Álbum de Bibliotecas en construcción. CCXLXXVI

Biblioteca Marsh’ Dublín, Irlanda
Biblioteca móvil
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Crítica: «Diarios de Berlín». Carlos Morla Lynch

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Lectura. ‘Lecciones’ de Ian McEwan

Ian McEwan. Foto: María Teresa Slanzi

Las ‘Lecciones’ de Ian McEwan: el valor del olvido y de aceptar las derrotas

El nuevo libro del escritor británico se lee con el placer de las mejores novelas victorianas que nos introducen en cada espacio del relato.

Origen: Las ‘Lecciones’ de Ian McEwan: el valor del olvido y de aceptar las derrotas


Textos

Nadie podía saber lo que le pasaba por la cabeza a un niño de siete meses. Un vacío sombreado, un cielo gris de invierno contra el que estallaban impresiones –sonidos, imágenes, tientos– cual fuegos de artificio en arcos y conos de colores primarios, olvidados al instante, sustituidos al instante y olvidados de nuevo. O un hondo pozo en el que todo caía y desaparecía, pero permanecía, irrecuperablemente presente, formas oscuras en aguas profundas ejerciendo su atracción gravitatoria incluso ochenta años después, en lechos de muerte, en últimas confesiones, en llantos postreros por el amor perdido.


Al final, de regreso en Londres, tuvieron una bronca, no un huracán, pero bastante fuerte, y amarga. Fue en compensación de todo lo que habían eludido. A Roland le asombró la intensidad de su propia ira y con qué aspereza respondía ella. Era dura a la hora de discutir. Como no podía ser de otra manera, su disputa tuvo que ver con la RDA. Él intentó contarle lo que sabía de la Stasi, sobre la intromisión del partido en las vidas privadas, sobre lo que eso significaba, no tener libertad para viajar, para leer tal o cual libro ni escuchar cierta música y sobre cómo quienes se atrevían a criticar. al partido se arriesgaban a que les quitaran a sus hijos y les negaran su opción laboral. Ella le recordó la Berufsverbot, la ley alemana occidental que excluía del sector público, incluida la enseñanza, a quienes se percibía como críticos con el Estado además de a los terroristas. Le habló del racismo en América, de su apoyo a dictadores fascistas, del inmenso arsenal de la OTAN, del desempleo y la pobreza y los ríos contaminados por todo Occidente. Él le dijo que estaba cambiando de tema. Ella le dijo que no estaba escuchando. Él le dijo que el asunto eran los derechos humanos. Ella dijo que la pobreza era un abuso de los derechos humanos. Estaban hablando casi a gritos. Roland se fue enfurecido a pasar la tarde en su casa. Su reconciliación esa noche fue dichosa.


Arriba, en el dormitorio, Roland se sentó a la mesa que lo hacía rico. Relativamente rico. Rico para ser poeta. Pero no lo era ya, era un ladrón antólogo, un fabricante ocasional de versos ligeros.


Tenía unos modales suavemente atentos. Roland pidió un café largo. Era inevitable, evidente, pero aún así le asombró estar sentado justo enfrente de su esposa. Cuando Rüdiger se dirigió hacia la barra, Roland lamentó que lo dejara a solas con ella. Había tanto que decir que no le venía nada a la cabeza. Estaba mirando por encima de su hombro, sin sostenerle la mirada. La súbita familiaridad de Alissa lo abrumó. Le sobrevinieron emociones distintas una detrás de otra: ira, pena, amor, luego ira otra vez. Tenía que sofocarlas, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.


Mientras caminaba pensaba que, aparte de criar a un hijo, todo lo demás en su vida había sido y seguía siendo informe y no atinaba a ver cómo cambiarlo. El dinero no podía salvarlo. No había logrado nada. ¿Qué había sido de la canción que empezó a componer hacía más de treinta años e iba a enviar a los Beatles? Nada. ¿Qué había hecho desde entonces? Nada, aparte de un millón de golpes de tenis, un millón de interpretaciones de «Climb Every Mountain». Se sonrojaba ahora al leer sus poemas sinceros. Su padre había muerto en un instante. Su madre estaba iniciando un descenso hacia la sinrazón. Sabía que un escáner lo confirmaría. Ambos destinos aludían al suyo. En los de ellos vieron la medida de su propia existencia. Recordaba a sus padres bastante bien a la edad que tenía él ahora. A partir de entonces nada cambió en su caso salvo el deterioro físico y la enfermedad.


