La vida de muchas personas, de la mayoría, está llena de misterio, pero hoy día todo va superrápido y apenas si hay tiempo para sentarse a fantasear o a percatarse de ello. Cada vez quedan menos lugares en el mundo desde los cuales ver bien las estrellas en el firmamento nocturno, y si uno reside en Los Ángeles tiene que hacer muchos kilómetros, hasta los lagos secos, para verlas. Una vez estábamos allí rodando un spot y a las dos de la mañana apagamos los focos, nos tumbamos en el lecho del desierto y miramos. Billones de estrellas, Billones. Algo realmente poderoso. Y ahora como apenas las vemos, nos olvidamos de lo imponente que es ese espectáculo.
Para que la noche duela menos, para aliviarme de las ausencias, para curar el mal de ojo en mi corazón, para la resaca de amores de una sola noche: POESÍA.
Lo que me parece secreto de la poesía es la facultad —muy poco repartida— de transmutar una realidad sensible llevándola primero a esa suerte de incandescencia que permite hacerla virar hacia una categoría superior. Creo que para eso basta con grandes reservas de amor.
Zenda publica en exclusiva un poema y una carta del escritor Robert Walser (1878-1956) que la revista literaria Turia publica a partir de hoy en un número que dedica 115 páginas al autor de Jakob von Gunten. «¿Qué se me ocurrió?» es el título de los versos que el autor suizo escribió un año antes… Leer más
La primera novela traducida al castellano de Hélène Gestern reivindica el poder de la memoria a través de un viaje por el siglo XX y el horror de la guerra de trincheras
Recuerdo un Domingo de Pascua, en el balcón, con el barrio sumergido en el letargo de un puente durante el que había hecho un tiempo maravilloso. París estaba desierto; el sol implacable golpeaba las fachadas con su blancura, una blancura fantasmal, y el silencio, un silencio que se colaba bajo la piel y tomaba posesión del cuerpo en su totalidad. Estaba sentada en el balcón, la luz me inundaba, ya no sentía nada, no era nadie, traslúcida y ausente en el mundo, solo el iris del sol que me atravesaba y hacía estallar cada una de las moléculas de mi carne en un vértigo blanco, fascinante, extraordinario. Comprendí que nunca podría olvidar aquel momento, uno de los más plenos de mi existencia. Pero también supuso el indicio de algo que no quería ver: estaba a punto de deslizarme hacia la locura. Y ya no había nadie que pudiese evitarlo.
Sector de P., 16 de diciembre de 1914 Mi querido Anatole: Al fin unas horas por delante para escribirte. Qué larga se me está haciendo la guerra… Y eso que solo llevo cuatro meses aquí… Gracias a Dios, ha dejado de llover y hace tres días que nadie nos ataca: todos nos preguntamos qué estarán tramando los alemanes. Durante los días de espera, después del frio y los piojos, el aburrimiento y el desánimo son nuestros peores enemigos. Le pedí al pastor Brémont que cada día leyera en voz alta, tras la cena, un fragmento de la Biblia. Lagache, que es maestro en su vida civil, enseña a quienes lo desean los rudimentos del alfabeto. Algunos de estos muchachos apenas saben leer y escribir… El resto del tiempo, entre los asaltos, jugamos a la malilla, leemos nuestras cartas, fumamos en pipa cuando hay tabaco o intentamos dormir un poco. Por fin recibí noticias de Diane Nicolaï, que me dice que está retenida en Othiermont. Cuando vayas allí, pídele a Blanche que la invite a tomar el té. Es una joven sorprendente. Le gustaría cursar estudios de matemáticas, pero su padre no la apoya. Un fraternal abrazo, Willecot
Me quedé paralizada. Estaba tomando prestada la vida de otra persona, me ponía en su lugar, adoptaba su historia. ¿Era malsano, morboso, inmoral? No lo sabía, y no quise plantearme la pregunta. Me limité a dejarme guiar por una memoria que no me pertenecía, pero a la que me rendía sin cuestionarla. Porque, gracias a aquella investigación sobre las cartas centenarias de un soldado cuya existencia ignoraba apenas unos meses antes, algo infinitamente lento había empezado a agitarse en mi interior, algo que aún no tenía forma ni nombre, pero que empujaba en la oscuridad los muros de la tristeza para reclamar el enunciado de la luz.
