En un momento dado, les dio por computar el tiempo. Cuándo dio comienzo el tiempo, en qué momento se concibió el mundo. A mediados del XVII, un obispo irlandés, Usher, quiso ofrecer un cálculo preciso. No solo el año, sino la fecha exacta del inicio de los tiempos: el 22 de octubre del 4004 a. de C. Y cayó en sábado, por si había dudas. Algunas fuentes aseguran que Usher señaló también la hora: a eso de las seis de la tarde. ¿Sábado por la tarde? Por mi parte, lo compro totalmente. En qué otro momento de la semana, aburrido de la vida, iba a ponerse el Creador a engendrar el universo. Y a procurarse, de paso, algo de compañía.
Pues bien, Gaustín y yo montamos la primera clínica para producir pasado. En realidad, la montó él, yo era solo el ayudante, el recolector de pasado. No era fácil. No puedes simplemente soltarle a alguien: aquí está tu pasado de 1965. Tienes que conocer sus historias, y si a esas alturas ya no puedes conseguirlas, tienes que inventarlas. Saberlo todo sobre ese año. Qué peinados estaban de moda, cómo de afiladas eran las punteras de los zapatos, a qué olían los jabones, el catálogo completo de aromas de aquel año. Si la primavera fue lluviosa, qué tiempo hizo en agosto. Cuál fue la canción número uno. Las anécdotas más importantes del año, no solo las noticias, sino los rumores, las leyendas urbanas. Las cosas se complicaban dependiendo del pasado que querías que te ofrecieran. ¿Querrías tu pasado del este, si ese había sido tu lado del Muro? O al revés, ¿querrías vivir precisamente aquel pasado que te había sido negado? Atiborrarte del pasado ajeno como si fuesen los plátanos con los que habías soñado toda tu vida.
En todas las epopeyas antiguas existe un enemigo fuerte con el que medirse: el Toro del Cielo y Gilgamesh, el monstruo Grendel, su madre y al final el dragón que hiere a muerte al viejo Beowulf, todos los monstruos, toros y demás en las Metamorfosis de Ovidio, el cíclope en la Odisea y un largo etcétera. En las novelas actuales los monstruos han desaparecido, se han ido junto con los héroes. Cuando no hay monstruos, tampoco hay necesidad de héroes. Sin embargo, sí que hay un monstruo. Hay un monstruo que nos acecha a cada uno de nosotros. La muerte, dirán ustedes. Sí, sí, la muerte es su hermana. Pero la vejez es el monstruo.
Valiente robo, la vida… ¿No? Y el tiempo. Qué arteros ambos. Peores que el peor salteador de caminos, emboscado a la espera de la inocente diligencia. A este bandido solo le interesa tu saco lleno de monedas y el oro escindido. Si eres dócil y se lo entregas sin lucha, te perdonará lo demás: la vida, la memoria, el corazón, la minga. Pero aquel otro —la vida, el tiempo— viene y se lo lleva todo: la memoria, el corazón, el oído, el colgajo. Ni siquiera selecciona, agarra lo primero que ve. Y, por si fuera poco, se mofa de ti. Vuelve pellejos tus pechos, torna las nalgas macilentas, te arquea la espalda y te llena de canas el cabello que ya empieza a ralear mientras hace brotar pelos de las orejas y te esparce lunares por el cuerpo, manchas en manos y cara, te hace balbucear sandeces o enmudecer, al fin chocho y senil, después de vaciarte los bolsillos de palabras. Hijo de puta. Llámalo tiempo, vida, vejez, da lo mismo, son todos de la misma banda. Idéntica escoria. Al principio, el muy canalla intenta mostrarse educado, roba dentro de unos límites, se desliza como un carterista, sin que te des cuenta, y arrambla con pequeñas cosas: un botón, un calcetín, un leve pinchazo arriba a la izquierda, dos dioptrías, tres fotos del álbum, unos pocos rostros, cómo era que se llamaba ella, di, cómo se llamaba ella…
Suele decirse que la literatura está llena de visiones del mundo. Pero esto es un cliché. Yo, por ejemplo, no tengo ninguna visión que no sea instantánea y fugaz, “solo soy una sombra”, que decía Pepe Bergamín.
La cena fue estupendamente. Janice se dedicó a mimar a Bobbi, que ahora parecía feliz de ser Bobbi y no Feliz, como si todo lo que representaba aquella noche simbolizara una reversión (concretamente para ella) a alguna manera de ser anterior a casi todo lo que había resultado su vida, y que al final no había estado a la altura. El objetivo de Janice, sin anunciarlo como objetivo, era crear un ambiente en el que Bobbi acabara de llegar y nadie hubiera muerto, y había muchísimos temas de los que hablar, después de una ausencia tan larga, y Bobbi sin duda necesitaba contarles a las cuatro los nuevos proyectos que tenía entre manos y dónde planeaba pasar el otoño y el invierno («En Taos, evidentemente»), y que un famoso museo de Los Ángeles iba a aflojar la pasta y ultimar la adquisición que habían estado posponiendo durante seis años, y que una gran universidad estatal de Alabama le había solicitado que fuera artista residente, una facultad que a base de dinero había creado un departamento de arte internacional totalmente nuevo (con profesores que habían robado de Yale y Santa Cruz); querían que ella, Bobbi, fuera el pilar del departamento. Menudo puntazo sería eso, dijo Bobbi, para una «pequeña judía de Palisade Avenue», vivir donde quiera que estuviera esa universidad. «¿Tienen judíos en Alabama?», preguntó. Bebía ginebra, llevaba puestas las gafas de sol y unas sandalias nuevas de color dorado, y no había perdido su voz autoritaria e imperiosa.
