El principio del iceberg. Ernest Hemingway

Si un escritor deja de ser observador está acabado. Aunque no hace falta observar de forma consciente ni pensar todo el tiempo en la posible utilidad de las cosas. Tal vez sea así al principio, pero luego todo lo que uno ve va a parar al gran depósito de cosas que sabe o ha visto. Por si a alguien le interesa, diré que siempre intento escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Siete octavas partes del total están bajo el agua. Puedes ocultar a la vista cualquier cosa que sepas, y tu iceberg tendrá mayor solidez, lo importante es lo que no se ve. Si un autor omite algo porque no lo sabe, crea una laguna en el texto. El viejo y el mar podía haber tenido más de mil páginas, y podían haber aparecido todos los personajes del pueblo y todas sus historias personales sobre cómo se ganaban la vida, dónde nacieron, que tipo de educación recibieron, cuántos hijos tuvieron, etcétera. Hay escritores que hacen eso de forma extraordinaria, pero en literatura estás limitado por aquello que ya se ha hecho de forma satisfactoria, y por eso intenté aprender a hacer algo distinto. Lo primero que hice fue tratar de eliminar todo aquello que no es necesario para trasladarle al lector una experiencia de tal forma que, cuando termine de leer, pase a formar parte de su propia experiencia y tenga la impresión de que ha ocurrido de verdad. Eso es algo muy difícil, y me ha costado mucho trabajo lograrlo. En cualquier caso, por no entrar en detalles sobre cómo se hace, diré que en el caso de ese libro tuve mucha suerte y no sólo pude transmitir la experiencia por completo, sino que resultó ser una experiencia que nadie había relatado antes. Por fortuna tenía entre manos a un buen hombre y un buen chico, últimamente parece como si los escritores hubieran olvidado que todavía existen esas cosas. El océano es digno de ser objeto de literatura, al igual que el ser humano. Tuve suerte con eso. He visto marlines aparearse y sé cómo lo hacen, de modo que eso lo dejo fuera. He visto un banco de más de cincuenta cachalotes en esas mismas aguas, y una vez alcancé con el arpón a uno de casi dos metros, pero al final lo perdí, de modo que eso también lo dejo fuera, igual que todas las historias que conozco del pueblo de pescadores. Pero esos conocimientos son la parte del iceberg que no está a la vista.

Ernest Hemingway

Entrevista con Ernest Hemingway (“The Paris Review”. 1953-1983)

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Cuaderno de poemas. «Arte poética». Jorge Luis Borges


Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.


Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche , que se llama sueño.


Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor, y un símbolo,


ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.


A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.


También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Jorge Luis Borges
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Twitter. Video: Lian Neeson leyendo un cuento para dormir

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Crítica: «La ciudad». Lara Moreno

Lara Moreno. Foto: Jairo Vargas

Erotismo, relaciones tóxicas y trastornos mentales en la novela urbana de Lara Moreno

La escritora pinta en ‘La ciudad’ un retablo de mujeres que sufren y luchan en un edificio, pretexto literario de su nueva obra, que aspira a un retrato colectivo de época

Origen: Las sombras de la vida privada de Picasso empañan la presentación oficial de su 50 aniversario

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Álbum de librerías incompleto 206

Librería del Museo Marítimo. Amsterdam

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Crítica: «Escenas de la novela argentina». Ricardo Piglia. Patricio Pron

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Cómo será el futuro. George Orwell (1984)

No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro. figúrate una bota aplastando un rostro humano… incesantemente.

George Orwell

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Video Twitter. «Stalker». Andrei Tarkovsky

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Lectura: «Todo cuanto amé». Siri Hustvedt

El aprecio por un cuadro de Bill Wechsler lleva al historiador de arte Leo Hertzberg a querer conocer a su autor. Una profunda amistad, basada por igual en afinidades y contrastes, los unirá desde entonces, e incluirá asimismo a sus familia. A lo largo de los años tres mujeres orbitan en su universo: Erica, la hermosa profesora casada con Leo, y las dos esposas del pintor. La primera Lucille, es una hermética y perfeccionista poeta; la segunda, Violet, antigua modelo, se dedica a la investigación psicológica. Pero cuando una muerte trágica sacude inesperadamente el mundo de estos personajes, entre ellos surge un nuevo orden, bajo el que late un oscuro engaño que acabará por erigirse en una amenaza de imprevisibles consecuencias. En esta ocasión la autora muestra su exquisita sensibilidad, su agudeza analítica y su maestría literaria en un apasionante estudio sobre las relaciones humanas y el proceso de la creación artística

