Creo que lo que le lleva a alguien a escribir es descubrir por sí mismo una verdad; una verdad que había existido siempre, pero que él acaba de descubrir. Le parece tan conmovedora, que le resulta necesario contársela a todo el mundo de forma que les conmueva en la misma medida que a él. Intenta contar esa verdad de la mejor forma de la que es capaz. Puede que sea consciente de su probable fracaso, de que nunca logrará referir esa verdad de una forma que les parezca a todos los demás tan sincera, conmovedora, bella, apasionante, terrible, como le pareció a él, pero lo intentará. Lo intentará mediante distintos métodos, a través del estilo, pero sin pretender resultar difícil, ni oscuro, porque no persigue el estilo, no aspira al método, sencillamente intenta contar una verdad: la que lo perturbó tanto que tuvo que aplicarse a contarla de algún modo que le parezca lo bastante inquietante o auténtica, o bella, o trágica a cualquiera que la lea. Y esa es la razón de la oscuridad: que el escritor está tratando de contar la verdad que tanto le importa de la forma mejor y más conmovedora que puede. Ahora, si pudiera narrar esa misma verdad diez años más tarde, tal vez se daría cuenta entonces de que había elegido una mala forma de contarla la primera vez. Era demasiado oscura y podría hacerlo mejor ahora, pero ya es demasiado tarde; ya ha referido esa verdad y ahora tiene que contar otra. Y ese, creo yo, es el motivo de la oscuridad: no se trata de nada deliberado, porque a ningún escritor le sobra el tiempo para interesarse en exceso por el estilo o el método. La historia, la verdad que está contando, inventa su propio estilo, su propio método.
Con un poco de sueño todavía ella levanta la persiana y así se llena de oro y aire opalescente el cuenco de la habitación. Oh mañana, oh celeste soberbia, no me abrumes, no me agarres a la fuerza; no estoy preparada aún- piensa y a su vez lo musita a su débil reticencia- se te opone la dureza y la sombra de mi opacidad que la noche no consumió y el despertar no disipó. Por favor, nuevo día, ven, pero ven despacio, entra suavemente en la sustancia, enciéndeme como una lámpara, entonces seré votiva como debo y como quiero ser por ti, por mis semejantes, por el alma del mundo que nos conforta, nos ofende y mucho nos consuela, a nosotros, su parte.
Ahora es una época en la que da miedo estar vivo, en la que es difícil pensar en las personas como seres racionales. Dondequiera que miremos, vemos crueldad, estupidez… un deslizamiento generalizado hacia la barbarie que no podemos detener. Creo que realmente hay un deterioro, pero sólo porque todas estas circunstancias aterradoras nos ponen en hipnosis. Por lo tanto, no notamos -o subestimamos, si lo hacemos- las fuerzas igualmente poderosas del otro lado: las fuerzas de la razón, la cordura y la civilización.
Vanessa Springora, fotografiada en su casa de París a finales de agosto.Léa Crespi
La autora de ‘El consentimiento’ regresa con ‘El nombre del padre’, donde investiga los secretos de su familia: un abuelo nazi que se hizo pasar por refugiado checo, un padre homosexual reprimido y un apellido inventado para borrar todas las huellas
Aun antes de que con mi mal oído descubriera a Bach, caí en la cuenta de que las obras maestras van más allá del aburrimiento, no se detienen previamente. Lo que ahora me perturba de la literatura contemporánea es que no se atreve al riesgo del tedio.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)