Suele decirse que la literatura está llena de visiones del mundo. Pero esto es un cliché. Yo, por ejemplo, no tengo ninguna visión que no sea instantánea y fugaz, “solo soy una sombra”, que decía Pepe Bergamín.
La cena fue estupendamente. Janice se dedicó a mimar a Bobbi, que ahora parecía feliz de ser Bobbi y no Feliz, como si todo lo que representaba aquella noche simbolizara una reversión (concretamente para ella) a alguna manera de ser anterior a casi todo lo que había resultado su vida, y que al final no había estado a la altura. El objetivo de Janice, sin anunciarlo como objetivo, era crear un ambiente en el que Bobbi acabara de llegar y nadie hubiera muerto, y había muchísimos temas de los que hablar, después de una ausencia tan larga, y Bobbi sin duda necesitaba contarles a las cuatro los nuevos proyectos que tenía entre manos y dónde planeaba pasar el otoño y el invierno («En Taos, evidentemente»), y que un famoso museo de Los Ángeles iba a aflojar la pasta y ultimar la adquisición que habían estado posponiendo durante seis años, y que una gran universidad estatal de Alabama le había solicitado que fuera artista residente, una facultad que a base de dinero había creado un departamento de arte internacional totalmente nuevo (con profesores que habían robado de Yale y Santa Cruz); querían que ella, Bobbi, fuera el pilar del departamento. Menudo puntazo sería eso, dijo Bobbi, para una «pequeña judía de Palisade Avenue», vivir donde quiera que estuviera esa universidad. «¿Tienen judíos en Alabama?», preguntó. Bebía ginebra, llevaba puestas las gafas de sol y unas sandalias nuevas de color dorado, y no había perdido su voz autoritaria e imperiosa.
Feliz
A Louise a veces le gustaba ir al dentista, aunque no siempre. El dentista era un irlandés mofletudo y con barriguita que sabía un montón de chistes y asistía a retiros católicos, leía a Kierkegaard y Yeats en la soledad de los bosques y reflexionaba sobre Thomas Merton. A Louise eso le parecía interesante. Finerty también estaba divorciado, de una agradable presbiteriana de cara redondeada que en algún momento del pasado había vuelto al condado de Down, Irlanda. Finerty felicitaba a Louise por su perfecta dentadura blanca, cosa que a ella le encantaba.
Rumbo a Kenosha
En el ascensor, para su inmensa sorpresa, descubrió que estaba llorando. ¿Por qué diantres lloraba? ¿Cuánto hacía que no lloraba? No había llorado cuando Pat murió. Aunque sí cuando murió su padre. En el avión, al aterrizar en el aeropuerto JFK. Su único viaje a Irlanda. Su padre siempre decía que era una llorona. Nunca le había molestado que las mujeres lloraran. Pero ¿esto? ¿Ahora? Era por Grace, naturalmente. Grace tenía una maravillosa voz de cantante. Una dulce y delicada voz de tenor que no esperarías de él. Una especie de milagro. Era eso lo que la hacía llorar: recordar a Ricky Grace cantando, allí, en el ascensor. Le sorprendía recordarlo. Pero cuando vivían en Steelton, sin televisor, sin nada, él le cantaba. Caía la primera nieve. Ella se sentaba ante su pequeño Kimball, que el alquiler por algún motivo les permitía, y él se ponía a cantar canciones de The Fantasticks.
En coche
En París había hecho unos cuantos conocidos —hombres— en su clase de francés en la biblioteca. Había encontrado un pisito, solo para el otoño, en la última página de una revista americana. «Visión parcial de los tejados con geranios.» Comía fuera. Practicaba el idioma con camareros y taxistas, aunque todos preferían el inglés. Le gustaba París, donde había estado dos veces cuando iba a la universidad y una vez con Ann. En alguna parte había leído las palabras de un sabio que afirmaba que en París te sentías más extranjero que en ninguna otra parte, «… su respiración femenina, delicada y rápida», o algo parecido. No recordaba la cita exacta. Pero tampoco le parecía cierto. No se sentía muy extranjero. Lo que parecía cierto era que no importaba gran cosa dónde estuvieras. No tanto como antes. París no estaba mal. Si alguien le hubiera preguntado por qué estaba allí en aquel momento, en otoño —en lugar de Berlín, el Cairo o Estambul—, no habría sabido qué contestar. La gente corriente, la gente normal que había tenido experiencias vitales semejantes a las suyas…, nunca sabías cómo habían acabado. Solían desvanecerse. Cuando en realidad —o eso pensaba— seguían con su vida en un discreto segundo plano.
Jimmy Green
La noche en que todo salió a la luz, él y Patsy se encontraban en Dawson Street. Llovía y hacía frío. Era noviembre. Se oía pasar a los autobuses que tomaban la curva cerrada desde Nassau llegando del Trinity, rumbo a Stephen’s Green. Siempre iban demasiado deprisa, sobre todo en esas noches de lluvia, relucientes y sin luz, cuando había mucho tráfico. Él y Patsy habían ido andando a una conferencia, y se habían parado en el semáforo. Había un muchacho a su lado, en el filo de la acera. Justo cuando unos autobuses pasaban a su lado con un gran estruendo, alguien lo empujó por detrás y lo lanzó bajo las ruedas. Uno de los neumáticos —los dos lo vieron— le pasó por encima de la cabeza. Murió delante de todo el mundo. Hubo un inmenso instante en que reinó un silencio terrible, enseguida todo el mundo comenzó a dar voces. Había sido una tontería, un pequeño malentendido entre dos amigos. Nada que tuviera que terminar en una muerte. Pero de repente Patsy no pudo soportarlo. A veces aparece un instante como de la nada y uno se replantea toda la vida. Algo estúpido. Pero todos sabemos cómo son esas cosas. Para recuperarse, Patsy hizo un viaje. Se llevó a las niñas. Se fue a Islandia, para caminar sobre un glaciar en medio de un frío y un hielo terapéuticos. Él volvió al trabajo. Pero ya nada fue como antes. Aunque hacía ya tiempo que las cosas no eran como antes. La familia de ella tenía una gran casa en Inishowen. Ella había crecido cerca del mar. De repente todo tenía que ver con la falsa necesidad que él tenía de «comprender», que no era realmente comprensiva. Algo tan americano, dijo ella. Tan deshonesto. Los americanos se creen que pueden aprender a manejarlo todo, dijo ella.
