Lo que trasciende normalmente de una novela no es su contenido, sino lo que se produce a su alrededor. Muy pocas veces un autor ha sido polémico o relevante por el contenido de su libro; si hay ruido mediático, es por algo que hace más allá de su obra.
Toda la literatura es una metáfora del mundo. Es poner lo que pasa en el mundo sobre el papel, en palabras. Por supuesto, la literatura lo refleja todo, pero no literalmente. Es como poner orden en el caos que nos rodea. Así que la literatura es una herramienta para transformar el caos en orden, lo que nos rodea, los problemas, los desastres, las guerras, el amor, el odio, y hacerlos coherentes y comprenderles y dotarles de sentido. Ese es el sentido de la literatura. […]
La literatura somos nosotros, sin ella no sabemos quiénes somos. Y también sin las demás artes, sin la música, sin la pintura, sin el arte que nos rodea. Somos lo que creamos. Sin el arte, los humanos no tendrían cultura, no tendrían forma de sobrevivir. Sin la literatura, sin la poesía, a la que considero la más elevada de las artes… Porque no son adornos, son la esencia de la vida.
A diferencia de otros compañeros de generación como Jorge Herralde o Mario Muchnik, Esther Tusquets nunca se definió como una editora vocacional, a la manera apasionada y heroica que exhibieron tantos profesionales del gremio en el siglo pasado.
Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, créame que no me satisface quejarme. Pero ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura misma– que a usted? Todo lo que quiero decir es que lo echamos de menos. Yo lo echo de menos. Su influencia decisiva continúa. La época en que ahora estamos entrando, este siglo 21, pondrá a prueba al espíritu de maneras nuevas. Pero, se lo aseguro, algunos no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro patrono y nuestro héroe.
Se vive así, cobijado, en un mundo delicado, y uno cree que vive. Entonces lee un libro (Lady Chatterley, por ejemplo), o va de viaje, o habla con Richard, y descubre que no vive, que está simpleme…
De pequeña solía maravillarme ante cosas corrientes. Un tenedor encima de la mesa o una flor en un jarrón de repente adquirían la extraña cualidad de un misterio metafísico. Ver a mi hermana lamer un cucurucho de helado me llevaba a pensar en lo raras que eran las lenguas humanas, con sus bultos y el surco en el centro. ¿Y las sensaciones que iban y venían a lo largo del día: los escalofríos y los sudores, los sabores dulces y los agrios, los retortijones cuando los niños del colegio se reían de mí o el deleite de los besos y los abrazos de mi madre? Y luego estaban las reglas de la vida, que no eran pocas. ¿Por qué los niños podían dar brincos cuando ganaban un concurso de caligrafía y a las niñas no se nos dejaba ni sonreír, y menos aún levantar los brazos en el aire? ¿Y si las reglas eran diferentes?
Cuando mi hija, Sophie, tenía tres años, me preguntó: «Mamá, ¿cuando sea mayor seguiré siendo Sophie?». Le respondí que sí, aunque sabía que acababa de plantear una antigua cuestión filosófica para la que no había una respuesta satisfactoria, la cuestión del Yo y su continuidad en el tiempo. ¿Qué cambia y qué permanece igual? ¿Creemos a Heráclito o a Platón? ¿Cómo conectamos el embrión, el recién nacido y el adolescente con la anciana que está en su lecho de muerte? ¿Cómo concebimos la vida interna y la externa? ¿Cómo marcamos los límites entre ellas? ¿Cómo sabemos lo que estamos tan convencidos de saber? […]
¿Es la misma persona la niña que se quedaba mirando un tenedor y la mujer que daba la charla? El tiempo es inefable, pero las ideas y las reglas que las acompañan pueden perdurar, a menudo cientos de años. A mi yo adulto no le cuesta imaginar un mundo en el que las ideas circulan libremente entre disciplinas sin una jerarquía discriminatoria, un mundo donde las niñas pueden alardear tanto como los niños y éstos no les tienen miedo, un mundo en el que se han disuelto las viejas fronteras. Este premio llega de la mano de una niña, una princesa. Me gustaría que fuera para todas las niñas que leen muchos libros sobre un sinfín de temas, que piensan, preguntan, dudan, imaginan y se niegan a estar calladas».
Hay veces que no estamos juntos, y sin embargo yo siento que tú estás aquí, hablando conmigo, mirando lo que escribo, silenciosa, a mi espalda, llenando con tu risa, la pieza, dando vida a muebles y retratos, alegre, victoriosa, como si por nosotros el espacio se hubiera comprimido, juntándonos, fabricando el milagro del amor, profundísimo: hacer que lo imposible crezca, naturalmente.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)