este escándalo y esta injusticia? ¿Este horror, esta abominación? ¿Qué imaginación monstruosa envolvió la conciencia en carne? ¿Por qué hemos descendido a este cenagal, a esta jungla, a estas hogueras llenas de odio y furia? ¿Quién nos ha obligado a tener huesos y cartílagos, esfínteres y glándulas, riñones y uñas, pieles e intestinos? ¿Qué hacemos en este mecanismo sucio y blando? ¿Quién ha consentido el dolor, quien ha consentido los sentidos? ¿Qué tenemos que hacer con los racimos de células de nuestro cuerpo? ¿Con la materia que fluye por él como a través de un tubo de carne agónica? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tomadura de pelo es esta? ¡Protestad, protestad contra la conciencia enterrada en la carne!

Solenoide

Mircea Cărtărescu

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Crítica: «El espectador». Imre Kertész. José María Guelbenzu

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Antología de pequeños tesoros literarios. Alda Merini

Los poetas trabajan de noche,
cuando el tiempo no les urge,
cuando se calla el ruido de la multitud
y termina el linchamiento de las horas.

Los poetas trabajan en la oscuridad como halcones nocturnos o ruiseñores de canto dulcísimo y temen ofender a Dios.

Pero los poetas, en su silencio, hacen mucho más ruido que una dorada cúpula de estrellas.

Alda Merini


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El lugar de las ilusiones, Julien Gracq

La arquitectura y el urbanismo actuales persiguen en las casas modernas, hasta no dejar ya ni rastro de él, el desván, cueva de tesoros, sésamo de la imaginación infantil, igual que hacen también c…

Origen: El lugar de las ilusiones, Julien Gracq – Calle del Orco

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Lectura: «Dime una adivinanza». Tillie Olsen

Tillie Olsen a los 60 años

Tillie Olsen, una adivinanza perenne

La recuperación de los cuatro relatos ‘Dime una adivinanza’, que sorprenderán al lector por su osadía formal al estilo de Cynthia Ozick o Thomas Pynchon, sabe a pequeño gran acontecimiento

Origen: Tillie Olsen, una adivinanza perenne | El Cultural


Textos

Aquí estoy, planchando, y aquello que usted me preguntó oscila atormentado, atrás y adelante, al compás de la plancha. «Me gustaría que encontrara un rato para venir a verme y hablar de su hija. Estoy segura de que podrá ayudarme a entenderla. Es una chica que necesita ayuda y yo estoy muy interesada en ayudarla». «Que necesita ayuda…». ¿De qué serviría que yo fuera a verla? ¿Acaso cree que, porque soy su madre, tengo la clave, o que usted podría usarme como clave de algún modo? Mi hija ha vivido diecinueve años. Gran parte de esa vida ha transcurrido fuera de mí, por encima de mí. Además, ¿cuándo queda tiempo para recordar, cribar, sopesar, estimar o hacer balance? En cuanto empiece, alguien me interrumpirá y tendré que volver a recogerlo todo una y otra vez. O si no, quedaré sepultada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber sido y lo que no pudo evitarse.

Del relato «Aquí estoy planchando»


Nunca llegaré a una conclusión. Nunca llegaré a decir: «Era una niña que apenas sonreía. Su padre me abandonó antes de que cumpliera un año. Tuve que trabajar durante sus primeros seis años, cuando había trabajo, o llevarla a casa de la familia de su padre. Odiaba ir a la guardería. Era morena y flaca y con pinta de extranjera en un mundo en que toda la admiración era para las niñas rubias con rizos y hoyuelos; era lenta cuando se premiaba la rapidez. Era hija de un amor ansioso, no orgulloso. Éramos pobres y no podíamos ofrecerle una tierra fértil donde crecer tranquila. Yo era una madre joven, una madre descentrada. Había otros hijos creciendo, con sus demandas. Su hermana pequeña parecía todo lo que ella no era. Hubo un tiempo en que no me dejó tocarla. Se guardaba demasiadas cosas, la vida que llevaba le hacía guardarse demasiadas cosas. La sabiduría me llegó demasiado tarde. Pese a lo mucho que tiene dentro, no conseguirá sacar más que una pequeña parte. Es hija de su época, de la depresión, la guerra y el miedo».

Del relato «Aquí estoy planchando»


Llevaban casados cuarenta y siete años. Nadie podía decir cuán profundas se hundían las tercas y retorcidas raíces de la disputa. Solo ahora, cuando las necesidades de los demás ya no los mantenían encadenados el uno al otro, las raíces se volvían visibles, para quebrar la tierra entre ellos y, en su desgarro, sacudir a los hijos, crecidos hace tiempo.

Del relato «Dime una adivinanza»


Vivi metida de lleno en el largo y bello laberinto de esa embriaguez. Los antiguos y viejos ruidos: los sonidos del bebé, la madre que grita fustigada por la exasperación, las peleas de niños, sus juegos, las canciones y las risas.

Del relato «Dime una adivinanza»


—¿Cuándo llegará el fin? Ay, el fin. —Pensó que la invadía de nuevo la pesadilla y, esta vez, se retorció, se acurrucó a su lado, le tomó la mano (por un momento volvió a sentir el peso del suave y distante clamor de la humanidad) y, aferrándose al poco aliento que le quedaba, rogó—: Hombre… ¿tú y yo vamos a destruirnos? Y al buscar una respuesta —en el desamparo de la pena y el miedo por ella (por ella) que desfiguraba el rostro de él—, pudo entender esos últimos meses y supo que se estaba muriendo. Del relato «Dime una adivinanza»

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