Reflexiones. Julio Ramón Ribeyro

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación.

Julio Ramón Ribeyro

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Crítica: «El estilo de los elementos», de Rodrigo Fresán

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Lectura: ‘El retrato de casada’, de Maggie O’Farrell

Crítica de ‘El retrato de casada’, de Maggie O’Farrell: retrato de un tigre enjaulado

Tal como hizo con el joven Shakespeare en ‘Hamnet’, la autora dibuja la vida de Lucrezia de Médici de forma brillante

Origen: Crítica de ‘El retrato de casada’, de Maggie O’Farrell: retrato de un tigre enjaulado – El Periódico de España


Textos

Lucrezia se sienta a la larga mesa del comedor, tan pulida que reluce como el agua y cubierta de fuentes, tazas invertidas y una coronita de ramas de abeto trenzadas. Su marido ocupa una silla, pero no en su sitio de costumbre, en la otra punta, sino a su lado, tan cerca que podría apoyar la cabeza en su hombro si quisiera; él desdobla la servilleta, endereza un cuchillo, acerca una vela y de pronto, con una claridad particular, como si le pusieran un cristal de color ante los ojos, o tal vez se lo retiraran, a ella se le ocurre que tiene intención de matarla.


Y, agarrada al alféizar, la vio: una silueta ágil y sinuosa que se mueve en la jaula, de un lado a otro. Más que andar parecía derramarse, como si su misma esencia fuera líquida e hirviera, igual que la lava que supuran los volcanes. Las oscuras rayas de la piel se repetían y se confundían con los barrotes de la jaula. La tigresa era de color anaranjado matizado de oro, fuego hecho carne; era fuerza y ​​furia, era despiadada y exquisita; Llevaba en el cuerpo las señales listadas de la cárcel, como si la hubieran marcado justamente para esto, como si su destino siempre hubiera sido el cautiverio.


Una vez más la incredulidad se le acumula debajo de las costillas como una burbuja de risa. Si no tiene cuidado, lo absurdo de su discurso, el fingimiento, el disimulo, esas miradas engañosas le harán estallar en carcajadas. Su marido, que tiene intenciones de matarla por su propia mano u ordenándoselo a otro, levanta una esquina de la servilleta y se limpia la mejilla dándose toquecitos con la punta como si una gota de sopa en la cara fuera cosa de importancia. Su marido, que busca su muerte, dedica un momento a apartarse de la frente un mechón suelto y finalmente se lo pone detrás de la oreja. Su marido, el asesino, vuelve la cabeza, dice a los criados que comunican a las cocinas que pongan más sal. Como si el aderezo fuera importante para ellos en este instante. Su marido, que va a matarla dentro.


El vestido se desliza alrededor de ella susurrando un galimatías propio: el roce de la seda contra las enaguas, de tela más recia; el estremecimiento de las ballenas de madera del corpiño contra su envoltura; la presión y la fricción de los puños contra la piel de las muñecas; el cosquilleo y el pellizco del rígido cuello contra la nuca; el crujido de la armazón contra las caderas, que parece la jarcia de un barco. Es una sinfonía, una orquesta de telas, y Lucrezia querría taparse los oídos, detenerlas con las manos, pero no puede.


Ella está tan quieta como puede, se desentiende de lo que sucede en el salón, da rienda suelta a los pensamientos. Se convierte en otra persona, se va a otra parte, como hace por las noches, con Alfonso, cuando deja en su lugar solo la piel y el hueso, solo las capas externas. Todo lo demás se retira, huye, se aleja. Piensa en la mula blanca, en el tintineo de las novias cuando cabalga por el bosque; piensa en Sofia, en que estará poniendo los platos y las cucharas en la mesa, o tal vez pidiendo a una compañera que le frote los pies; piensa en el querido insectario de su madre, en la digestión rezumante de los gusanos, en los pegajosos hilos de seda; observe cómo la inquieta superficie del foso refleja su simulacro plateado en las paredes y el techo de este salón. Después le llama la atención algo que ve fuera, por la ventana, que la devuelve al presente, a la habitación.

