Hoy estamos anegados en palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras e imágenes. La estupidez nunca es muda ni ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición vacuolas de soledad y de silencio a partir de las cuales podrían llegar a tener algo que decir. Las fuerzas represivas no impiden expresarse a nadie, al contrario, nos fuerzan a expresarnos. ¡Qué tranquilidad supondría no tener nada que decir, tener derecho a no tener nada que decir, pues tal es la condición para que se configure algo raro o enrarecido que merezca la pena de ser dicho!
Sabato: Tal vez yo sea excesivamente sentimental. Pero quiero que me diga si alguna vez no se le cayeron lágrimas leyendo el Quijote. Borges: (Como si mirase hacia un lugar muy lejano para nosotros…
¿En qué momento aprendí a escribir frases literarias? Ahí puede estar el quid de la cuestión, la esencia de todo aprendizaje retórico. ¿En qué momento uno se convierte en escritor? Posiblemente en el momento en que traspasa la frontera que separa una frase vulgar de una literaria. Si no recuerdo mal, Pere Gimferrer, en Itinerario de un escritor cita estos versos de Góngora: «quejándose venían sobre el guante / los raudos torbellinos de Noruega». […] Gimferrer nos explica el significado de estos versos aparentemente difíciles de comprender: el guante es el guante de los halconeros […]. «Los raudos torbellinos de Noruega» quiere decir los halcones que se suponía que venían de tierras hiperbólicas, precisamente de Noruega, que en aquel momento era un nombre genérico y extraordinario. / Está claro que Góngora podría haber utilizado un lenguaje más directo, más vulgar. Lo habríamos entendido mejor, pero no habríamos leído unos versos memorables, sino una frase de absoluta banalidad prosaica, como una de esas frases que solemos entrecruzarnos siempre con los taxistas de nuestras ciudades nerviosas./ La literatura apareció en mi guante como un raudo torbellino de Noruega.”
Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa, a su llegada al Universal Music Festival de Madrid en julio pasado.CORDON PRESS
Mario Vargas Llosa ha acabado un libro y está en puertas de publicarlo, y en ese espacio sagrado entre el punto final y la librería, su vida ha convulsionado
Los seres humanos se relacionan con los libros, en particular con las novelas con una intimidad que no se aplica a los demás objetos inanimados (…) Los libros se registran no solo como pensamientos articulados en el lector, sino también como emoción, shock, dolor, sorpresa, placer, alivio. Hasta que el lector no devuelve a la estantería el libro, este no recupera su condición de mero objeto, e incluso entonces la historia puede vivir en él como un recuerdo, que se evoca no como un largo recitado de frases encadenadas una tras otra, sino como imágenes y sentimientos que la obra ha dejado a su paso. Un libro querido permanece en el lector como un fantasma, con resonancias tanto conscientes como inconscientes.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)