Una vez, en plena mala racha, escribí con letras enormes en una doble página de un cuaderno que la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo. Aunque ahora …
¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Roberto Bolaño, en «Los sinsabores del verdadero policía».
Tu tarea es llevar la vida en alto, jugar con ella, lanzarla como una voz a las nubes, a que recoja las luces que se nos marcharon ya. Ese es tu sino: vivirte. No hagas nada. Tu obra eres tú, nada más.
La vida en la tierra sale bastante barata. Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo. Por las ilusiones, sólo cuando se pierden Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo
Bret Easton Ellis en París en septiembre de 2019. Crédito: Getty Images.
En conversación con Rodrigo Fresán, Ellis se refirió a la génesis de «Los destrozos», a sus influencias, a sus idas y vueltas por el mundo del cine y a lo mucho que él disfruta de hacer literatura en su propio mundo, tan lejos de todos y de todo.
Él luce un cuerpo de corredor, un cuerpo sin defectos, de mártir de pintura flamenca. Las venas asoman como cuerdas bajo la piel de sus brazos y piernas.
El entoldado en que se celebraba el banquete nupcial tenía largas mesas con grandes arreglos florales y, al caer la noche, se fue iluminando gradualmente hasta parecer un inmenso barco etéreo destinado a surcar el mar o los cielos, no se sabía bien. Brule le aseguró a su nuevo año que empezaba para él, Brian, la época más feliz que un hombre podía experimentar en la tierra, refiriéndose, por supuesto, al matrimonio.
Solía aparcar así: era una mujer con una vida muy particular. Sabía organizar cenas, cuidar perros, entrar en restaurantes… Tenía su estilo de responder a las invitaciones, de vestirse, de ser quien era; hábitos incomparables, podría decirse. Era una mujer que había leído libros, jugado al golf, asistido a bodas; que tenía buenas piernas, que había capeado temporalmente: una mujer elegante a quien ya nadie quería.
Aunque había estudiado en Dartmouth y se había licenciado en Historia, Eddie Fenn era carpintero. Trabajaba solo casi todo el tiempo. Tenía treinta y cuatro años. Le clareaba el pelo y tenía una sonrisa tímida. Había en él algo aplacado. De más joven, se le suponía algún talento, pero no había llegado a zarpar: siempre había navegado cerca de la costa.
Era alta, con la nariz larga y elegante de un purasangre. La gente nunca es como uno la recuerda: la había visto por primera vez saliendo de un restaurante muy pasada la hora de comer. Llevaba un vestido de seda bien ceñido a las caderas y el viento que soplaba de frente hacía que se le pegaba a las piernas delineando sus muslos. «Aquellas tardes», pensó.
Llevaban tres meses casados cuando, tras discutir durante una comida de Acción de Gracias con amigos, ella abrió la ventana de un dormitorio y saltó al vacío desde un decimoctavo piso. No había dicho nada, no dejó ninguna nota.
Walter Such era traductor. Le gustaba escribir con una pluma estilográfica verde que tenía por costumbre dejar suspendida en el aire después de cada frase, casi como si su mano fuera un artefacto mecánico. Podía recitar frases de Blok en ruso y luego dar la traducción alemana de Rilke resaltando su belleza. Era un hombre sociable, aunque quisquilloso, que tartamudeaba ligeramente y vivía con su mujer de un modo satisfactorio para ambos. Pero Marit, su mujer, estaba enferma.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)