Homenaje a Antonio Machado en Colliure (Francia), en 1959. En primer término a la izquierda: Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y Caballero Bonald. Detrás, Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente y Alfredo Castellón.
Tal vez sea el libro más inquietante de los publicados en español durante el año pasado: Suzanne y Louise ( Los Tres Editores / Comisura), del fotógrafo y escritor
Para mí, el hilo de Ariadna ha sido siempre la huella de la tinta en el papel (quizá por eso escribo a mano). Para otros es la huella del cincel en la piedra o del pincel en el lienzo, o de las sombras en la pantalla del cine. Para otros son las mañanas y las tardes de sus vidas, los abrazos de sus amantes y otros miles de consuelos preciosos. Pero cada uno de nosotros recorre su laberinto, guiado por el hilo brillante de una pasión.
Richard Powers, escritor ganador del Pulitzer: “Lo que Trump y Musk pueden hacerle a la democracia es peor que nuestras peores pesadillas” | Cultura | EL PAÍS
La cara de Richard Powers (Illinois, Estados Unidos, 67 años) aparece al otro lado de la pantalla sonriente. El Zoom es casi la única forma de entrevistar a un escritor que desde hace una década…
El novelista estadounidense Richard Powers, en una fotografía cedida por su editorial.
Blanca Lacasa, escritora: “Pretty Woman’ me parece una película de terror”
La periodista Blanca Lacasa se adentra en la ficción con ‘El accidente’, un relato “chica conoce a chico” que retrata la lógica arrebatada del enamoramiento
Blanca Lacasa ha publicado ‘El accidente’ en Libros del Asteroide.Laura C. Vela
Es viernes. Un viernes de un mes que ella ya no recuerda. Un viernes normal. Normal si no fuera por todo lo que pasó después. Ella sale de la Filmoteca. Ni siquiera recuerda lo que ha ido a ver. Pero ella sale del cine. Eso es seguro. Y se va a un bar cerca. Allí están ellos. Sus amigos. Los que en ese momento y también muchos años antes eran sus amigos. Ella recordará ese día por su peinado. Es algo que suele sucederle. Acordarse de situaciones importantes por su pelo o por cómo va vestida. No sabe por qué, pero le pasa. Ese día ella recuerda que lleva el pelo hacia atrás. Y es raro. No suele. Ella ya está en el bar. Y pide una cerveza. Hay bastante gente. Muchísima, de hecho. Pero ella acaba hablando con una de esas amigas suyas y con otros dos.
Ahora es jueves. Un jueves en el que ella ha empezado a hacer un puzle. Ella no hace puzles. Pero ella, de pronto, un jueves, en casa de su madre, ha despejado una mesa entera para hacer un puzle de mil piezas. Mientras separa las piezas —por un lado las de bordes lisos que conformarán el exterior; por el otro, las de entrantes y salientes que con suerte compondrán el resto—, ella se fuerza en no pensar. Cuando ya tiene casi todo el borde hecho, ella recibe un mensaje. Él le manda un mensaje. Le dice que una de las canciones que puso aquella noche en su casa se ha convertido en la canción de la semana. Ella se sienta. Mira el puzle. Él ha estado escuchando las canciones que ella puso. Entonces ella olvida todas sus reservas del lunes. Que hizo el ridículo, que no debió, que quizás no fuera buena idea.
Ese viernes ella hace cosas que hacía mucho que no hacía. Ella se va a un centro comercial a ver un partido de baloncesto. No porque no pueda verlo en casa. No porque no tenga televisor. Solo que las circunstancias se dan así. Y, por primera vez en mucho tiempo, no le importa estar sola en una gran superficie, de pie, más de dos horas, haciendo lo contrario de lo que se hace en ese tipo de sitios. Gritando. Sola. No le molesta que la miren, que la tomen por loca, que la espíen. Le da lo mismo. Tiene muchísimo sueño, pero podría irse corriendo hasta su casa.
Él le dirá a ella lo bien que huele, lo suave que es su piel y lo mucho que le gusta su voz. Esto último es algo que a ella le sorprenderá por poco escuchado. Él morderá los pies de ella a pesar de los calcetines. Y levantará prudentemente la camiseta de ella para colocar sus manos sobre las costillas de ella. «Me flipan tus costillas.» A él le gustan las costillas de ella. Mucho. Y también cuando ella esté sentada frente a él, él la agarrará de la cintura, la levantará y la colocará sobre él en un gesto impecable y se besarán otra vez. Juntarán sus frentes y bufarán. Y todo será terriblemente sexual. Atrozmente apasionado. Ella recordará toda esa parafernalia con la mezquindad de un contable.
Quiero escribir porque siento la necesidad de destacar en un medio que me permita traducir y expresar la vida. No me basta limitarme a la tarea colosal de vivir. Ah, no, tengo que disponer la vida en sonetos y sextinas, y conseguir un foco verbal que proyecte la luz de 60 vatios de mi cabeza. El amor es una ilusión, pero no me importaría vivir en ella si fuera capaz de creérmela. De pronto, todo parece lejano, triste, frío como una piedra en el fondo de un precipicio; o cálido, próximo e inconsciente, como un cerezo en flor. Dios mío, dame la capacidad de pensar de un modo claro y brillante, de vivir, de amar, y de expresarlo todo de un modo hermoso a través del lenguaje, permite que un día descubra quién soy y por qué acepto cuatro años de manutención, exámenes y trabajos sin hacer más preguntas de las que hago.
El poeta y catedrático Gerardo Rodríguez Salas. (Juanmi García)
El poeta y catedrático de Literatura en Lengua Inglesa publica ‘Oxford Circus’ (Visor), un poemario donde la extranjería se convierte en el eje de una experimentación que interroga los cuerpos y el propio lenguaje
Cada lector se encuentra a sí mismo. El trabajo del escritor es simplemente una clase de instrumento óptico que permite al lector discernir sobre algo propio que, sin el libro, quizá nunca hubiese advertido.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)