Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto. No obran milagros pero pueden ayudar. Shakespeare puede ayudar mucho: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o comedia. Al final, el fanático nunca es más feliz ni está más satisfecho, así muera o se convierta en bufón. Es una buena inyección. Y Gogol también puede ayudar: hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Gogol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acabe persiguiendo fanáticamente a su nariz. No es una mala lección. Kafka es un buen educador a este respecto, aunque estoy seguro de que nunca pretendió aleccionar con su obra contra el fanatismo. Pero Kafka nos muestra que también hay oscuridad y enigma cuando pensamos que no hemos hecho nada malo en absoluto. Eso ayuda. Hablaría mucho más de Kafka y Gogol y de la sutil conexión que veo entre ambos. Pero lo dejaremos para otros seminario. Pienso que William Faulkner puede ayudar. El poeta israelí Yehudi Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: «Donde tenemos razón no pueden crecer flores».
Yo creo que es difícil matar una idea, porque las ideas son invisibles y contagiosas, y se mueven rápido.
Yo creo que puedes establecer tus propias ideas en contra de aquellas que no te gusten. Que debieras ser libre de argumentar, explicar, clarificar, debatir, ofender, insultar, enrabiar, burlar, cantar, dramatizar y negar.
No creo que quemando, asesinando, explotando a gente, destrozando sus cabezas con piedras (para hacer escapar las malas ideas), ahogándolos o incluso derrotándolos se puedan contener las ideas que no te gusten. Las ideas brotan donde no las esperas, como semillas, y son igual de difíciles de controlar.
Yo creo que reprimir ideas propaga las ideas.
Yo creo que la gente y los libros y los diarios son recipientes para las ideas, pero quemar a la gente sería tan infructuoso como bombardear los archivos del periódico. Ya es demasiado tarde. Las ideas están afuera, escondiéndose, detrás de los ojos de la gente, esperando en sus pensamientos. Pueden ser susurradas. Pueden ser escritas en las paredes en mitad de la noche. Pueden ser dibujadas.
Yo creo que las ideas no tienen que ser correctas para existir.
Yo creo que tú tienes todo el derecho a estar perfectamente seguro de que las imágenes de dios o un profeta o un hombre son sagradas e indefinibles, así como yo tengo el derecho a estar seguro de la divinidad del habla, de la santidad del derecho a burlarse, comentar, discutir y decir.
Yo creo que tengo el derecho a pensar y decir cosas equivocadas. Yo creo que el remedio para eso debiera ser el discutir conmigo o ignorarme, y que yo debiera tener el mismo remedio para las cosas equivocadas que tú piensas.
Yo creo que tienes el derecho absoluto a pensar cosas que yo considero ofensivas, estúpidas, absurdas o peligrosas, y que tienes el derecho de hablar, escribir o distribuir estas cosas, y yo no tengo el derecho a matarte, mutilarte, herirte o requisar tu libertad o propiedad porque considere amenazantes, insultantes, o derechamente repugnantes, tus ideas.
Tú probablemente piensas que mis ideas son bastante viles también.
Yo creo que en la batalla entre armas e ideas, las ideas, eventualmente, ganarán.
Porque las ideas son invisibles, permanecen y, a veces, incluso son ciertas.
Todo esto debe ser considerado como algo dicho por un personaje de novela —o más bien por varios—. Pues del imaginario, materia fatal de la novela y laberinto de los esconces por los que se extraví…
P.: En su reseña de Cartas al padre Flye de James Agee defiende usted el profesionalismo. Aun así, le molesta tener que escribir para ganarse la vida?
R.: No, siempre he querido escribir o dibujar para ganarme la vida. Creo que dar clases, que es la alternativa de costumbre, realmente lo vacía y lo corrompe a uno. He sido capaz de vivir en gran medida de los géneros más respetables -la poesía, los relatos, la novelas- pero el periodismo que he hecho me ha sido útil. Si tuviera que escribir anuncios de desodorante o etiquetas de botes de kétchup, lo haría. El milagro de convertir intuiciones en pensamientos y pensamientos en palabras y palabras en planchas de metal e imprenta y tinta nunca me aburre. Me interesan los aspectos técnicos de la producción de libros, desde la fuente tipográfica hasta la cola de encuadernar. La distinción entre una cosa bien hecha y otra mal hecha rige en todas partes, en todos los círculos del Paraíso y el Infierno.
John Urdike
Entrevista con John Urdike (“The Paris Review”. 1953-1983)
Que el arte no se vuelva para ti la compensación de lo que no supiste ser Que no sea permuta ni refugio Ni dejes que el poema te aplace o divida: sino que sea La verdad de tu entero estar terrestre
Entonces construirás tu casa en la llanura costera A media distancia entre la montaña y el mar Construirás -como se dice- la casa de planta baja: Construirás a partir del fundamento
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)