Álbum de librerías incompleto 218

Librería Miguel Miranda. Madrid

Librería Páramo, Urueña, Valladolid
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Los biógrafos. Milan Kundera

Los biógrafos no conocen la vida sexual de su propia esposa, pero creen conocer la de Stendhal o la de Faulkner.

Milan Kundera
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Lectura. «La vergüenza». Annie Ernaux

En el panorama de la literatura francesa, Annie Ernaux ocupa un lugar muy especial, no sólo por los temas que elige, sino también por su capacidad de tratar las pasiones menos controladas—y no siempre halagüeñas—del ser humano con la mirada de un entomólogo que observa un insecto.

«Siempre tuve ganas de escribir libros de los que luego me resulte imposible hablar, libros que no me permitan luego soportar la mirada ajena. Pero por mucha vergüenza que pueda producir la escritura de un libro, nunca estará a la altura de lo que experimenté cuando tenía doce años», confiesa la autora. En 1952, la niña Annie Ernaux que cuenta esta historia empieza: «Mi padre quiso matar a mi madre un domingo de junio, a primera hora de la tarde». La escena se le presenta tan diáfanamente cruel como el día en que la vivió, y el lector empieza a comprender por qué esa niña en plena pubertad empieza a sentir vergüenza: porque él mismo empieza a ruborizarse. Como en tantas familias, sus padres, que se odian entre sí, adoran en cambio a la niña, por lo que, mientras van pasando los días y el olvido parece invadir el hogar, el recuerdo de aquel domingo parece convertirse en un mal sueño. Pero para la niña «habían dejado de ser gente decente» y «todo en nuestra existencia ha pasado a ser signo de vergüenza» . . .

(Contraportada del libro)


Textos

Es la primera vez que describo esta escena. Hasta hoy siempre me había parecido imposible, ni siquiera en un diario íntimo. Como si el hecho de contarlo fuera algo prohibido que iría acompañado inevitablemente de un castigo. Quizá no poder escribir nada después.


Antes de empezar a escribir pensaba que iba a ser capaz de acordarme de todos los detalles. Pero, de hecho, solo recuerdo la atmósfera, la postura de cada uno de nosotros en la cocina y algunas palabras. No recuerdo por qué empezó la pelea, ni tampoco si mi madre llevaba todavía el blusón blanco que se ponía para estar en el colmado o se lo había quitado pensando en el paseo que íbamos a dar. Tampoco recuerdo lo que habíamos comido. No tengo ningún recuerdo concreto de aquella mañana de domingo que no esté inscrito dentro del marco de nuestras costumbres: la misa, la pastelería. Pero de lo que sí estoy segura es de que yo llevaba un vestido azul de lunares blancos, pues, durante los dos veranos siguientes, cada vez que me lo ponía pensaba: «Es el vestido de aquel día». También estoy segura del tiempo que hacía: una mezcla de sol, nubes y viento.


Lo que quiero es encontrar las palabras con las que yo pensaba en mí misma y en el mundo que me rodeaba, decir qué era lo normal y lo inadmisible para mí, e incluso lo impensable. Pero la mujer que soy en 1995 es incapaz de penetrar en aquella niña de 1952 que lo único que conocía era su pequeña ciudad, su familia y su colegio, y que solo tenía a su disposición un léxico muy reducido. Y, ante ella, la inmensidad del tiempo por vivir. No existe una auténtica memoria de uno mismo.


No deseo escribir ningún relato, pues eso significaría crear una realidad en lugar de buscarla. Y tampoco quiero limitarme a reunir y a transcribir las imágenes que conservo en la memoria, sino tratarlas como documentos que se aclararán los unos a los otros al estudiarlos desde diferentes ángulos. Ser, en pocas palabras, etnóloga de mí misma.


Después de cada una de las imágenes de aquel verano, mi tendencia natural sería escribir «entonces descubrí que» o «me di cuenta de que», pero esas frases suponen una conciencia clara de las situaciones vividas, cuando, en realidad, en ellas solo existe la sensación de vergüenza que las ha fijado en la memoria, independientemente de cualquier significado. Ahora ya nada puede evitar que yo experimentara esa sensación, ese peso, esa aniquilación. Es la única verdad.

Lo que une a la niña de 1952 con la mujer que está escribiendo.

Annie Ernaux

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Édouard Louis: la fricción entre el pasado familiar y la libertad

En su novela «Quién mató a mi padre», Édouard Louis ha buscado mostrar una imagen más compleja y detallada de la clase obrera de su país.

Origen: Édouard Louis: la fricción entre el pasado familiar y la libertad | Letras Libres

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Casi todo sigue haciéndose a mano. W.H. Auden

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Tsunami. Marina Perezuela

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La libertad de escribir está estrechamente relacionada con la libertad para leer. Salman Rushdie.

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‘Luz de agosto’, de William Faulkner: canción triste del profundo sur

Considerado uno de los grandes renovadores de la literatura del siglo XX, sus personajes no pueden escapar de un ambiente asfixiante y prejuicioso

Origen: ‘Luz de agosto’, de William Faulkner: canción triste del profundo sur

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Deseo de escribir. Juan José Saer

Por el gusto de escribir algo: después de muchos días de silencio escritural me ha asaltado, en el baño, mientras me lavaba las manos antes de irme a acostar, el deseo de estar, a la luz de la lámpara, escribiendo. Deseo de escribir; no de decir algo. Pero deseo, también, de escribir en tanto que escritor: sin que ninguna razón, como no sea el deseo de estar a la luz de la lámpara, escribiendo, haya motivado mi acto. Mecerme en el equilibrio infrecuente y perecedero de la mano que va deslizándose de izquierda a derecha, oyendo los rasguidos de la pluma sobre la hoja del cuaderno, victorioso por el hecho de haber comprendido por fin que el deseo de escribir es un estado independiente de toda razón y de todo saber, liberado de toda exigencia de estructura, de estilo o de calidad, y lleno del silencioso clamor de las palabras que no son de nadie, que nadie puede acumular ni guardar para sí —la voz del mundo y de cada uno que resuena a través de mí en la noche apacible—. Cada vez que este deseo me viene, trae consigo la validez del universo entero y la de esa partícula sin nombre del universo que soy yo mismo.

Juan José Saer
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Todo lo que Cortázar escribía lo escribía para siempre, Paco Porrúa

Los originales de Cortázar eran de una limpieza casi preocupante. Era algo que casi intimidaba. Alguna vez lo vi en acción, a la hora de escribir una carta; pero nada me hizo pensar que su actitud …

Origen: Todo lo que Cortázar escribía lo escribía para siempre, Paco Porrúa – Calle del Orco

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