Lo más importante que tengo sobre mis libros es una sensación de sinceridad. De haber sido siempre Onetti. De no haber usado nunca ningún truco, como hacen los porteños, o hacían cuando había plata y se lustraban los zapatos dos veces al día. O esa manía de grandeza de los porteños que siempre hablan de millones. Tengo la sensación de no haberme estafado a mí mismo ni a nadie, nunca. Todas las debilidades que se pueden encontrar en mis libros son debilidades mías y son auténticas debilidades.
Cuando podía pasear por Buenos Aires, y cada vez que paseo aquí por París, solo, sobre todo de noche, sé muy bien que no soy el mismo que, durante el día, lleva una vida común y corriente. No quier…
Ahora mucha gente considera que la página impresa no es más que tecnología obsoleta desarrollada por los chinos hace dos mil años. Los libros nacieron, es cierto, como estratagema práctica para transmitir o guardar información sin que fueran más románticos en la época de Gutenberg de lo que son los ordenadores en la nuestra. Sucede, sin embargo (y es un accidente imprevisto), que la sensación y la apariencia de un libro, al combinarse con una persona culta en una silla recta, puede crear una condición espiritual de inestimable profundidad y significado. Este tipo de meditación, un accidente, como digo, puede ser el mayor tesoro en el centro de nuestra civilización. […] No pierdas la fe en los libros. Es tan agradable tocarlos, sentir su peso. La dulce reticencia de las páginas cuando las pasas con tus dedos, sensibles. Una gran porción de nuestro cerebro se dedica a decidir si lo que tocamos con las manos es bueno o malo para nosotros. Cualquier cerebro que vale la pena sabe que los libros son buenos para nosotros.
Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los lectores… Todos los gerentes de ventas… Bajo el puente, mientras llueve, una oportunidad de oro para verme a mí mismo: como una culebra en el Polo Norte, pero escribiendo. Escribiendo poesía en el país de los imbéciles. Escribiendo con mi hijo en las rodillas. Escribiendo hasta que cae la noche con un estruendo de los mil demonios. Los demonios que han de llevarme al infierno, pero escribiendo.
"Escribir no es sentarse a escribir; esa es la última etapa, tal vez prescindible. Lo imprescindible, no ya para escribir sino para estar realmente vivo, es el tiempo de ocio." (Mario Levrero)