Peligro mortal de la poesía. Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina

Las vidas de los escritores Osip y Nadeshzda Mandelstam resuenan en la Rusia de Putin, y nos recuerdan cómo en los regímenes totalitarios la literatura fortalece su valor de resistencia y la poesía retrocede a sus orígenes de memorización y oralidad

Origen: Peligro mortal de la poesía | Opinión | EL PAÍS

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Texto de Pascal Quignard en agradecimiento a la concesión del Premio Fomentor

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El testamento de los sonámbulos. Milan Kundera | Letras Libres

Este ensayo sobre la novela centroeuropea, traducido por Ulalume González de León, fue publicado en el número 71 de Vuelta, en octubre de 1982. Esta sección ofrece un rescate mensual del material de la revista dirigida por Octavio Paz.

Origen: El testamento de los sonámbulos | Letras Libres

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Reflexiones. Milan Kundera

En un mundo edificado sobre verdades sacrosantas, la novela está muerta […] hoy en día, en el mundo entero, la gente prefiere juzgar a comprender, contestar a preguntar. Así, la voz de la novela apenas puede oírse en el estrépito necio de las certezas humanas.


Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida.

La insoportable levedad del ser

Milan Kundra
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Crítica: «La conversación infinita». Borja Hermoso

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Los temas de la buena literatura. William Faulkner

Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta interrogante: ¿Cuándo estallaré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena de escribir y justifican la agonía y los afanes.

Ese escritor joven debe compenetrarse nuevamente de ellos. Aprender que la máxima debilidad es sentirse temeroso; y, después de aprenderlo, olvidar ese temor para siempre, no dejar lugar en su arsenal de escritor sino para las antiguas verdades y realidades del corazón, las eternas verdades universales sin las cuales toda historia es efímera y predestinada al fracaso: amor y honor, piedad y orgullo, compasión y sacrificio.

Mientras no lo haga así continuará trabajando bajo una maldición. No escribirá de amor sino de sensualidad, de derrotas en que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanzas y, lo peor de todo, sin piedad ni compasión. Sus penas no serán penas universales y no dejarán huella. No escribirá acerca del corazón sino de las glándulas.

William Faulkner

(Fragmento de su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura)

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Escribir para que se sepa que no escribimos. Dos libros de Josefina Vicens. AYUDANTE DE VILNIUS

Las dos novelas de la escritora mexicana, publicadas en 1958 y 1982, desmontan todos los clichés en torno a la unidad de la obra narrativa, el estilo literario, la documentación previa o la construcción de los personajes.

Origen: Escribir para que se sepa que no escribimos ———————-[dos libros de Josefina Vicens] | AYUDANTE DE VILNIUS

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Lectura: «Los vencejos». Fernando Aramburu


Textos

Dentro de lo que cabe, ella está bien. Un poco torcida de espalda y muy delgada. Ayer, cuando me dirigía al ascensor, una cuidadora me comunicó que mi señora madre acababa de conciliar el sueño. Tomé asiento al costado de su cama y me dediqué a observarla. Yo advierto serenidad en sus facciones. Eso me da mucha satisfacción. Si la viera sufrir, me volvería loco. Respiraba con tranquilad y me parecía percibir la insinuación de una sonrisa en sus labios. Es posible que en el sueño ella vea imágenes del pasado, aunque dudo que sepa atribuirles un sentido. Presiento que mamá seguirá con vida el año que viene por estas fechas. Si alguien le fuera entonces con la noticia de mi fallecimiento, ella no la entendería. Ni siquiera notará que he dejado de visitarla. He ahí otra ventaja de padecer alzhéimer. En un momento dado, acerqué la boca a su oído y le susurré: «Me voy a quitar la vida el último día de julio del próximo verano». Mi madre continuó durmiendo sin inmutarse. Añadí: «Una vez te vi escupir en la sopa de papá».