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Rushdie y el arte de la novela | Letras Libres

Hay un tipo de escritor que parece generar una realidad particular: su vida es casi una novela suya. No es fácil: se requiere una fuerza literaria pero no basta. Tampoco es necesariamente feliz, y de hecho casi nunca lo es. Un ejemplo es Michel Houellebecq: ¿podríamos imaginar a otro novelista que rueda una película porno (tras firmar un contrato), se arrepiente, pone una demanda y declara que se siente una mujer violada? Otro es Salman Rushdie (Bombay, 1947): la fetua, la persecución, su vida y su atentado mezclan la literatura y la historia, la descolonización y la globalización, giros inverosímiles y fatalidad, lo posmoderno y lo medieval, una realidad que no excluye lo increíble y fanatismo religioso: algunos de los temas centrales de sus novelas. En agosto pasado, Rushdie estuvo a punto de ser asesinado en Nueva York, y en los últimos meses se han publicado en español dos libros suyos. El primero, Ciudad Victoria, es una novela que Rushdie entregó poco antes del atentado. Se presenta como la traducción resumida de un poema escrito por “la milagrera, profetisa y poetisa ciega Pampa Kampana” al final de su vida de 247 años, el Jayaparajaya, que cuenta el comienzo, el ascenso y la caída de Bisnaga, la ciudad de la victoria, fundada en el siglo XIV. Es un homenaje a la tradición literaria india, con alusiones y paralelismos con obras como el Ramayana, y el uso abundante y eficaz de un imaginario heredado y de fuentes documentales. A la vez, la sociedad de Bisnaga es pluralista, protofeminista y contraria a toda suerte de fanatismo; los dogmáticos siempre ponen en peligro ese espíritu liberal. La novela es una especie de saga, con enfrentamientos familiares, guerras, exilios y aventuras. Combina el conocimiento de hechos históricos y de la mitología con el anacronismo deliberado y el aparte: pese a su extensión, la novela apuesta por la ligereza; ni el autor ni el narrador toman una posición frívola o escéptica con respecto a lo que cuentan, pero el libro tiene sentido del humor y espíritu lúdico. (Por ejemplo, en los apartes: “Somos de la opinión de que este tipo de pasajes no deben interpretarse literalmente”, dice el narrador que resume; el artificio es cervantino aunque la novela se acerca más a la trama enrevesada y vertiginosa del Persiles que a la ambivalencia irónica y reflexiva del Quijote.) Se trata de un libro que tiene algo de festín: a veces uno puede desorientarse un poco, pero el autor sabe dónde va, y admiran tanto su habilidad como su empuje narrativo. Es una novela sobre contar; en muchas ocasiones esta obra de madurez recuerda el tono y la inventiva de las primeras novelas de su autor, como Hijos de la medianoche o Vergüenza. También tiene algo alegórico: se basa en una civilización que existió de verdad, fabula sobre una rivalidad entre distintas religiones (singularmente hindú y musulmana), muestra una actitud receptiva hacia lo extranjero, retrata las dinámicas de poder y sus abusos, y su defensa del pluralismo se aplica a la historia y el presente de su…

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Influencias literarias. Gabriel García Márquez

Faulkner es un escritor que tuvo mucho que ver con mi alma, pero Hemingway es el que más ha tenido que ver con mi oficio. No solo por sus libros, sino por su asombroso conocimiento del aspecto artesanal de la ciencia de escribir.

Gabriel García Márquez.

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Vídeo. El tiempo en la novela. Mario Vargas Llosa

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La literatura. María Negroni

La literatura es la prueba de que la vida no alcanza, dijo Pessoa.
Puede ser.
Más probable es que la vida y la literatura, siendo ambas insuficientes, alumbren a veces —como una linterna mágica— la textura y el espesor de las cosas, la asombrada complejidad que somos.

María Negroni

(El corazón del daño)

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¿Cómo se transforma uno en un escritor? Diez notas sobre el primer libro. Patricio Pron

Publicar el primer libro es un hecho decisivo en la vida de un escritor. Es un momento de inauguración y a la vez de clausura: le impide recordar qué era o cómo se sentía cuando era un autor inédito.

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Arte social. Ralph Ellison

Yo no establezco una dicotomía entre arte y protesta. “Memorias del subsuelo”, de Dostoievski, es entre otras cosas una protesta contra las limitaciones del racionalismo decimonónico. Tanto el “Quijote” como “La condición humana”, “Edipo rey” o “El proceso” son libros que expresan algún tipo de protesta, incluso contra las limitaciones de la propia vida humana. Si la protesta social es la antítesis del arte, ¿cómo habría que interpretar a Goya, Dickens o Twain? 

Ralph Ellison

Entrevista con Ralph Ellison (“The Paris Review”. 1953-1983)

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Cuaderno de poemas. «El sueño». Gerardo Diego

Apoya en mí la cabeza,
si tienes sueño.
Apoya en mí la cabeza,
aquí, en mi pecho.
Descansa, duérmete, sueña,
no tengas miedo;
no tengas miedo del mundo,
que yo te velo.
Levanta hacia mí tus ojos,
tus ojos lentos,
y ciérralos poco a poco
conmigo dentro;
ciérralos, aunque no quieras,
muertos de sueño….

Gerardo Diego
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