Piensen en un crítico, por Kim Nguyen Baraldi | Letras Libres

Imaginen ahora a un crítico que no escriba para ser leído, sino para escucharse mejor.

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Lectura: ‘El sueño del jaguar’ de Miguel Bonnefoy

El escritor parisino Miguel Bonnefoy, autor de ‘El sueño del jaguar’. / Aurèlie Lamarchère

Crítica del libro de Miguel Bonnefoy ‘El sueño del jaguar’ | El Periódico

Una premiada novela que es tanto la historia del escritor como del imaginario colectivo de un país, Venezuela, que acabó por tener un ‘boom’ petrolero que lo llevó a la ruina

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Textos

Al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre. Nadie fue capaz de determinar con exactitud la fecha en que lo hallaron; se sabe apenas que todas las mañanas una mujer miserable acostumbraba a sentarse siempre en ese mismo lugar, colocaba a sus pies una escudilla hecha con una corteza de calabaza y alargaba una mano frágil en dirección a quienes pasaban por el atrio. Cuando descubrió a la criatura, la apartó con un gesto de disgusto, hasta que de pronto una cajita brillante escondida entre los pliegues del arrullo atrajo su atención; alguien la había dejado a modo de ofrenda. Un rectángulo de estaño, color plata, con finos arabescos tallados. Era un artilugio para mentir tabaco. La mujer lo afanó, guardándoselo en el bolsillo del vestido, y se desentendió del bebé.


Aquellas carnes desmesuradas, sin embargo, estaban embridadas por el peso del apellido familiar, Rodríguez, por la rigidez de ese padre austero que la había criado sin ayuda en las servidumbres de la Iglesia católica, y por un increíble amasijo de capas de vestidos, corsés y cuellos abotonados de los que solo estaba autorizado a deshacerse para dormir. El reino envidiable de su cuerpo, aquella feminidad explosiva que habría ruborizado a cualquier princesa, se le escamoteaba al mundo mediante una muralla de presillas metálicas y cintas anudadas, así como a través de la vigilancia incorruptible de su padre, que manifestaba unos celos feroces ante la idea de que un hombre pudiera respirar el aire que la envolvía. Le prohibía salir sola durante el día y por las tardes, a la hora en la que la luz volvía engañosa la belleza de las mujeres, la sacaba a dar una vuelta por la plaza, con semblante impenetrable y humor gruñón, prendida de su brazo.


Desde el preciso instante en que Antonio cruzó el umbral, Ana María comprendió que la prisión había cambiado a su hombre. Este llevaba un traje viejo sin camisa, la corbata en la mano, y debajo del brazo unos trapos impregnados de la sangre de su frente. Una barba tupida, tan negra que era casi azul, cubría su cara desde el final del cuello hasta la raíz de los ojos y le confería la apariencia de un náufrago. Su mirada, derrotada por las humillaciones y las privaciones, había adquirido una frialdad de hierro. Estaba más delgado, más demacrado, más viejo, y Ana María identificó en él por primera vez las señales del anciano que llegaría a ser. Apretaba en el puño la corbata mojada y arrugada con la misma dureza ansiosa y decidida que se leía en sus ojos, y solo aflojó la mano cuando Ana María le ofreció a su hija envuelta en un arrullo blanco.


De todos los bebés que nacieron aquel día, fue imposible imaginar que Venezuela no fuera una mujer libre. Parecía haber asumido la fuerza de la rebelión durante aquella tarde abrasadora en la que un grito había traspasado la ciudad, la calle llena de astros y desastres, como si en el vientre de su nombre de pila concentrara la bulliciosa dignidad de un pueblo. Ávida y golosa de todo, Venezuela se crio con el ímpetu de un motín. Así pues, de pequeña no conoció ni ese período de borrado y abandono al que con su edad se había visto abocada su madre —que Ana María había atravesado como una sorda, sin captar la realidad— ni la fogosidad desatada del joven Antonio cuando robó un peñero en las riberas de Santa Rita, y sin embargo despertaban en ella un hambre, un arco en tensión, una disciplina y una necesidad.


Cristóbal nació en París el día en que se inauguró en Maracaibo la calle Antonio Borjas Romero. Llegó al mundo durante el invierno más frío de Francia, mientras afuera el viento hacía crujir los puentes y resquebrajaba las piedras, y el aire era tan gelido que partía la hierba de los parques como si fueran agujas de cristal. El grito que profirió al salir, a un lado del océano, fue similar a los golpes del buril que martillearon al otro lado los artesanos contra el mármol de la placa. Eran los golpes que consolidaban una existencia e inauguraban otra. Con ochenta años de distancia, uno había cargado ya el mundo sobre sus hombros, mientras que el otro nada conocía de su peso, y aquel alarido procedente de las generaciones, de aquel que accedía a la vida, y que Venezuela acompañaba con sangre y dolor, se reconocía en el eco de su abuelo, quien en aquel preciso instante accedía a la historia.

