El esfuerzo de Proust consiste en mostrar aquello que él, personalmente, ha conocido. Pero bastaría un leve desliz, un mínimo desplazamiento, para que lo que le ocurrió no hubiera sucedido, o hubie…
En la literatura, como en nuestros recuerdos, no existen ciudades reales. Todas las ciudades son imaginarias, ‘ciudades fantasma’. Los escritores no describen, sino que inventan sus ciudades: San Petersburgo, Dublín, Alejandría o Buenos Aires no existían realmente antes de que Dostoyevski, Joyce, Lawrence Durrell o Borges escribieran sobre ellas. Todas las ciudades que aparecen en las novelas viven bajo el vasto cielo del cráneo de los escritores. Bucarest es mi propia ciudad, creada por mí a partir de los recuerdos de mi infancia y mi adolescencia, cuando sus calles, sus edificios, sus cines y sus mercados fueron tallados directamente en el blando mármol de mi cerebro. En realidad no existe Bucarest en el mundo: yo soy Bucarest, Bucarest solo vive en mis páginas.
Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca, Pero, embriáguense.
Y si, a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de un cuarto, en la ebriedad ya atenuada o desaparecida, ustedes se despiertan, pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán: “¡Es hora de embriagarse!
Para no ser los esclavos martirizados del tiempo, ¡embriáguense, embriáguense sin cesar! de vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.
Enrique Vila-Matas. Foto: Antonio Navarro Wijkmark/Seix Barral
Una novela inclasificable solo apta para los muy cafeteros, con multitud de referencias metaliterarias, ingeniosas paradojas y brochazos de humor culto.Más información: Enrique Vila-Matas: «En este país muchos se ríen de todo el mundo menos de ellos mismos»
La gente que toma notas en cuadernos íntimos es una especie distinta. Gente solitaria y reticente que siempre está cambiando la disposición de las cosas, insatisfechos ansiosos, niños que al parecer sufrieron al nacer cierto presentimiento de pérdida.
Ya comenté en las reseñas de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002), de Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)