¿Por qué contamos historias? ¿Por qué tenemos esta profunda necesidad de contarnos los unos a los otros tanto lo real como lo inventado? ¿Por qué tenemos la necesidad de inclinarnos sobre la mesa o junto a la chimenea o sobre el formidablemente enrevesado cableado de internet y susurrar lo de «Escúchame»? Lo hacemos porque estamos hartos de la realidad y porque necesitamos crear lo que todavía no existe.
Los poemas y las narraciones crean lo que está por llegar. Cualquier frase brotada de la imaginación es un poderoso alegato a favor de lo nuevo. La literatura propone posibilidades, y luego saca verdades de ellas. La narrativa es una de las evidencias más profundas que se nos ha concedido para demostrar que estamos vivos.
En realidad, el auténtico significado de la palabra ficción es moldear o dar forma. Proviene de la voz latina fictio y su verbo es fingere, mientras que su participio pasado es, curiosamente, fictus. No significa (necesariamente) mentir ni inventar. Y tampoco significa que no participe de lo que es «verdad». Consiste en tomar lo que ya está allí y otorgarle una nueva forma.
La literatura puede ser un soporte, o un punto de apoyo contra el desasosiego. ¿Es eso suficiente? Por supuesto que no lo es, pero es todo lo que tenemos.
Quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje, que nos volvió tan frecuentemente infelices.
Como ves, tengo todavía algo de poeta. También te regalare un hermoso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás […]
1. Un buen narrador jamás usa el adjetivo “indescriptible”. Un buen narrador se dedica a cultivar con denuedo aunque sin exceso el jardín de la descripción.
2. Un buen narrador no escribe “Sofía era hermosa” y se sigue de largo. Un buen narrador se detiene en el lunar en un pómulo de Sofía.
3. Un buen narrador no escribe “Se sintió la furia de los elementos”. Un buen narrador logra que su tifón agite las palabras en la página.
4. Un buen narrador no escribe “Tenía la voz aguda” y lo olvida. Un buen narrador consigue lastimarnos el oído cada vez que suena esa voz.
5. Un buen narrador no escribe “Hicieron el amor durante horas”. Un buen narrador capta gritos y gemidos, la gota de sudor en un cuello.
6. Un buen narrador no escribe “Tuvo un sueño agitado”. Un buen narrador nos franquea la entrada al país convulso de las pesadillas.
7. Un buen narrador no escribe “Fugarse de la prisión parecía imposible”. Un buen narrador coloca a su reo en una celda junto al abate Faria.
8. Un buen narrador no escribe “El sol lo encegueció”. Un buen narrador obliga a abrir los ojos en el punto más alto del deslumbramiento..
9. Un buen narrador no escribe “Lo esperaba un largo camino”. Un buen narrador nos entrega el calzado que resistirá la andadura de los días.
y 10. Un buen narrador nunca escribe “Y vivieron felices para siempre”. Un buen narrador sabe que lo único que durará para siempre es la muerte.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)