Una buena novela es cualquier novela que le hace a uno pensar o sentir. Tiene que meter el cuchillo entre junturas del cuero con el que la mayoría de nosotros estamos recubiertos. Tiene que ponernos quizás incómodos y ciertamente alerta. El sentimiento que nos produce no tiene que ser puramente dramático y por tanto propenso a desaparecer en cuanto sabemos cómo termina la historia. Tiene que ser un sentimiento duradero, sobre asuntos que nos importan de una forma u otra. Una buena novela no necesita tener trama; no necesita tener final feliz; no necesita tratar sobre gente simpática o respetable; no necesita ser lo más mínimo como la vida tal como la conocemos. Pero tiene que representar alguna convicción por parte del escritor. Tiene que estar escrita de modo que transmita la idea del escritor, ya sea simple o compleja, tan fielmente como sea posible. No tiene que repetir aquello que es falso o trillado simplemente porque al público le resulta fácil mascullar una y otra vez sobre lo falso y lo trillado.
No tengo una gran cultura, pero sí que he leído mucho y he escrito mucho. Para convertirse en escritor, solo hay que escribir. Por supuesto a veces uno no tiene nada que decir. Y a veces, aunque se tenga algo que decir, uno no sabe cómo decirlo.
Así que vuelvo al ambiente en el que vivo, que es un ambiente que se está acercando a pasos agigantados a la situación general del capitalismo norteamericano. Es cierto, Italia, en los últimos seis…
(…) Así, toda la gente lee hoy todo volando, lo leen todo y no conocen nada. Yo entro en un libro y me establezco en él en cuerpo y alma, tiene que imaginárselo, en una o dos páginas de un trabajo filosófico como si penetrara en un paisaje, una naturaleza, una formación estatal, un accidente terrestre si se quiere, para penetrar a fondo en ese accidente terrestre con todas mis fuerzas y no sólo a medias y queriéndolo a medias, investigarlo y luego, una vez investigado con toda la minuciosidad disponible, deducir el todo. El que lee todo no comprende nada, dijo. No es necesario leer todo Goethe, todo Kant, ni tampoco es necesario todo Schopenhauer; unas páginas del «Werther», unas páginas de las «Afinidades Electivas», y al final sabremos más sobre esos dos libros que si los hubiéramos leído del principio al fin, lo que en cualquier caso nos privaría del placer más puro. (…)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)