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‘Desperdigados por el mundo’, la novela donde un país desaparece y la lengua se convierte en un refugio

Una fotografía profesional de la escritora japonesa Yoko Tawada

La obra de Yoko Tawada imagina un exilio nacido del colapso climático y convierte el idioma en el último territorio posible

Origen: ‘Desperdigados por el mundo’, la novela donde un país desaparece y la lengua se convierte en un refugio – Artículo 14

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Marguerite Yourcenar

Nunca lo sabrás que tu alma viaja
dulcemente refugiada en el fondo
de mi corazón, y que nada, ni el
tiempo ni la edad ni otros amores,
impedirá que hayas existido.

Marguerite Yourcenar

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Crítica: «La estela de Selkirk», de Eduardo Lago. Por Rodrigo Fresán

Elogio del aislado

Isolato: estoy seguro de que leí (para luego poder ponerla por escrito) esta palabra en un libro de Herman Melville (aunque no estoy seguro de que este libro haya sido Moby-Dick: esa novela que en el momento de publicación fue considerada por muchos, por demasiados, como un naufragio artístico de su autor). Isolato que significa aislado: a estar en una isla. Y que remite a la figura de quien sobrevive a un hundimiento en lo líquido para llegar a esa tierra más o menos firme en la que no…

Origen: Elogio del aislado – Cuadernos Hispanoamericanos

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Al lector mecánico. Edith Wharton

Para el lector mecánico, los libros, una vez leídos, no son cosas que crecen, echan raíces y tienen ramas que se entrelazan, sino que son como fósiles etiquetados y guardados en los cajones del armario de un geólogo; o, mejor dicho, como prisioneros condenados de por vida a un confinamiento solitario. Para una mentalidad de este tipo, los libros nunca hablan entre sí.

Edith Wharton.

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Mi carrera literaria. 1990. Roberto Bolaño

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Dónde los poemas. Michael Longley

Si supieras
De dónde vienen los poemas
Allí iría

Michael Longley

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Don Quijote es nuestro hermano, Lydie Salvayre

Contra esas lecturas apresuradas, someras o perezosas, quisiera, querido Señor, después de Spinoza (que le situaba por encima de Platón), después de Laurence Sterne (que prefería su Quijote a los m…

Origen: Don Quijote es nuestro hermano, Lydie Salvayre – Calle del Orco

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Diálogo: Umberto Eco y Jean-Claude Carrière

Umberto Eco: En uno de mis libros hacía yo una distinción entre el imbécil, el cretino y el estúpido. El cretino no nos interesa porque es un individuo que en lugar de llevarse la cuchara a la boca se la lleva a la frente; no nos interesa porque es aquel sujeto que no entiende lo que le estás diciendo. Su caso es sencillo. Por el contrario, la imbecilidad es una cualidad social y, en lo que a mí respecta, también puedes llamarla de otro modo, dado que para algunos «estúpido» e «imbécil» son términos que se refieren a la misma cosa. El imbécil es aquel que siempre, llegado el momento, se le ocurrirá decir exactamente lo que no debería decir. Es el autor de metidas de pata involuntarias. Por el contrario, el estúpido es diferente; su déficit no es social sino lógico. A primera vista, tal parece que razona de una manera correcta; y resulta muy difícil darse cuenta, de inmediato, que esto no es así. Por eso es peligroso. […]

Jean-Claude Carrière: Yo creo que al estúpido no le basta con equivocarse. Afirma claro y fuerte su error, lo proclama a los cuatro vientos, quiere que todos lo escuchen. Es sorprendente ver lo estridente que es la estupidez. «Ahora sabemos por fuentes fidedignas que…». Y le sigue una garrafal sarta de estupideces.

Umberto Eco: Tienes toda la razón. Si empiezas a afirmar con insistencia una verdad común, trivial, de inmediato se transforma en una estupidez…

Jean-Claude Carrière: Flaubert dice que la estupidez consiste en querer sacar conclusiones. El imbécil quiere llegar, por sí solo, a soluciones perentorias y definitivas. Le gustaría ponerle fin de una vez y para siempre a los argumentos. Pero esta estupidez, que de ordinario es percibida como una verdad por un cierto tipo de personas, para nosotros ha sido, en el transcurso de la historia, extremadamente instructiva. Quizá sería necesario pensar y, por otra parte, tú ya lo estás haciendo, en una historia general del horror, de la ignorancia, así como de la brutalidad. […]

Nadie acabará con los libros de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière

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