Un gran inconveniente de la muerte, según Roland, estribaba en quedar al margen de la historia. Habiéndola seguido hasta aquí necesitaba saber cómo irían las cosas. El libro que requería tenía cien capítulos, uno por año: una historia del siglo XXI. Tal como estaba el asunto quizás no llegara a ver ni una cuarta parte. Un vistazo a la página de contenidos sería suficiente. ¿Se atacaría un sobrecalentamiento global catastrófico? ¿Estaba la guerra sino-americana imbricada en el patrón de la historia? ¿Cedería la racha global de nacionalismo racista ante algo más generoso, más constructivo? ¿Revertiríamos la actual gran extinción de especies? ¿Encontraría la sociedad abierta maneras nuevas y más justas de florecer? ¿Nos haría la inteligencia artificial más sabios o chiflados o irrelevantes? ¿Lograríamos superar el siglo sin un intercambio de misiles nucleares? Tal como lo veía, sencillamente llegar intactos al último día del XXI, hasta el final del libro, sería un triunfo.

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Esther Kinsky, escritora: “Hablar de la muerte de un ser querido con los demás sirve de poco”

La escritora y traductora alemana Esther Kinsky, retratada en el barrio de Neukölln, en Berlín, a mediados de junio.PATRICIA SEVILLA CIORDIA

La autora alemana saltó a la fama con ‘Arboleda’, donde relataba el luto por su compañero. Su nuevo libro, ‘Rombo’, da la palabra a víctimas de terremotos para entender otros tipos de duelo

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Mi idea era escribir novelas…Alice Munro

Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento, en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo, fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir. Y al principio fue difícil, porque la gente esperaba que el relato breve tuviera cierta extensión y no otra. Querían que fuese una historia corta, y mis historias eran bastante inusuales, ya que de alguna manera cuentan más y más cosas diferentes y no paran. Nunca sé, o al menos no suelo saber, la extensión que tendrá un relato. Pero no me asusto: le doy todo el espacio que necesite. De todos modos, no me importa si lo que estoy escribiendo en ese momento es un cuento, algo clasificado como cuento, u otra cosa. Es ficción y punto.

Alice Munro

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Todas las novelas históricas. Gonzalo Torné

Thomas Mann en una imagen de archivo en 1932. / Wikimedia Commons

Con el paso de las décadas no hay ficción que no se escape de recrear una época que ya no es la nuestra

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El Vieco cortaziano CII

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderezaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años, durante la Edad del Fuego, hasta que nos la cambiaron por la luz eléctrica. Imaginé otros gestos, el de las mujeres alzando el borde de las faldas, el de los hombres buscando el puño de la espada. Como las palabras perdidas de la infancia, escuchadas por última vez a los viejos que se iban muriendo. En mi casa ya nadie dice «la cómoda de alcanfor», ya nadie habla de «las trebes» -las trébedes-. Como las músicas del momento, los valses del año veinte, las polkas que enternecían a los abuelos.

Pienso en esos objetos, esas cajas, esos utensilios que aparecen a veces en graneros, cocinas o escondrijos, y cuyo uso ya nadie es capaz de explicar. Vanidad de creer que comprendemos las obras del tiempo: él entierra sus muertos y guarda las llaves. Sólo en sueños, en la poesía, en el juego -encender una vela, andar con ella por el corredor- nos asomamos a veces a lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos.

Rayuela

Julio Cortázar
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Coetzee y la flor negra de la civilización (I)

Imagen de archivo de John Maxwell Coetzee- Foto: Europa Press

El profundo análisis de dos obras con las que el Nobel de Literatura obtuvo su madurez como escritor: ‘Esperando a los bárbaros’ (1980) y ‘Vida y época de Michael K.’ (1983).

Origen: Coetzee y la flor negra de la civilización (I)

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Franz Kafka y su hermana Ottla. Anne Carson

«Franz Kafka era judío. Tenía una hermana, Ottla, judía. Ottla se casó con un jurista, Josef David, no judío. Cuando entraron en vigor las leyes de Nüremberg en 1942, la discreta Ottla le sugirió a Josef David que se divorciaran. Él al principio se negó. Ella habló de las formas en los sueños y de la propiedad y de sus dos hijas y de actuar racionalmente. No dijo nada, porque aún no conocía la palabra, de Auschwitz, donde moriría en agosto de 1943. Luego de ordenar el departamento, llenó una mochila y Josef David les dio una buena lustrada a sus zapatos. Les aplicó una capa de grasa. Ahora son impermeables, dijo».

Anne Carson. Charla breve sobre la impermeabilización (1992)

Anne Carson
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Siempre Onetti, Juan Carlos Onetti

Jorge Ruffinelli: ¿Si empezáramos por la infancia, para reconstruir su imagen? ¿Fue la suya una infancia feliz? Onetti: Sí, fue una infancia feliz. Pero tal vez no exista ningún período de la vida …

Origen: Siempre Onetti, Juan Carlos Onetti – Calle del Orco

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