Soy un escritor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que este» tumbado, ya sea en la cama o en un sofá con un cigarrillo y un café a mano. Tengo que estar dando caladas y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, paso del café al té verde y de ahí al jerez y a los martinís. Nunca utilizo máquina de escribir cuando empiezo, escribo la primera versión a mano (a lápiz). Luego hago una revisión completa, también a mano. Me considero en esencia un obseso del estilo y concedo gran importancia a la colocación de una coma, al peso de un punto y coma. Este tipo de obsesiones, y el tiempo que les dedico, me irritan muchísimo.
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Veamos, estábamos en la revisión completa, el segundo borrador. Luego escribo a máquina un tercer borrador en papel amarillo, un tipo muy especial de papel amarillo. Tampoco me levanto de la cama para hacerlo. Sostengo la máquina sobre las rodillas. Y me funciona muy bien: tecleo cien palabras por minuto. Luego, cuando el borrador amarillo está terminado, dejo descansar el manuscrito durante una temporada, una semana, un mes, a veces más tiempo. Cuando lo retorno, lo leo con la mayor frialdad posible, luego lo leo en voz alta a uno o dos amigos y decido qué cambios quiero introducir y si quiero publicarlo o no. He tirado unos cuantos relatos cortos, una novela entera y otra a la mitad. Pero si todo va bien, mecanografío la versión final en papel blanco y ya está.
Truman Capote
Entrevista con Truman Capote (“The Paris Review”. 1953-1983)
Como si esto fuera lo que querría escribir un hombre al que no le queda nada por hacer en su vida salvo conservar su dicha en secretos cuadernos garabateados. No, tendré que intentarlo de nuevo, empezar desde cero, de nuevo. El entusiasmo es un diseño que debe entretejerse otra vez en este desnudo corazón aullante, detesto mi vida ahora no la adoro, maldita sea.
No es nunca el autor el que hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector. Lector riguroso, con sutileza, con lentitud, con tiempo e ingenuidad armada. Sólo él puede hacer una obra maestra.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)