Una travesía
Al caer la tarde del día en que creyó que iba a marcharse, decidió lo contrario. Mientras estaba solo en el patio, junto al asta vacía de la bandera, mirando el coche que le esperaba, le vino a la cabeza un pensamiento. ¿Quién era? ¿Quién era él sin Mae? ¿Era el mismo hombre? ¿Valía la pena saberlo, no, incluso a su edad? Era alguien. No era nadie. No necesitaba ninguna reinvención. Solo continuidad.
Animo a los críticos, una especie en extinción, un anacronismo de la envergadura de una vieja máquina de escribir, a infectar sus textos con filigranas literarias
Tengo clavada en mi pared una ficha de tres por cinco, en la que escribí un lema tomado de un relato de Chejov:… «Y súbitamente todo empezó a aclarársele».
Sentí que esas palabras contenían la maravilla de lo posible. Amo su claridad, su sencillez; amo la muy alta revelación que hay en ellas. Palabras que también tienen su misterio. Porque, ¿qué era lo que antes permanecía en la oscuridad? ¿Qué es lo que comienza a aclararse? ¿Qué está pasando? Bien podría ser la consecuencia de un súbito despertar. Siento una gran sensación de alivio por haberme anticipado a ello.
—Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en ve…
Nunca he podido empezar un libro sin terminarlo. Nunca he hecho un libro que no fuera ya una razón de ser mientras se escribía, y eso, sea el libro que sea. Y en todas partes. En todas las estaciones (…) Por fin tenía una casa donde esconderme para escribir libros. Quería vivir en esta casa. ¿Para hacer qué? Empezó así, como una broma. Quizás escribir, me dije, podría.
Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido.
Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza en las direcciones que creíamos haber explorado, avanza hacia su propio destino y el de su autor (…) Un libro abierto también es la noche.
En la vida llega un momento, y creo que es fatal, al que no se puede escapar, en que todo se pone en duda: el matrimonio, los amigos, sobre todo los amigos de la pareja. El hijo, no. El hijo nunca se pone en duda. Y esa duda crece alrededor de uno. Esa duda está sola, es la de la soledad. Ha nacido de ella, de la soledad. Ya podemos nombrar la palabra. (…) La duda, la duda es escribir. Por tanto, es el escritor, también. Y antes de que esté completamente escrito; es decir: solo y libre de ti, que lo has escrito. Es tan insoportable como un crimen. No creo a la gente que dice: “He roto mi manuscrito, lo he tirado”. No lo creo. O bien lo que estaba escrito no existía para los demás, o no era un libro. Y uno siempre sabe lo que no es un libro. Siempre se ha sabido. Creo también, que sin esa duda primera del gesto hacia la escritura, no hay soledad. Nadie ha escrito nunca a dúo. Se ha podido cantar a dúo, también componer música y jugar al tenis; pero escribir, no. Nunca. (…) Creo que el hecho de que un libro sea más o menos difícil de llevar hacia el lector, en la dirección de su lectura. Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol. Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más…Es ahí donde se bebe. Ya que uno está perdido y ya no se tiene nada que escribir, que perder, uno escribe. Mientras el libro está ahí y grita que exige ser terminado, uno escribe. Uno está obligado a mantener el tipo. Es imposible soltar un libro para siempre será un libro, no, no lo sabe. Nunca. Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí. Enseguida pasa a la sangre, y luego uno duerme. La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón, sí. De repente late muy deprisa. Cuando yo escribía en la casa todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos. Hubo varios años así, difíciles, para mí, sí, diez años quizá, quizá duró diez años. Y cuando amigos incluso muy queridos acudían a visitarme, también era terrible. Los amigos nada sabían de mí: me apreciaban y acudían por gentileza creyendo que hacían bien. Y lo más extraño era que no me importaba. Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El del miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se Escribe. (…) No es sólo la escritura, lo escrito, también los gritos de las bestias de la noche, los de todos, los vuestros y los míos, los de los perros. Es la vulgaridad masificada, desesperante, de la sociedad. El dolor; (…) Siempre, eso creo.
En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo (pero hay que encerrarlo muy rápido, si no, se lo come la sombra) Un poco de copo de nieve, quizá una moneda de luna, botones del traje del viento, y mucho, muchísimo más.
Les voy a contar un secreto. En una cajita de fósforos yo tengo guardada un lagrima, y nadie, por suerte la ve. Es claro que ya no me sirve Es cierto que esta muy gastada.
Lo sé, pero que voy a hacer tirarla me da mucha lastima
Tal vez las personas mayores no entiendan jamas de tesoros Basura, dirán, cachivaches no se porque juntan todo esto No importa, que ustedes y yo igual seguiremos guardando palitos, pelusas, botones, tachuelas, virutas de lápiz, carozos, tapitas, papeles, piolín, carreteles, trapitos, hilachas, cascotes y bichos.
En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Las cosas no tienen mamá.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)