Feliz
A Louise a veces le gustaba ir al dentista, aunque no siempre. El dentista era un irlandés mofletudo y con barriguita que sabía un montón de chistes y asistía a retiros católicos, leía a Kierkegaard y Yeats en la soledad de los bosques y reflexionaba sobre Thomas Merton. A Louise eso le parecía interesante. Finerty también estaba divorciado, de una agradable presbiteriana de cara redondeada que en algún momento del pasado había vuelto al condado de Down, Irlanda. Finerty felicitaba a Louise por su perfecta dentadura blanca, cosa que a ella le encantaba.
Rumbo a Kenosha
En el ascensor, para su inmensa sorpresa, descubrió que estaba llorando. ¿Por qué diantres lloraba? ¿Cuánto hacía que no lloraba? No había llorado cuando Pat murió. Aunque sí cuando murió su padre. En el avión, al aterrizar en el aeropuerto JFK. Su único viaje a Irlanda. Su padre siempre decía que era una llorona. Nunca le había molestado que las mujeres lloraran. Pero ¿esto? ¿Ahora? Era por Grace, naturalmente. Grace tenía una maravillosa voz de cantante. Una dulce y delicada voz de tenor que no esperarías de él. Una especie de milagro. Era eso lo que la hacía llorar: recordar a Ricky Grace cantando, allí, en el ascensor. Le sorprendía recordarlo. Pero cuando vivían en Steelton, sin televisor, sin nada, él le cantaba. Caía la primera nieve. Ella se sentaba ante su pequeño Kimball, que el alquiler por algún motivo les permitía, y él se ponía a cantar canciones de The Fantasticks.
En coche
En París había hecho unos cuantos conocidos —hombres— en su clase de francés en la biblioteca. Había encontrado un pisito, solo para el otoño, en la última página de una revista americana. «Visión parcial de los tejados con geranios.» Comía fuera. Practicaba el idioma con camareros y taxistas, aunque todos preferían el inglés. Le gustaba París, donde había estado dos veces cuando iba a la universidad y una vez con Ann. En alguna parte había leído las palabras de un sabio que afirmaba que en París te sentías más extranjero que en ninguna otra parte, «… su respiración femenina, delicada y rápida», o algo parecido. No recordaba la cita exacta. Pero tampoco le parecía cierto. No se sentía muy extranjero. Lo que parecía cierto era que no importaba gran cosa dónde estuvieras. No tanto como antes. París no estaba mal. Si alguien le hubiera preguntado por qué estaba allí en aquel momento, en otoño —en lugar de Berlín, el Cairo o Estambul—, no habría sabido qué contestar. La gente corriente, la gente normal que había tenido experiencias vitales semejantes a las suyas…, nunca sabías cómo habían acabado. Solían desvanecerse. Cuando en realidad —o eso pensaba— seguían con su vida en un discreto segundo plano.
Jimmy Green
La noche en que todo salió a la luz, él y Patsy se encontraban en Dawson Street. Llovía y hacía frío. Era noviembre. Se oía pasar a los autobuses que tomaban la curva cerrada desde Nassau llegando del Trinity, rumbo a Stephen’s Green. Siempre iban demasiado deprisa, sobre todo en esas noches de lluvia, relucientes y sin luz, cuando había mucho tráfico. Él y Patsy habían ido andando a una conferencia, y se habían parado en el semáforo. Había un muchacho a su lado, en el filo de la acera. Justo cuando unos autobuses pasaban a su lado con un gran estruendo, alguien lo empujó por detrás y lo lanzó bajo las ruedas. Uno de los neumáticos —los dos lo vieron— le pasó por encima de la cabeza. Murió delante de todo el mundo. Hubo un inmenso instante en que reinó un silencio terrible, enseguida todo el mundo comenzó a dar voces. Había sido una tontería, un pequeño malentendido entre dos amigos. Nada que tuviera que terminar en una muerte. Pero de repente Patsy no pudo soportarlo. A veces aparece un instante como de la nada y uno se replantea toda la vida. Algo estúpido. Pero todos sabemos cómo son esas cosas. Para recuperarse, Patsy hizo un viaje. Se llevó a las niñas. Se fue a Islandia, para caminar sobre un glaciar en medio de un frío y un hielo terapéuticos. Él volvió al trabajo. Pero ya nada fue como antes. Aunque hacía ya tiempo que las cosas no eran como antes. La familia de ella tenía una gran casa en Inishowen. Ella había crecido cerca del mar. De repente todo tenía que ver con la falsa necesidad que él tenía de «comprender», que no era realmente comprensiva. Algo tan americano, dijo ella. Tan deshonesto. Los americanos se creen que pueden aprender a manejarlo todo, dijo ella.
Una travesía
Al caer la tarde del día en que creyó que iba a marcharse, decidió lo contrario. Mientras estaba solo en el patio, junto al asta vacía de la bandera, mirando el coche que le esperaba, le vino a la cabeza un pensamiento. ¿Quién era? ¿Quién era él sin Mae? ¿Era el mismo hombre? ¿Valía la pena saberlo, no, incluso a su edad? Era alguien. No era nadie. No necesitaba ninguna reinvención. Solo continuidad.
Animo a los críticos, una especie en extinción, un anacronismo de la envergadura de una vieja máquina de escribir, a infectar sus textos con filigranas literarias
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:… «Y súbitamente todo empezó a aclarársele».
Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
—Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en ve…
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)