Javier Marías posando junto a una estatua de Valle-Inclán. Fotografía cedida por la familia.
Este texto tiene un aire tentativo y una inevitable atmósfera de precipitación. Tentativo porque es apenas un temprano abordaje a un autor recién muerto demasiado importante para mí para tratar de encapsularlo en un único texto, y al que debo volver, y volveré, vamos si volveré….
¡Ah! La última vez que vi a Carlos Fuentes lo encontré escribiendo como a un albañil que trabajaba a destajo. Tenía que entregar la novela a plazo fijo. Almorzamos, rápido, en su casa. Él tenía que volver a la máquina. Dicen que eso mismo le sucedía a Balzac y a Dostoievski. Sí, pero como una desgracia, no como una condición de la que se enorgullecieran. […] Perdonen, amigos Cortázar, Fuentes, tú mismo, Mario que estás en Londres. Creo que estoy desvariando, pretendiendo lo mismo que ustedes, eso mismo contra lo que me siento como irritado. Puede que ustedes no tengan mejor ni más ni menos razón que yo. Hay escritores que empiezan a trabajar cuando la vida los apera, con apero no tan libremente elegido sino condicionado, y están ustedes, que son, podría decirse, más de oficio. Quizás mayor mérito tengan ustedes, pero ¿no es natural que nos irritemos cuando alguien proclama que la profesionalización del novelista es un signo de progreso, de mayor perfección?».
Annie Ernaux cuenta en estas páginas la relación que mantuvo con un hombre más joven que ella. Una experiencia que la hizo volver a ser, durante varios meses, la «chica escandalosa» de su juventud. Un viaje en el tiempo que le permitió atravesar una etapa decisiva en su escritura.
«El hombre joven es una miniatura perfecta que concentra todos sus libros en un gesto proustiano de una belleza sobrecogedora.» Les Inrockuptibles
«Annie Ernaux regresa con esta intensa historia sobre una aventura que mantuvo con un hombre mucho más joven que ella. Espléndido.» Elle Francia
«Nunca te dejes engañar por nada, ni por los demás ni por ti mismo: esta es una de las grandes fortalezas de Annie Ernaux, cuya escritura logra el prodigio de resaltar los aspectos esenciales de una experiencia.» L’Obs
«Esta historia nos asombra por su audacia y por la inteligencia que en ella se manifiesta al contar el ordinario abismo de una historia de amor.» Le Monde des Livres
Contraportada de la edición de Cabaret Voltaire
Textos
A menudo he hecho el amor para obligarme a escribir. Quería encontrar en el cansancio, en el desamparo que le siguen, razones para no aguardar ya nada de la vida. Tenía la esperanza de que el final de la expectativa más imperiosa, la del orgasmo, me hiciera sentir la certeza de que no había goce superior al de la escritura de un libro. Quizá ese deseo de desencadenar la escritura del libro fue el que me condujo a llevar a A. a mi casa a tomar una copa después de cenar en un restaurante donde, por timidez, había permanecido prácticamente mudo. Era casi treinta años más joven que yo.
Me parecía que no me había levantado nunca de la cama, la misma desde mis dieciocho años, pero en lugares distintos, con hombres diferentes e indiscernibles los unos de los otros.
Era el pasado incorporado. Estafa
Con él recordaría todas las edades de la vida, de mi vida.
Mi cuerpo ya no tenía edad. Hacía falta la mirada abiertamente reprobadora de unos clientes a nuestro lado en un restaurante para demostrarlo. Mirada que, lejos de avergonzarme, reforzaba mi determinación a no ocultar mi relación con un hombre «que podría ser mi hijo», cuando cualquier tipo de cincuenta años podía aparecer con la que visiblemente no era su hija sin suscitar ninguna reprobación. Pero yo sabía, mirando a esa pareja madura, que si estaba con un joven de veinticinco años, era para no tener ante mí, continuamente, la cara marcada de un hombre de mi edad, la de mi propio envejecimiento.
—¿Qué significa ser poeta, con tanto bombardeo de imágenes e información? —La posibilidad del silencio, un diálogo íntimo entre dos personas que no se conocerán nunca. —¿Qué representa la poesía en este mundo tan globalizado? —Una forma de resistencia contra todo.
(Sofia) me escribe que hoy su hijo ha jugado a fútbol y, que cada vez que su equipo marcaba, un niño del equipo que perdía animaba al resto de compañeros diciendo con voz de pito: “¡Aún vamos…
Algunos de mis poemas más recientes tienen una cualidad que no tenían los primeros: hay versos que casi podrían estar sacados de una conversación. A lo mejor estoy hablando con un amigo o con mi mujer y me digo: «Esto no termina de sonar bien», y sin interrumpirme lo reconsidero y cambio unas cuantas palabras. En ese sentido, mi nuevo estilo es más fácil de escribir; a veces me sale de golpe una secuencia natural de versos que funciona. Pero con este método no me vienen poemas enteros; los poemas en apariencia más naturales me cuestan tanto como los que están muy trabajados.
Robert Lowell
Entrevista con Robert Lowell (“The Paris Review”. 1953-1983)
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)