Yo siempre digo que Clarice Lispector es la escritora más grande del siglo XX. Luego me digo, con un poco de remordimiento, que al decir eso es como si matara a muchos escritores grandísimos a los …
Observé que a Krasznahorkai le encantaban las frases serpenteantes, el acto de equilibrio, el pánico leve que se transformaba en un miedo estremecedor que sentían sus personajes, seguido, cláusula tras cláusula, por reflexiones intermitentes y otras razones para la tristeza o la alarma, y luego con solo una coma entre ellas, respuestas irónicas (e incluso cómicas) a lo que viene a continuación a la mente. Estas frases extraordinarias habían sido traducidas por el poeta George Szirtes con considerable energía rítmica.
Krasznahorkai se preocupa por los límites, por lo que puede suceder si el lenguaje que lleva más allá de lo que sus propias reglas decorosas sugieren.
Su imaginación se nutre del miedo y la violencia real; sin embargo, tiene una forma de hacer que el miedo y la violencia parezcan aún más reales y presentes alsacarlos de un contexto familiar. Los sitúa en un contexto oscuro de su propia elección. De este modo se acerca más a Kafka que a Beckett, pero no se acerca a ninguno de los dos en su interés y deleite por la pirotecnia verbal.
Aquí todo es silencio, aquí estoy bien. Son frescos los pastos, y puros. El sol y las sombras se mantienen cerca como unos niños juiciosos. Aquí, mi vida hecha de intensa nostalgia se siente libre. Yo ya no sé qué es la nostalgia, pero aquí mi voluntad se libera. Me siento tranquilo pero conmovido, las líneas atraviesan los sentidos. Todo es numeroso y todo se contradice. No escucho más los lamentos pero hay lamentos en el aire; ligeros, blancos como en sueño Sigo sin entender nada. Lo único es que todo es silencio, no más inquietudes o imposiciones. Aquí estoy bien y puedo estar en paz, ningún tiempo mide mi tiempo.
El escritor Enrique Vila-Matas, en Barcelona .Massimiliano Minocri
El autor publica ‘Canon de cámara oscura’ y sueña con una novela sin tramas, en la que se mezclara sin problemas lo autobiográfico con el ensayo, con el libro de viajes, con el diario, con la ficción pura, con la realidad escrita como tal
Si existe un hecho extraño e inexplicable es que una criatura inteligente y sensible se mantenga sentado siempre sobre la misma opinión, coherente siempre consigo mismo. Ser coherente es una enfermedad.
No olvido la primera biblioteca de mi infancia. Desde muy niña, sabía que en todos los cuentos hay un bosque; al entrar en sus misteriosos caminos, el protagonista siempre tropieza con la magia y acaba encontrando alguna maravilla. Yo también caminaba entre árboles, de la mano de mi padre, en las largas tardes de julio. Solíamos ir los dos juntos a una biblioteca pequeña en el Parque Grande. Era una casita que, por su aspecto y su tejado, a mí me parecía sacada de algún cuento o quizá de un país alpino. Entraba en su interior en penumbra, escogía un tebeo y volvía a salir al luminoso exterior del parque con el tesoro bien abrazado, hasta elegir un banco donde leerlo. Y lo leía a conciencia, desde la primera a la última letra, bebiendo los dibujos y las palabras, mientras la tarde declinaba lentamente y se escuchaba la música metálica de las bicicletas al pasar. Cuando terminaba, devolvía el tebeo que había sido mi botín durante unas horas, salía del bosque y volvía a casa con la imaginación bullendo en la frescura del anochecer.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)