Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.
¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.
No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.
Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.
La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino, precisamente, porque la quiso. La borró junto con el amor que sintió por ella. La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad, el futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia.
Crítica de ‘Fortuna’, de Hernán Díaz: el dinero como ficción
Tras la excelente ‘A lo lejos’, el autor norteamericano de origen argentino se adentra en una impresionante reflexión sobre la naturaleza económica de la literatura
Los templos dedicados a la riqueza –con sus liturgias, fetiches y vestiduras– nunca habían conseguido transportar a Helen a un reino más elevado. No la extasiaban. Cuando entró por primera vez en la fastuosa morada del señor Rask, nada le infundió el cosquilleo del deseo, ni tampoco le hizo sentir aquella excitación indirecta y momentánea que producía imaginar una vida desprovista de restricciones materiales.
Helen y Benjamin dedicaban un tiempo considerable a leer los informes de sus empresas y a reunirse con científicos. Como ambos poseían mentes depredadoras (ágiles, rápidas, voraces), aprendieron deprisa. Pronto fueron capaces de leer abstrusos trabajos de investigación y tratados académicos y de hablar de ellos con conocimiento de causa. Su deseo de aprender sobre las innovaciones más recientes en el campo de la química era sincero, pero también es cierto que ambos persistían en aquella dirección porque en la farmacología habían encontrado por fin un interés compartido, un tema del que podían conversar apasionadamente, maravillándose al mismo tiempo de la pericia intelectual del otro.
Mildred debió de notar o adivinar que su enfermedad era incurable. Siguió mostrándose igual de dulce que siempre, pero su jovialidad y alegría dieron paso a una serenidad y un aplomo nuevos. Parte de ella ya había ascendido a un reino superior. Ejemplos de la sabiduría inocente de Mildred durante aquella época. Sus ideas sobre la naturaleza y Dios. Último paseo por el bosque. Incidente tierno con un animal. Solo una vez me atreví a interrumpir la tranquilidad de su rutina, cuando conseguí llevarle el cuarteto de cuerda del Grand Hotel Saint-Moritz al sanatorio para que le dedicaran un concierto privado. El director y algunos de los médicos se nos unieron para celebrar aquella velada inolvidable. Yo le había pedido al cuarteto que tocara algunas de las piezas favoritas de Mildred. Nombrar algunas. No sería exagerado decir que se vio transportada. Al terminar el recital se la veía llena de vida y de vigor, casi como si hubiera sido curada
Era un tipógrafo manual a quien le resultaban ofensivos los nuevos sistemas automatizados. Decía que se había perdido el toque humano. La linotipia y todas las demás máquinas le habían robado el alma a la página. Antes las líneas de texto se componían, decía siempre, moviendo las manos como un director de orquesta. Eran unas líneas melódicas, añadía invariablemente, por si acaso su oyente no había captado el paralelismo con la música. Ahora ya no hacía falta talento alguno. Solo pulsar letras y palabras en un teclado. Él era lo bastante joven cuando se introdujo aquella nueva tecnología y la podría haber aprendido con facilidad. Pero se había negado. El hombre se había convertido en la máquina de la máquina. Él presentaría batalla.
De hecho, contar de nuevo las historias de aquellos libros supuso una parte esencial de mi educación literaria. Mientras cenábamos, le narraba novelas enteras a mi padre, anotadas con mis conjeturas y predicciones. Fascinado, él seguía hasta el último detalle de la trama, y aprendí a llevarlo por sendas engañosas y a hacerle perseguir pistas falsas para aumentar su sorpresa ante la revelación final. Se quedaba tan cautivado que se olvidaba de comer. «¡Mira! ¡Mi comida! ¡Fría otra vez! Culpa tuya», solía decir al acabar, riñéndome en broma mientras nos reíamos.
A mano, los textos se me llenan de i griegas y de ques y porqués. La máquina me permite un estilo ajeno, de alguien que sabe más que yo, mira mejor que yo, capaz de utilizar construcciones sintácticas de más de media docena de palabras, y, si llega el caso, hasta unas cuantas esdrújulas. Son misterios, pero funcionan.
Son muchos los escritores que poseen un buen montón de talento; no conozco a escritor alguno que no lo tenga. Pero la única manera posible de contemplar las cosas, la única contemplación exacta, la única forma de expresar aquello que se ha visto, requiere algo más. El mundo según Garp es, por supuesto, el resultado de una visión maravillosa en consonancia con John Irving. También hay un mundo en consonancia con Flannery O’Connor, y otro con William Faulkner, y otro con Ernest Hemingway. Hay mundos en consonancia con Cheever, Updike, Singer, Stanley Elkin, Ann Beattie, Cynthia Ozick, Donald Barthelme, Mary Robinson, William Kitredge, Barry Hannah, Ursula K. LeGuin… Cualquier gran escritor, o simplemente buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad.
Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse».
Cuerpo, recuerda no sólo cuando fuiste amado, no sólo los lechos donde te acostaste, sino también aquellos deseos, que por ti brillaban claros en los ojos y con la voz temblaban —y algún inesperado freno los reprimió—. Ahora que ya todo pertenece al pasado, casi parece cual si a esos deseos te entregaras también —cómo brillaban, recuérdalo, en aquellos ojos al mirarte; cómo temblaban con la voz, por ti, recuerda, cuerpo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)