¿Por qué contar historias? Colum McCann

¿Por qué contamos historias? ¿Por qué tenemos esta profunda necesidad de contarnos los unos a los otros tanto lo real como lo inventado? ¿Por qué tenemos la necesidad de inclinarnos sobre la mesa o junto a la chimenea o sobre el formidablemente enrevesado cableado de internet y susurrar lo de «Escúchame»? Lo hacemos porque estamos hartos de la realidad y porque necesitamos crear lo que todavía no existe.

Los poemas y las narraciones crean lo que está por llegar. Cualquier frase brotada de la imaginación es un poderoso alegato a favor de lo nuevo. La literatura propone posibilidades, y luego saca verdades de ellas. La narrativa es una de las evidencias más profundas que se nos ha concedido para demostrar que estamos vivos.

En realidad, el auténtico significado de la palabra ficción es moldear o dar forma. Proviene de la voz latina fictio y su verbo es fingere, mientras que su participio pasado es, curiosamente, fictus. No significa (necesariamente) mentir ni inventar. Y tampoco significa que no participe de lo que es «verdad». Consiste en tomar lo que ya está allí y otorgarle una nueva forma.

La literatura puede ser un soporte, o un punto de apoyo contra el desasosiego. ¿Es eso suficiente? Por supuesto que no lo es, pero es todo lo que tenemos.

Colum McCann

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Crítica: «Intimidades». Katie Kitamura

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Descubrimiento de la lectura. Marguerite de Yourcenar

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Nuccio Ordine. Fernando Aramburu

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Escritor. Alejandro Zambra

Quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje, que nos volvió tan frecuentemente infelices.

Alejandro Zambra
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Tres cartas cochinas de James Joyce a Nora Barnacle

Como ves, tengo toda­vía algo de poeta. Tam­bién te rega­lare un her­moso libro: es el regalo del poeta para la mujer que ama. Pero, a su lado y den­tro de este amor espi­ri­tual que siento por ti, hay tam­bién una bes­tia sal­vaje que explora cada parte secreta y ver­gon­zosa de él, cada uno de sus actos y olo­res. Mi amor por ti me per­mite rogar al espí­ritu de la belleza eterna y a la ter­nura que se refleja en tus ojos o derri­barte debajo de mí, sobre tus sua­ves senos, y tomarte por atrás […]

Origen: Tres cartas cochinas de James Joyce a Nora Barnacle – Cultura y vida cotidiana

James Joyce
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Diez consideraciones sobre el buen narrador. M.M Figueiras

1. Un buen narrador jamás usa el adjetivo “indescriptible”. Un buen narrador se dedica a cultivar con denuedo aunque sin exceso el jardín de la descripción.

2. Un buen narrador no escribe “Sofía era hermosa” y se sigue de largo. Un buen narrador se detiene en el lunar en un pómulo de Sofía.

3. Un buen narrador no escribe “Se sintió la furia de los elementos”. Un buen narrador logra que su tifón agite las palabras en la página.

4. Un buen narrador no escribe “Tenía la voz aguda” y lo olvida. Un buen narrador consigue lastimarnos el oído cada vez que suena esa voz.

5. Un buen narrador no escribe “Hicieron el amor durante horas”. Un buen narrador capta gritos y gemidos, la gota de sudor en un cuello.

6. Un buen narrador no escribe “Tuvo un sueño agitado”. Un buen narrador nos franquea la entrada al país convulso de las pesadillas.

7. Un buen narrador no escribe “Fugarse de la prisión parecía imposible”. Un buen narrador coloca a su reo en una celda junto al abate Faria.

8. Un buen narrador no escribe “El sol lo encegueció”. Un buen narrador obliga a abrir los ojos en el punto más alto del deslumbramiento..

9. Un buen narrador no escribe “Lo esperaba un largo camino”. Un buen narrador nos entrega el calzado que resistirá la andadura de los días.

y 10. Un buen narrador nunca escribe “Y vivieron felices para siempre”. Un buen narrador sabe que lo único que durará para siempre es la muerte.

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El enorme y singular poder del amor propio, Joan Didion

Una vez, en plena mala racha, escribí con letras enormes en una doble página de un cuaderno que la inocencia se termina cuando a uno le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo. Aunque ahora …

Origen: El enorme y singular poder del amor propio, Joan Didion – Calle del Orco

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«Que lo más importante del mundo era leer». Roberto Bolaño

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.

Roberto Bolaño, en «Los sinsabores del verdadero policía».

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Cuaderno de poemas: «Tu tarea…» Pedro Salinas

Tu tarea
es llevar la vida en alto,
jugar con ella, lanzarla
como una voz a las nubes,
a que recoja las luces
que se nos marcharon ya.
Ese es tu sino: vivirte.
No hagas nada.
Tu obra eres tú, nada más.

Pedro Salinas

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