La guerra es un espectáculo terrorífico, ¿sabes? Caen los obuses en las trincheras y la tierra tiembla y se levanta en forma de geiser; se asemeja al fin del mundo cada vez. Los paisajes están devastados. Solo quedan los troncos de los árboles, tronchados a media altura. A menudo pienso en el bosque de Ythiers, en nuestros paseos, y me pregunto qué quedará de él si la guerra llega hasta allí.
Lo que dibujo es la historia de un joven aristócrata, astrónomo y apasionado de la poesía, demasiado delicado para soportar, un mes tras otro, la acumulación de horrores y absurdos de los que es, a la vez, actor y testigo. En sus fotografías lo primero que registra es su estupefacción, su incredulidad por estar allí, una extrañeza que pone en escena en sus parodias fotográficas de la vida cotidiana, como remanentes de la vida de antes, y en segundo lugar, su asombro, renovado cada día, por haber sobrevivido. En medio de una violencia que lo desnuda y lo deshumaniza, se aferra a las palabras de su amigo poeta, a los problemas de matemáticas que le regala a una mujer-niña con la que se acaba encariñando, como nos encariñamos con quien está lejos, desde el desierto o la cárcel, siguiendo la exigencia enloquecida que empuja a todos los seres: depositar nuestras esperanzas en algo o alguien, inventar razones para vivir cuando la existencia ya no ofrece ninguna.
Tengo siempre mucho cuidado con las palabras pesimismo y optimismo. Una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes. No sé si mi nación perecerá y tampoco sé cuál de mis persona…
La relectura, operación opuesta a los hábitos comerciales e ideológicos de nuestra sociedad que recomienda “tirar” la historia una vez consumida (“devorada”) para que se pueda pasar a otra historia, comprar otro libro, y que sólo es tolerada en ciertas categorías marginales de lectores (los niños, los viejos y los profesores), la relectura es propuesta aquí de entrada, pues sólo ella salva al texto de la repetición.
Hay algo que Kafka tiene en común con Proust y, quién sabe si este algo se encuentra también en algún otro lugar. Se trata del uso del “yo”. Cuando Proust en su recherche du temps perdu, Kafka en s…
[…] sobre todo a Hemingway, a quien leía con atención para desentrañar la estructura de sus frases y aprender a estructurar un relato. Supongo que muchos jóvenes escritores hacían lo mismo, pero yo, además, ponía en práctica lo que aprendía en sus escenas de caza cuando salía al campo al día siguiente. Llevaba cazando desde los once años, pero nadie me había explicado con detalle la técnica de tiro al vuelo. Leyendo a Hemingway aprendí a cazar aves. Cuando Hemingway describe algo por escrito, puedes creerlo a pie juntillas. Uno puede creer lo que dice hasta cuando describe el arte en términos de béisbol o boxeo, porque sabe de lo que habla.
Ralph Ellison
Entrevista con Ralph Ellison (“The Paris Review”. 1953-1983)
Te espero al lado del puente antes de que den las doce. El pueblo estará dormido en lo alto de la torre -Cigüeña de cal al aire negro de la media noche-. mientras que el arroyo turbio adornado de faroles será novio de una adelfa cargada de maldiciones.
¡Amor, tú debes venir antes de que den las doce!
Llevo dentro de la sangre un potro de aceite y cobre que se encabrita sin bridas cada vez que oye tu nombre, y se desboca en espuma de sábanas y entredoses.
¡Ay, amor, amor oscuro… antes de que den las doce! Que no te sienta ni el miedo que acecha en tus corredores; ponte sandalias de nieve; y ven en un padrenuestro atravesando la noche, el puente de mis suspiros antes de que den las doce.
¡Ay, amor, mi amor oscuro! ¡Ay, amor de mis amores!
Los señores del casino dormirán en sus sillones con las cadenas de oro terciadas sobre su abdomen. Se habrá callado el piano de la señora de Ponce, en el acorde final del estudio de Beethoven…
Y solo, yo, velaré como un soldado de bronce, centinela sin alerta en el cuartel de la noche. ¡Amor que vas a venir antes de que den las doce!
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)