Umberto Eco: En uno de mis libros hacía yo una distinción entre el imbécil, el cretino y el estúpido. El cretino no nos interesa porque es un individuo que en lugar de llevarse la cuchara a la boca se la lleva a la frente; no nos interesa porque es aquel sujeto que no entiende lo que le estás diciendo. Su caso es sencillo. Por el contrario, la imbecilidad es una cualidad social y, en lo que a mí respecta, también puedes llamarla de otro modo, dado que para algunos «estúpido» e «imbécil» son términos que se refieren a la misma cosa. El imbécil es aquel que siempre, llegado el momento, se le ocurrirá decir exactamente lo que no debería decir. Es el autor de metidas de pata involuntarias. Por el contrario, el estúpido es diferente; su déficit no es social sino lógico. A primera vista, tal parece que razona de una manera correcta; y resulta muy difícil darse cuenta, de inmediato, que esto no es así. Por eso es peligroso. […]
Jean-Claude Carrière: Yo creo que al estúpido no le basta con equivocarse. Afirma claro y fuerte su error, lo proclama a los cuatro vientos, quiere que todos lo escuchen. Es sorprendente ver lo estridente que es la estupidez. «Ahora sabemos por fuentes fidedignas que…». Y le sigue una garrafal sarta de estupideces.
Umberto Eco: Tienes toda la razón. Si empiezas a afirmar con insistencia una verdad común, trivial, de inmediato se transforma en una estupidez…
Jean-Claude Carrière: Flaubert dice que la estupidez consiste en querer sacar conclusiones. El imbécil quiere llegar, por sí solo, a soluciones perentorias y definitivas. Le gustaría ponerle fin de una vez y para siempre a los argumentos. Pero esta estupidez, que de ordinario es percibida como una verdad por un cierto tipo de personas, para nosotros ha sido, en el transcurso de la historia, extremadamente instructiva. Quizá sería necesario pensar y, por otra parte, tú ya lo estás haciendo, en una historia general del horror, de la ignorancia, así como de la brutalidad. […]
Nadie acabará con los libros de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière
Mi tarea es el matiz. Updike y Bellow apuntan su linterna hacia el mundo, lo revelan como es. Yo cavo un pozo en él e ilumino el agujero. No me cansaré de anotar, corregir, buscar bifurcaciones con tal de evitar una versión definitiva. Tengo la decencia de la duda.
‘Los nombres’, de Florence Knapp, hijos de Saturno
¿Qué peso puede tener un nombre en una vida? En su ópera prima, la escritora imagina tres destinos posibles marcados por esa elección inicial y construye un intenso drama sobre la violencia doméstica
La madre de Cora siempre decía que el viento excitaba a los niños, que incluso los más tranquilos parecían alterados después de jugar. Cora siente ahora ese mismo desasosiego. Las ráfagas embisten los abetos que hay detrás de la casa, se cuelan por el pasillo lateral y acaban estallando contra la verja de fuera mientras las preocupaciones también la sacuden y la agitan por dentro. Porque al día siguiente —si amanece, si amaina la tormenta—, Cora irá al registro civil para inscribir el nombre de su hijo. O mejor dicho, y ésta es su verdadera inquietud, para formalizar en quién se convertirá. (…)
Nunca le ha gustado cómo suena el nombre de Gordon. Empieza con un crujido, como la pasta de caramelo cuando se enfría en el cazo, y termina con un ruido sordo, que recuerda a una bolsa de deporte chocando contra el suelo. Gordón. Pero lo que más la angustia es verter la bondad.
Se detiene porque él la está observando sin pestañear. Se siente como si tuviera un ataque de vértigo subiendo a una escalera y quisiera saltar y acabar de una vez. Hace un gran esfuerzo para no arrodillarse a sus pies y dejar que la patee: casi preferiría pasar de buenas a primeras y no intentar evitar lo ineludible, porque sólo está postergando lo que sabe que va a suceder. Luego piensa en Bear, en el armario del dormitorio, y en Maia, merendando en la cocina de Mehri, y se endereza.
Maia no sabe cómo descubrió que es gay. Tal vez fue al año siguiente de que se marchara su padre. Recuerda que la profesora de natación las dividió en dos grupos, el A y el B. El B debía esperar a un lado mientras que el A se metía en la piscina. Todavía puede ver a Fern zambulléndose y volviendo a salir. Manteniéndose en posición vertical, con la cabeza hacia atrás. Fern le suena, con su suave pelo negro flotando en la superficie como un semicírculo. Y Maia sintió un vuelco en el estómago, y se le ensanchó el pecho con una sensación a la vez maravillosa y sorprendente, igual que un globo que se infla. Tuvo que mirar hacia otro lado. Incluso en ese momento había sabido que Fern la quería, pero no de esa manera.
Su madre, Sílbhe, se movía por la casa sin hacer ruido, preparaba tazas de té, lavaba la ropa, improvisaba comidas que no dejaban rastro en la cocina. Cada noche acampaba a los pies de la cama donde dormía Cora con los niños. Era una guardiana de pelo gris que se interponía entre ellos y la puerta.
Un martes de junio, Cian rodea la casa con un puñado de zanahorias recién arrancadas en las manos y ve por la ventana a Sílbhe tendida en el suelo de la sala de estar. Corre hacia ella esperando que sólo tenga un rasguño, nada serio, pero la encuentra con la boca abierta y una expresión apacible. Se arrodilla a su lado y hace lo que suele hacerse instintivamente: le acerca una oreja a los labios, le toma el pulso de la muñeca. Eso sólo confirma lo que ya sabes. Se lleva la mano aún caliente de ella a la mejilla y llora. Porque no han tenido suficiente tiempo. Porque no quiere aceptar que ha llegado el fin de su vida en común. Se va la luz, el frío empieza a colarse por la puerta abierta y el cuerpo de ella se va enfriando, y él no se mueve. Se queda con ella toda la noche, sin estar preparado para pasar a la siguiente fase que sabe que tiene que llegar. La de las llamadas telefónicas y condolencias. Y la de su ausencia. De momento, y durante unas pocas horas, estarán los dos solos.
Intenta traer a la memoria a sus pacientes, a la gente a la que alguna vez ha ayudado, pero sólo puede verlos fugazmente antes de volver a tener delante al rostro magullado de Cora. Su hija que elude su mirada. Los berridos de su hijo pequeño. Y la verdad es ésta: a las personas a las que estaba destinada a amar sólo les hizo daño. Entonces grita, un sonido gutural. Porque está muy claro. Tenía una vida y podría haberla vivido de otra manera.
El escritor Juan Gómez Bárcena, fotografiado en Madrid. / José Luis Roca
En unos días llegará a las librerías su nueva novela, ‘Abril o nunca’, una historia escrita en un momento personal difícil sobre las segundas oportunidades que nunca nos da el pasado
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)