(Contraportada)

Textos

«Allí, tumbada en el suelo del estudio —decía Violet en la cuarta misiva—, me dediqué a observarte mientras me pintabas. Me fijé en tus brazos y en tus hombros, y especialmente en tus manos mientras trabajabas en el lienzo. Hubiera querido que te volvieras hacia mí y te aproximaras y me frotaras la piel igual que frotabas la pintura. Quería que me oprimieras la carne con el pulgar del mismo modo que hacías con el cuadro, y pensé que si no me tocabas me volvería loca, pero ni me volví loca ni tú me tocaste una sola vez. Ni siquiera me estrechaste la mano.»


Supongo que todos somos producto del gozo y el sufrimiento de nuestros padres. Sus emociones permanecen grabadas en nosotros del mismo modo que la huella de sus genes.


La personas obnubiladas por el amor a menudo parecen ridículas a los ojos de otros; sus interminables arrullos, caricias y besos pueden resultar intolerables para otros amigos que ya han superado esa etapa. Bill y Violet, sin embargo, nunca hacían que me sintiera violento. A pesar de la evidente pasión que experimentaban el uno por el otro, jugaban a controlarse y procuraban reprimirse cuando Erica o yo estábamos en la habitación, y ahora creo que esa tensión común que creaban era precisamente lo que más me gustaba. Siempre pensé que se hallaban conectados por un cable invisible y hasta tal punto tenso que amenazaba con romperse.


Durante el año que siguió a la muerte de Bill noté que me sentía continuamente desorientado: o bien no sabía lo que estaba viendo en un momento determinado, o bien no sabía cómo interpretar lo que veía, y aquellas experiencias han dejado en mí vestigios que hoy me producen un estado de inquietud casi perpetuo. Aunque hay ocasiones en que se desvanece por completo, por lo general puedo sentir su presencia acechante bajo las actividades ordinarias del día, como una sombra interior arrojada por el recuerdo de haberme sentido completamente perdido en otro tiempo.


Siempre que muere un artista, su obra comienza lentamente a reemplazar a su cuerpo, convirtiéndose así en su sustituto corpóreo en este mundo. Se trata de un proceso, supongo, inevitable. Al pasar de una generación a otra, ciertos objetos de utilidad, tales como sillas o platos, pueden parecer temporalmente infundidos del espíritu de sus antiguos dueños, pero esa condición sucumbe con bastante rapidez a sus funciones pragmáticas. El arte, por su inutilidad intrínseca, se resiste a verse incorporado a la cotidianidad, y cuando es mínimamente potente parece alentar con la vida de la persona que lo creó.


Las historias que relatamos sobre nosotros mismos sólo pueden narrarse en pasado. El pasado se remonta hacia atrás desde donde ahora nos encontramos, y ya no somos actores de la historia sino espectadores que se han decidido a hablar. En ocasiones, el rastro que dejamos se ve señalado por guijarros como los que Hansel dejaba a su paso. En otras, el rastro desaparece porque los pájaros han descendido al alba y han devorado todas las migajas. La historia vuela sobre las lagunas, rellenándolas con las hipotaxis de un «y» o un «y entonces». Yo mismo lo he hecho en estas páginas para no salirme de un camino que sé interrumpido por baches superficiales y varios pozos más profundos. Escribir es un modo de localizar mi hambre, y el hambre no es sino un vacío.

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La última llamada de Cesare Pavese

Cesare Pavese. Foto: Archivo Gilardi

Acababa de recibir en julio el premio Strega, el más prestigioso de las letras italianas, por ‘El bello verano’, pero se sentía agotado. Decidió quitarse la vida a finales de agosto

Origen: La última llamada de Cesare Pavese

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