Estoy con Amalia en una habitación del Altis Grand Hotel, en Lisboa, adonde habíamos ido a pasar unos días de asueto aprovechando las vacaciones de Semana Santa. Antes de ponernos en camino habíamos tomado el acuerdo de pagarlo todo a escote. Fue idea suya hacerlo así. Llevamos poco tiempo juntos; pero ya rige entre nosotros una ley tácita según la cual ella propone y yo no me niego. Nadie nos la impuso. Con el tiempo, esta ley sufrirá una degeneración paulatina que otorgará a Amalia plenos poderes para decidir sobre cualesquiera asuntos comunes sin consultarme, en parte porque yo me desentiendo, en parte también porque ella tiene un carácter que se adapta de maravilla al ejercicio del poder y por temor a que mi torpeza, mi indecisión, mi ignorancia originen problemas o empeoren los que ya tenemos.


Aún no llevaba tres años en el instituto, estaba a punto de ser padre, sentía que la necesidad de ganar un sueldo todos los meses me apretaba el cuello como un dogal, debía hacer méritos, conseguir aceptación; en una palabra, someterme. Hoy ya no tengo duda de que así es como caemos en la trampa social, matamos nuestra juventud y traicionamos nuestros ideales. En esto consiste la madurez, en resignarse a hacer un día y otro y otro, hasta la jubilación e incluso más allá, lo que a uno no le apetece. Por conveniencia, por necesidad, por diplomacia, pero sobre todo por una cobardía que se va convirtiendo en hábito. Si te descuidas, acabas votando al partido aquel que tanto aborreciste.


Este es mi hijo. Un inútil de veinticinco años convencido de haber venido al mundo para cumplir la importantísima misión de destruir figuras móviles en la pantalla de un ordenador.


Sin la menor duda, de todos mis odios, es este dirigido a mi difunto padre el que más me complace. De hecho, lo estoy celebrando esta noche con una copa de coñac, mientras escribo. Sucede lo de costumbre; se nos muere un miembro de la familia y nos entristece haberlo dejado marchar sin decirle lo mucho que lo odiábamos o lo queríamos, o ambas cosas alternadamente. Lo siento, papá, pero no tuve arrestos para plantarme un día ante ti, posar una mano sobre tu hombro y decirte con la voz serena y firme, mirándote a los ojos, que eras un tipo raro, mitad dios, mitad cerdo.


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Escribir es preservar la ausencia contra toda usurpación, Maurice Blanchot

¿Qué más añadir? Existe tal vez un poder cultural, pero es un poder ambiguo y que se arriesga siempre, al perder dicha ambigüedad, a ponerse al servicio de otro poder que lo someta. Escribir es, en…

Origen: Escribir es preservar la ausencia contra toda usurpación, Maurice Blanchot – Calle del Orco

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El poema y el poeta. Robert Frost

Yo veo el poema como una proeza y al poeta como artífice de hazañas, pues, como el atleta, es alguien que quiere alcanzar su meta. Además, en un poema se pueden hacer infinidad de cosas. Hay figuras, hay tonos de voz que cambian constantemente. Siempre me interesa mucho, fíjese, cuando tengo tres o cuatro estrofas, la cuestión de cómo colocar las frases, porque odio que estén dispuestas de la misma manera en todas las estrofas. Todo poema es eso, una especie de hazaña. Alguien [Thomas Nashe] dijo que la poesía es, entre otras cosas, el tuétano del ingenio. Y seguramente eso es lo que subyace a todo, el tuétano del ingenio, pues tiene que haber ingenio. Y buena parte de esa literatura tan elaborada lo pasa por alto: no hay chispa ninguna. Otra cosa que hay que señalar es que todo pensamiento -sea o no poético-consiste en la proeza de asociar. (…) Todo pensamiento consiste en la proeza de asociar: lograr que lo que tienes enfrente haga surgir en tu mente algo que ignorabas saber, vincular esto y aquello, ese clic.

Robert Frost

Entrevista con Robert Frost (“The Paris Review”. 1953-1983)

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